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Vivencias
Los presidentes militares de Waldo

Como bonificación para los lectores, un capítulo no menos importante es la introducción escrita por Irma Lanzas, en una prosa de deliciosa lectura y con una hermosa mezcla de amor y admiración por su esposo.

Publicada 4 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Rolando Monterrosa*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Acabo de releer el libro de Waldo Chávez Velasco, “Lo que no conté sobre los presidentes militares”, gracias a la fina atención de su esposa, la poetisa Irma Lanzas, quien me hizo llegar un ejemplar. Digo releer porque mi buen amigo Waldo, en marzo de 2005, pocos meses antes de su fallecimiento, puso en mis manos una copia de su manuscrito para que le diera mi opinión.


Un día nos reunimos con otros amigos para discutir el contenido. Lo hicimos al estilo de Waldo: en un restaurante italiano, en la Zona Rosa, sentados ante una mesa bien puesta que dio comienzo con el ritual del antipasto, queso Basilio, aceitunas en aceite de oliva y copa de vino tinto de la misma nacionalidad, mientras esperábamos nuestras órdenes de espaguetis y lasaña, entre otros platos. Cabe explicar que Waldo mostraba marcada predilección por lo italiano. Vivió por mucho tiempo en Italia, donde estudió leyes en la Universidad de Bolonia.

Nuestro buen amigo, era además un gastrónomo de primera, placer que sólo era superado por el conversatorio con sus amigos. Aquel día, mientras comíamos y bebíamos el caldo toscano que él había recomendado nos reímos de las anécdotas de los presidentes militares, de algunos miembros de sus gabinetes y de gente periférica.

Pero no sólo es la picaresca política la que el autor expone con un lenguaje ameno, ágil, vigoroso, sino que también aporta datos desconocidos de nuestra más reciente historia. Por ejemplo, la “conspiración blanca” urdida entre Waldo, el presidente Armando Molina y don Prudencio Llach, para hacer que El Vaticano nombrase a Mons. Oscar Romero Arzobispo de San Salvador, en lugar de otros ávidos candidatos.

De igual manera revela aspectos íntimos del general Fidel Sánchez Hernández, pero lo hace con elegante objetividad, no exenta del respeto con que se expresa de sus personajes, la mayoría de los cuales fueron sus amigos. Los “peccata minuta” del general, quedan opacados por su actuación en la guerra contra Honduras y por otros méritos de su agitada gestión.

En ocasiones el relato se vuelve descarnado, pero fiel a los hechos, como cuando describe el violento temperamento etílico del general Adalberto Medrano, por entonces Director de la Guardia Nacional.

Particularmente interesante, como registro histórico, es el testimonio del coronel Molina, que Waldo consigna tal cual lo escribió el ex presidente, sobre el fracaso de su proyectada transformación agraria, aquella de: “Ni un solo paso atrás”.

Del ex presidente Julio “Julión” Adalberto Rivera, Waldo traza un retrato a brochazos que da idea plena de la popularidad que rodeó a este presidente, quizá el más accesible de cuantos hubo con uniforme.

En lo particular recuerdo que Julión, así llamado por su gran estatura y corpulencia, era cliente frecuente del Café de Don Pedro y de los comedores de los mercados a donde solía llegar en su moto Harley Davidson, sin escolta.

En su libro póstumo Waldo hace desfilar a decenas de personajes que hicieron historia en el país: Walter Béneke, el de la reforma y la televisión educativas; el doctor Reynaldo Galindo Pohl, el jurista de renombre internacional; el coronel Benjamín Mejía, el del fallido golpe de Estado contra el general Sánchez Hernández; Efraín Imendia el publicista que tuvo que huir a Panamá después de gritar: “¡Ya te agarraron enano!”, cuando los golpistas sacaban de su casa al presidente y lo llevaban esposado; Roberto Poma, Ernesto Regalado Dueñas, Mauricio Borgonovo Pohl, víctimas, entre muchos otros, de las masacres perpetradas por los comunistas; Mélida Anaya Montes, la lugarteniente de Cayetano Carpio, muertos ambos en macabras circunstancias. Todo ello y mucho más comprende la obra que a su valor histórico se le suma la frescura del estilo.

Pero como bonificación para los lectores, un capítulo no menos importante es la introducción escrita por Irma Lanzas, en una prosa de deliciosa lectura y con una hermosa mezcla de amor y admiración por su esposo, en la que relata varios momentos de sus vidas, los tristes y los que les acarrearon grandes satisfacciones. Creo que a este libro se le puede augurar el destino de un “best seller”.

*Periodista.
rolando@elsalvador.com


 

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