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Fray Tormenta:
“...yo no soy lo que pinta la película...”

La comedia Nacho Libre pretende narrar la vida del padre Sergio Gutiérrez Benítez, alias Fray Tormenta, a la holllywoodense. “¡Ese no soy yo!”, reclama el padrecito


Publicada 4 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Corresponsal: Leyre Ventas
El Diario de Hoy
vida
@elsalvador.com

Jack Black enmascarado y con pantalones de pijama prestados por el más gordo de los huérfanos lucha para poder comprar ingredientes frescos para la cocina del orfanato. El actor estadounidense encarna a Ignacio, un fraile rechoncho que encuentra en la lucha libre la manera de sacar adelante el hogar para niños, y de paso conquistar a Encarnación, cándida monja interpretada por la actriz de telenovelas Ana de la Reguera.

Su compañero sobre el ring es un mendigo desnutrido. Fiel imagen de su sobrenombre, Esqueleto, luce igualmente ridículo enfundado en un pijama celeste.

Sin el glamur de mitos del pancracio como El Santo o Blue Demon, juntos se enfrentan a gemelos enanos, híbridos de humano y fiera, y toda una serie de esperpénticos personajes.
De fondo, un México polvoso, el paisaje del nopal y el burrito, y mexicanos que echan la siesta a la sombra del propio sombrero charro.

La comedia estadounidense “Nacho libre” reúne así, en hora y media de metraje, clichés propios de la factoría hollywoodense e imágenes retomadas del folclor de la lucha libre mexicana; tanto que raya la sobredosis.

Y todo para tratar de contar una historia real, la del padre Sergio Gutiérrez Benítez, alias Fray Tormenta.

-Buenos días, padre Sergio. Anoche vi la película que han hecho sobre usted…

-Si hablas de Nacho libre, ¡ese no soy yo!-me interrumpió con aire indignado apenas me había presentado como periodista interesada en su historia.

Filme. Jack Black protagoniza a Fray Tormenta, en la película Nacho Libre.

“Ya la regué”, pensé, convencida de que aquella llamada no iba a dar fruto. No conseguiría sacar ninguna cita con semejante personaje que, tras jornadas de búsqueda, había localizado en Texcoco, un municipio del Estado de México, ubicado a unos 70 kilómetros del Distrito Federal.

Pero me equivocaba.

-Esos no saben nada de religión-prosiguió, refiriéndose a la industria de Hollywood-, ¿cómo crees que voy a andar yo detrás de una monjita? Además, me ponen de hijo de una misionera noruega y un obispo mexicano. No, definitivamente no saben nada de religión.

-Precisamente por eso, padre, quisiera platicar con usted, porque anoche vi la película y me dio la impresión de que no le hace justicia.

-Llámeme mañana, porque ahora no tengo mi agenda a la mano.

Al día siguiente acordamos una cita. Cuando nos encontramos en las escaleras de la catedral de Texcoco, diócesis a la que pertenece el padre Gutiérrez, sospeché que Fray Tormenta está acostumbrado a los periodistas. Sospechas que confirmaría después, cuando al ponerle enfrente la grabadora, comenzó a dictar su historia como quien pulsa el play.

Se excusó por la tardanza. Venía de platicar con “un reportero centroamericano, de Guatemala creo que me dijo” que lo tuvo esperando. Y la jornada mediática de este hombre de 61 años no terminaba conmigo, en la noche tenía una entrevista en vivo para una televisora de Miami.

Padrecito. Fray Tormenta, el auténtico, fue el héroe de sus ‘cachorros’.

De regreso
Aunque no sea precisamente un “biopic”, Nacho libre ha devuelto a la palestra a Fray Tormenta, habitual de los periódicos y los noticieros en los 80 y 90, su época dorada como luchador.

-Como película cómica está bien, pero que digan que es la biografía de Fray Tormenta, pues yo pienso que no. Porque yo no soy lo que pinta la película -anticipaba mientras manejaba hacia su hogar, donde tendría lugar la plática-.

