| Marvin
Galeas*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Desde hace ya bastante rato que andamos jodidos con esto de la violencia.
Vos comenzás a sentir que los delitos ocurren cada vez más
cerca de ti y de tu casa. Para mi hija, que está en la universidad,
las cosas ocurrían en otras partes y a otras personas. Pero hace
un par de semanas vio la foto de su ex compañero de bachillerato
en el colegio al que habían matado y se puso blanca como una sábana.
¿Qué tan mal estamos? Debemos reconocer que estamos pasando
por una situación difícil. Pero no mucho más que
en otros momentos. Momentos largos como la sangrienta guerra de 12 años,
o momentos cortos pero intensos como los terremotos que de cuando en cuando
nos toca, o las inundaciones y algunas otras calamidades.
¿Y qué hacemos entonces? ¿Hacemos las maletas y nos
vamos al carajo? ¿Nos paralizamos y nos ponemos, impotentes, a
llorar? ¿Nos rendimos y le entregamos el país a los delincuentes?
¿Le echamos la culpa al FMLN o al gobierno? ¿A los gringos?
¿Al comunismo internacional?
¿A las injustas estructuras sociales? Conocemos y vivimos el problema.
Nos aflige. Pero siempre pensamos que son otros los culpables y los encargados
de solucionarlo.
¿Pero qué estamos haciendo nosotros como vecinos de colonia,
como gente que sale cada día a ganarse la vida en un trabajo honrado?
Ya no bastan las quejas, los diagnósticos y las propuestas.
Y lo que pasa es que, como ciudadanos, no sólo no estamos haciendo
nada sino que podríamos en muchos casos estar cooperando con las
mafias y con los robos, las extorsiones y hasta con los homicidios que
tanto nos agobian.
¿Cómo? ¿De qué manera?, pues sí. Cada
vez que alguien compra una copa de carro o cualquier cosa robada (¿lo
hacemos o no?), estamos incrementando la demanda. Si hay demanda habrá,
lógicamente, más oferta de esas cosas. Es decir se incrementarán
los robos. Si compramos a los vendedores ambulantes, estamos cooperando
con el desorden inmenso de las ventas callejeras.
El que tira esa pequeña basurita a través de la ventanilla
del bus o del carro, está ayudando, y mucho, a contaminar aún
más el país, son varias manos y varias basuritas que forman,
momento a momento, un volcán de porquerías y ripio en las
calles.
El que, por ganar unos minutos, se pasa al carril contrario para pasar
más rápido, una tontería, claro, pero como son varios
tontos a la vez y a cada rato, la ciudad se nos vuelve un caos de película.
Y qué tal si un buen día usted y yo y todos los que nos
decimos ciudadanos honrados, nos decidimos a no volver a comprar nunca
más un disco pirata, una copa de carro, ni nada de dudosa procedencia,
un aguacate ni nada de comer, calzar o vestir en una venta callejera;
si nos decidimos a no lanzar basura en cualquier lado, a respetar rigurosamente
las reglas de tránsito, a no conducir nunca bajo efectos de las
tres cervecitas (la mentirilla de siempre) y a no meternos, abusivamente
en las colas.
Si procedemos así ¿en cuánto tiempo se disminuirían
los robos de accesorios de carros, copas, tapaderas de tragantes, celulares,
cadenas y relojes? ¿Cuántas vidas se salvarían, si
de pronto ya no es negocio robarle el celular o cualquiera otra cosa a
alguien? ¿Cuánto se disminuiría el problema de la
suciedad? ¿En cuánto se reducirían los accidentes
de tránsito?
Claro que las autoridades y las instituciones deben hacer algo para frenar
esta ola de violencia que vivimos. Pero ¿qué estamos haciendo
nosotros como ciudadanos? Nadie que compra cosas robadas o piratas o en
cualquier esquina; nadie que irrespete las reglas de tránsito o
emporque la ciudad, tiene derecho moral a quejarse después de las
grandes y fatales consecuencias de esos pequeños actos ilegales,
que a diario se comenten con cara de yo no fui.
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

|