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Recordando
La llegada de la Feria

Cuando este artículo salga publicado habrá Feria Internacional. Ya los amigos de antaño no me acompañarán pero estaré ahí. Aunque sé que el pasado no vuelve tal vez logre rescatar algunos recuerdos.

Publicada 4 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

José María Sifontes*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Una de las actividades mentales favoritas de las personas mayores de cuarenta años es recordar pasajes agradables del pasado. Los recuerdos de buenos tiempos, además de proporcionarnos distracción, traen consigo una especie de consuelo que hace más llevaderas las penas del presente y más tolerables las preocupaciones por el futuro.

Es también cierto que al recordar uno tiende a borrar los elementos negativos de ese pasado y a resaltar las partes felices, los mejores momentos. Para ser justos sería apropiado reconocer que el presente tiene también muchas cosas buenas y que el pasado tuvo su buena porción de aspectos desagradables. Pero hay eventos que por mucho que uno intente ver lo puntos negativos no los encuentra y concluye que no los tuvo.

Aunque parezca simple e intrascendente uno de esos eventos que me producen sólo recuerdos alegres es la Feria Internacional de El Salvador de los años setenta. Lo que para otros era tal vez la llegada del circo al pueblo para mí, en los años del final de mi infancia y en mi adolescencia, era la llegada de la Feria.

Todo se prestaba para acondicionar el ambiente. Habían terminado las clases y las fuertes ráfagas de los vientos de octubre, que aún ahora continúo asociando con las vacaciones escolares, hacían que todo oliera a limpio y se sintieran como una carga de energía inoculándose a través de los pulmones. Con semanas de anticipación planeábamos con los amigos las visitas a la Feria, ahorrábamos y descartábamos cualquier otro plan que interfiriera con el propósito de estar en ese esperado evento, que sólo se daba cada dos años.

Llegado el día nos levantábamos temprano, nos vestíamos con la mejor ropa y comenzábamos la caminata, que duraba entre una y dos horas hasta el campo de la Feria. De entrada, a mi me gustaba ver el emblema con luces de colores que daba la impresión de girar y que sólo se encendían en los períodos de Feria.

Una vez dentro trataba de no perder detalle de las maravillas expuestas a cada paso. Máquinas que envolvían alimentos en segundos, chorros mágicos de los que salía agua sin estar conectados a tuberías, tractores gigantescos como dinosaurios y, en una ocasión, helicópteros hechos en El Salvador. Al recorrer los pabellones internacionales tenía la sensación de estar de visita en lejanos e interesantes países. Italia, Alemania, China, España, cada uno tenía un toque particular. Era, en mis ojos de niño o adolescente, una verdadera vuelta al mundo.

La comida de la Feria también era especial. Churros españoles que eran para mi el mejor postre del mundo, riquísimas salchichas alemanas con las que había que hacer malabarismos para comerlas, manzanas recubiertas de un caramelo rojo que lo exponían a uno a dejar clavado un diente en ellas pero que valía la pena el riesgo. Recuerdo también aquella venta de panes con pavo, en donde se arrimaban pirámides de relucientes tomates y pepinos junto con frascos enormes de mayonesa. No sé por qué pero siempre me llamó la atención ese lugar.

Era impresionante la capacidad de convocatoria que tenía la Feria. Ríos de gente caminando de un lugar a otro, personas de todo tipo y condición, que tenían como rasgo común el optimismo. La actitud festiva era generalizada y se contagiaba. La Feria se convertía en un sitio de encuentro. Te encontrabas con amigos, con parientes y hasta con la hermana de tu compañero de colegio de la que estabas enamorado en secreto.

Lo mejor venía al final y era la visita a los bazares. Novedades de todas partes del mundo eran ofrecidas por vendedores que competían por los clientes en formas muy creativas.

Estos no eran vendedores profesionales sino personas conocidas, que las veías en otros lugares, pues eran amigos de tus hermanos o primos mayores. Y es que era como un toque de distinción trabajar en la Feria. Algún día, pensaba yo, algún día.

Ya de noche salíamos de la Feria extenuados y con los pies doloridos, pero jurando volver al día siguiente. Porque la Feria de aquellos tiempo era más que los pabellones y los bazares, más que las innovaciones tecnológicas. Era un evento que producía un ambiente mágico que marcó una época.

Cuando este artículo salga publicado habrá Feria Internacional. Ya los amigos de antaño no me acompañarán pero estaré ahí. Aunque sé que el pasado no vuelve tal vez logre rescatar algunos recuerdos de los tiempos que viví siendo niño.

*Médico psiquiatra y columnista de El Diario de Hoy.jsifontes@elsalvador.com


 

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