| Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
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La primera vez que lo tuve frente a mí se despachó un discurso al más puro estilo Che Guevara, mezclando sucesos alterados con una andanada de improperios sobre “la clase burguesa” que yo representaba.
Pronto entendí que aquel líder sindical no tenía intención alguna de privilegiar al “proletariado” --de cuyas “demandas más sentidas” se consideraba exclusivo portavoz--, sino de proteger otros intereses, mucho más prosaicos y mezquinos de lo que yo mismo en aquel momento suponía.
Poco a poco, respaldados por una eficiente asesoría legal, fuimos descubriendo qué había detrás de aquel vociferante sindicato. Comprendimos, al escarbar en las cuentas institucionales, cuánta doble moral se escondía tras los exabruptos ideológicos de aquel grupo de seudo revolucionarios.
Sus conflictos de interés eran tan evidentes, que a nosotros, como autoridades, no nos quedaba otra cosa que actuar según la ley. “Entonces voy a levantar contra usted a todos los trabajadores de Concultura”, me amenazó aquel pretendido dirigente sindical. “Haga lo que usted crea conveniente”, le respondí. “Yo estoy en este cargo para cumplir mi deber”.
A los pocos días estalló el primer conflicto en el Zoológico Nacional. Un paro de labores dejó esperando, en el portón del parque, a decenas de niños que deseaban ver, algunos por primera vez, a Manyula. Los sindicalistas dijeron ante los medios de comunicación que aquella medida había sido tomada ante la “intransigencia” de las autoridades, que se negaban a escuchar sus “justas demandas reivindicativas”.
El asunto no paró ahí. Junto a las calumnias e insultos contra la administración de Concultura o contra el Gobierno --aderezados siempre con elogiosas referencias al FMLN, a Cuba y al “paladín bolivariano” Chávez--, el sindicato continuó con su cruzada de desestabilización. Pronto se sumaron a la “lucha” algunos trabajadores de los parques Saburo Hirao e Infantil, y buena parte de los empleados de la Biblioteca Nacional, donde incluso tuvimos que recurrir a medios electrónicos para demostrar que la mayor parte de quejas sobre el estado del edificio eran notoriamente falsas.
La agudización de la crisis laboral en la Televisión Cultural Educativa, a partir de abril de este año, fue patrocinada enteramente por el sindicato. Uno de sus “dirigentes” llegó al colmo de afirmar, ante las pantallas de televisión, que quienes mandaban en el Canal 10 eran ellos. Sin embargo, cuando el presentador Raúl Beltrán Bonilla le preguntó sobre ciertas deficiencias laborales de sus “protegidos”, el sindicalista en cuestión se limitó a hablar de otra cosa. ¡Valiente defensa de principios!
Mi otro amigo dirigente, el mismo que cita fragmentariamente a Martin Luther King y cree a pies juntillas que Lenin era una especie de iluminado, sigue empecinado en demostrar que su estrategia desestabilizadora no está afectando directamente a quienes dice defender. Imagino que si el Zoológico llega a trasladarse a Turismo, le tocará hacer malabares retóricos para convencer a sus fieles que la estrategia sindical ha “rendido los frutos esperados”.
En la mente febril de este “líder” --como en muchos otros que pululan por el país--, el amor y el odio no son sentimientos excluyentes. Dado que la justicia y la libertad, interpretadas a su manera, ocupan los sitios más altos en su escala de valores, amar y odiar pueden ser verbos perfectamente complementarios.
Por eso le parece válido “amar” la justicia y odiar a los “injustos”, o aborrecer a cierta clase de tiranía mientras se alaba candorosamente a otra. La violencia, para él, está justificada por los resultados que se obtienen de ella. Se tragó entero aquel cuento marxista de que “la violencia es la partera de la Historia”.
Concibe mi estimado sindicalista que un revolucionario es aquel que logra encauzar las eternas frustraciones humanas hacia algo o hacia alguien. Olvida que las insatisfacciones de las mayorías, azuzadas por el odio, pueden servir a ciertas causas por un tiempo, pero no consiguen más que nuevas y punzantes frustraciones a la larga.
Como su labor es la conspiración, este ilustre hijo de Marat ha llegado a creer que todos compartimos su oficio. Son tantas las horas de vigilia que dedicada él a tramar “golpes”, que se convence a sí mismo que el “enemigo de clase” también se desvela tramando complots contra su causa.
Llama “argumento” al insulto más soez, “éxito” a la presión insensata y “capacidad de convocatoria” a la dudosa habilidad de provocar resentimientos. Pregonero de las tempestades y telonero de las crisis, está seguro de que nadie que hable a favor del
Estado puede hacerlo más que por razones maquiavélicas. Afirma, junto a Bakunin, que “poner en marcha la fuerza destructiva es el único objetivo digno de un hombre racional”.
Para colmo, ignoro por qué, este profesional del odio está persuadido de que su triunfo sería rotundo si lograra botarme del cargo que ocupo. Ni siquiera sospecha que su única victoria sobre mí la conseguiría el día en que yo me dejara contagiar por su odio. Y en eso, Dios mediante, espero nunca darle gusto.
*Escritor, presidente de Concultura y columnista de El Diario de Hoy.

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