Habita en un cuarto de la casa de Tormenta Júnior, uno de sus “cachorros”. Así se hacen llamar los que fueron niños del orfanato que el cura-luchador fundó en 1975, La Casa Hogar de los Cachorros de Fray Tormenta.

De él salieron tres médicos, 16 maestros, un contador público auditor, un contador privado, 20 técnicos en computación, siete abogados y un sacerdote. El orfanato parió también varios luchadores (Rostro Infernal, Boy Danger, Criptón, el Chacal, la Sombra, el Místico, etc.), los que Fray Tormenta entrenaba personalmente en la cancha que aún tiene en la casa hogar. “Les enseñamos a rodar, lo elemental que es la lucha olímpica, la grecorromana, la intercolegial y al final, la lucha libre”.

Pero al contrario que para Ignacio de Nacho libre, para Sergio Gutiérrez la lucha libre no fue un sueño de infancia.

Entre drogas
Sergio Gutiérrez nació en Hidalgo pero vivió en el D.F., en la colonia Tres Estrellas; “estaba pesado”, dice. Fue allá donde comenzó a consumir drogas, a los 13. De pronto, conseguirlas y consumirlas se convirtió en todo su mundo.

¿A qué era usted adicto?
¡Pues mejor pregúntame a qué no!-exclama antes de comenzar con su catálogo particular de sustancias.-Comencé con la marihuana, de ahí le entraba a los chochitos (pastillas) como el mándrax, el LSD. También a los hongos alucinógenos que están en Oaxaca. ¿Sabe qué son los arponazos, verdad? -me mostró los antebrazos para que buscara en ellos marcas de jeringas-. Y con los pericazos (cocaína inhalada) por poco y se me pudre la nariz.

Fray Tormenta cuenta que acudió a un sacerdote en busca de consejo. “Me corrió de la Iglesia, y entonces yo le menté la madre”, recuerda. El episodio retrasó su ingreso al seminario.

Entró a la orden de los padres escolapios. Por alumno destacado, estudió Filosofía en España y Teología en Italia. En 1970 regresó a México, y radicó en el puerto de Veracruz, para trabajar con prostitutas, drogadictos y delincuentes. El 26 de mayo de 1973 se ordenó, “porque ellos ya tenían la necesidad de un sacerdote, no un amigo”.

Dos años después fundó la Casa Hogar de los Cachorros de Fray Tormenta, y la lucha libre aún no tenía cabida en esta historia.

-¿Y las luchas qué pintan en toda esta historia?-por fin, la pregunta clave estaba planteada.
- Estaba yo viendo una película del Señor Tormenta. Era ficticio, de un padrecito que lo pintaban luchador. El padre le decía al contrincante: “déjate ganar, que tengo a los niños”. Me dije: pues me voy a meter de luchador y le voy a decir a los demás que se dejen ganar, que tengo a los niños.

Yo pensé que iba a ganar mucho dinero. Con un millón de dólares que gane, hago yo la ciudad de los niños y me retiro. Pues todavía lo estoy esperando.

Su primer sueldo fueron 200 pesos. Luchó contra el que fuera su maestro, José Ramírez, “El líder” y ganó.

Así pasaron tres años, sin que se supiera que con la máscara amarilla con rayos rojos de Tormenta quien peleaba era un sacerdote. Hasta que “Huracán Ramírez”, el viejo, Daniel García, lo descubrió. Y llegó la fama.

-Si hubiera sabido yo que confesando que era sacerdote sería más famoso, lo hubiera dicho desde el principio- se lamenta, y continúa- Luego me preguntaban si siendo yo sacerdote me pegaban menos. Pues no, porque todo el mundo quería agarrar a Tormenta, y yo llenaba las arenas a reventar. La gente iba a ver al padrecito, a ver si insultaba yo a los demás, me iban a ver por morbo. Y hacía taquilla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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