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El nuevo Monterrey
Admiración y envidia

Nosotros, los salvadoreños, carecemos de esa pasión por nuestro país, ese amor que nos obligue a unificar nuestra visión, a desechar nuestros egoísmos y nos mueva a trabajar, juntos, por El Salvador.

Publicada 4 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Tras varias décadas de no visitar esa ciudad, estuve de nuevo en Monterrey, en el Estado mexicano de Nuevo León. Aún sabiendo cuánto había cambiado, mi sorpresa fue mayúscula.

Cierto que su transformación y crecimiento son notorios (infraestructura moderna, etc.), pero lo más admirable, me parece, es la unidad de pensamiento, la visión compartida y el verdadero compromiso que autoridades y ciudadanos han adquirido para hacer de Monterrey --y de su Estado-- un lugar del primer mundo, pero con sus raíces profundamente arraigadas en sus valores, costumbres y cultura.

Antes, lo más notable de Monterrey eran su Tecnológico y “la Fundidora” (industria del acero); hoy, el “TEC” ha crecido no sólo en infraestructura, sino en su oferta de carreras; cuenta con facultades en las ingenierías más avanzadas, como la robótica, que a su vez se divide en ramas especializadas: para la medicina, para la industria, etc. Según escuché recientemente en CNN, el TEC es una de las diez mejores universidades de toda América, incluyendo Estados Unidos.

En cuanto a “la Fundidora”, se transformó en diversas y modernas fábricas, que asisten a la pujante industria regiomontana. La antigua planta, intacta, con sus inmensos terrenos, fue donada por sus dueños a la municipalidad, que ha tenido el buen tino de conservarla como un monumento histórico impresionante. Los viejos edificios, con sus altos hornos y gigantescas estructuras, resaltan su valor e interés al haberlos rodeado por un parque bellamente diseñado, con sana diversión para todas las edades.

Hoy, Monterrey tiene incontables y modernas industrias que* producen de todo y con todo: tecnología de punta, producción más limpia, rigurosos estándares de calidad, certificaciones ISO 9000, ISO 14,000, etc. El mercado para sus productos es, mayormente, de exportación, precisamente por alcanzar (y, muchas veces, superar) las más estrictas normas de calidad.

Visitando las fábricas de uno de los más sólidos grupos industriales de la región, me llamó mucho la atención cuando el gerente general me explicaba que allí trabajan 5,560 personas “entre empleados y sindicalizados”. Me explicó que “empleados” son todos aquellos que desempeñan cargos desde supervisores, hacia arriba. Estos son considerados “de la parte patronal”, porque los contrata la empresa. El personal de las plantas de producción son “sindicalizados”, porque les contrata el sindicato.

Acostumbrada como estoy a que, en nuestro país, los sindicatos se han “especializado”, en su mayoría, como grupos de choque y desestabilización, inquirí mucho más acerca de las relaciones obrero-patronales, especialmente porque durante las prolongadas caminatas dentro de las fábricas, se percibía un ambiente laboral alegre y positivo: cada uno dedicado totalmente a realizar su trabajo con excelencia y plena responsabilidad, pero, además, con gran entusiasmo. Realmente, no coincidían con el “esquema mental” que tenemos de los sindicalistas.

Pero allí es diferente, el sindicato es una gran ayuda para la empresa. Realizan sesiones periódicas de trabajo, en las que revisan todos los problemas de las fábricas (producción, conductas, actitudes, promociones, etc.) y acuerdan las medidas a tomar, sabiendo que al crecer la empresa, el personal estará mejor. El sindicato aporta soluciones y propone cambios que han significado grandes mejoras, en beneficio de los productos, el personal y el grupo empresarial.

¿Y cómo lo han logrado? Liderazgo, mucho trabajo, tenacidad, constancia, visión de largo plazo. Pero, principalmente, el amor a Monterrey y a Nuevo León. Eso ha hecho que empleados y empleadores trabajen unidos, que el gobernador del Estado junto a los diferentes alcaldes de los distintos municipios, trabajen en equipo, con eficiencia y eficacia, enfocados en alcanzar un mismo objetivo, a pesar de que pertenecen a diferentes partidos políticos.

Regresé de Monterrey llena de admiración por la pujanza y desarrollo de sus grupos empresariales, pero también, lo confieso, con bastante envidia. Envidia, porque nosotros, los salvadoreños, carecemos de esa pasión por nuestro país, ese amor que nos obligue a unificar nuestra visión, a desechar nuestros egoísmos y nos mueva a trabajar, juntos, por El Salvador que debería ser.
¿Podremos lograrlo?

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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