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diario de hoy
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El domingo se llevan a cabo elecciones presidenciales en Nicaragua, donde por vez primera en más de tres lustros, existe la posibilidad de que resulte electo el cabecilla sandinista Daniel Ortega, peón del dictadorzuelo venezolano Chávez en el tablero político hispanoamericano. De elegir a Ortega, los pobres nicaragüenses exhibirían una grave tendencia masoquista, incapacidad para actuar con la cabeza, olvidando lo que el previo desgobierno sandinista les acarreó en miserias, violencia y pisoteo moral e institucional.
¿Por qué, se pregunta el Wall Street Journal, es que un individuo de tal calaña tiene ahora la oportunidad de regresar al poder? La respuesta es muy simple: Ortega se ha aliado con el corrupto ex presidente Alemán para cargar los dados a su favor. Entre ambos delincuentes no sólo se han repartido el control de los poderes Judicial y Legislativo, sino que mueven a un pobre diablo como tercero en disputa, Rizo, para dividir el voto de los nicaragüenses.
Como señaló un filósofo español también llamado Ortega, los demagogos son la permanente amenaza sobre los pueblos, capaces de hundirlos en la barbarie. Recuérdese que ochocientos mil salvadoreños votaron por un secuestrador y que una mayoría de bolivianos eligió a Evo Suéter, Evo emplumado. Para muestra, piénsese en la clase de fichas, matarifes y patanes que adornan el Poder Legislativo y los municipios de El Salvador.
La propia hijastra de Ortega, Zoilamérica, reveló que el
prócer la venía violando desde que ella tenía doce
años, aparentemente con el consentimiento de la madre. En su juventud
Ortega asaltó una prisión en Costa Rica para liberar al
enloquecido que inició el sandinismo, un tal Amador, matando a
un policía. Lo probable es que Ortega planificó el asesinato
de Pedro Joaquín Chamorro para facilitar el derrocamiento de Anastasio
Somoza.
Lo peor para ellos y para nosotros
Es significativo que la viuda de Chamorro, doña Violeta, en un principio culpó a Somoza del asesinato, pero al poco tiempo no volvió a hablar del asunto; abrió los ojos.
Nunca en Centroamérica, ni aún durante la década perdida en El Salvador, se dio tan grande desastre económico y político como el de Nicaragua bajo los sandinistas. Los servicios públicos colapsaron, la economía retrocedió décadas, el país fue endeudado de manera exorbitante, agravando la precaria situación de las familias. De un cambio de siete córdobas por dólar, la moneda pasó a valer varios billones de córdobas por dólar, aniquilando los ahorros de la población. La inversión tanto gubernamental como privada se esfumó, mientras el país se convirtió en un gigantesco depósito de armas soviéticas, siendo además el refugio y campo de entrenamiento de delincuentes de la región. Hoy en día Managua es, en palabras de un visitante, “un desierto con semáforos”. Dice mucho que centenares de miles de nicaragüenses se han asentado en Costa Rica y vienen a El Salvador a ocupar los puestos de trabajo que no interesan a los recipientes de remesas.
Si Ortega resultara electo, Nicaragua puede esperar lo peor, como lo peor podemos esperar los centroamericanos con tal sujeto y sus compinches haciendo de las suyas en medio de Centro-América. El tercero en el eje del Zambo y el emplumado.

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