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Del ambiente
Hablar con respeto

Entre los jóvenes, y aun entre muchos adultos, el número de palabras que usan a diario para expresarse se ha reducido al mínimo, ya que sustituyen sustantivos y objetivos por una mala palabra.

Publicada 29 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Aunque el idioma castellano tiene una gran riqueza y en la actualidad se está convirtiendo en una de las lenguas habladas por más personas en más países del mundo, el deterioro que está sufriendo en nuestro país es cada vez más evidente y preocupante.

Tal vez sea el resultado de la poca importancia que se da al buen trato y al respeto entre las personas. Y por supuesto, a la falta de cultura que se nota en la pobreza de vocabulario y en el escaso interés por la lectura, por la historia y la literatura.

Se ha convertido en una costumbre que los vendedores y dependientes, de uno y otro sexo, en supermercados, zapaterías, ventas informales, repartidores de gaseosas y de agua envasada, cuando saludan a una cliente han olvidado las palabras señora o señorita y se permiten decirle “buenos días, mi amor”, “en qué puedo servirle, corazón” y en el mejor de los casos “sí, madre”, “sí, abuela” o “sí, doña”. Y lo más increíble es que estas expresiones las usan frente al esposo o al novio de la mujer en cuestión, sin que a él parezca importarle.

Lamentablemente, esta desagradable costumbre se ha generalizado de tal manera que no es extraño que al responder al teléfono, las recepcionistas de empresas serias, de las que se esperaría otro tipo de trato, se atreven a llamar a sus clientes con términos que por su significado, únicamente pueden ser empleados por personas entre las que existe algún tipo de intimidad, de sentimientos o de confianza que se los permita hacerlo sin que sea un abuso.

Entre los jóvenes, y aun entre muchos adultos, el número de palabras que usan a diario para expresarse se ha reducido al mínimo, ya que sustituyen sustantivos y objetivos por una mala palabra, que en el diccionario sirve para designar una hetaira, prostituta o trabajadora del sexo, como hoy se designan.

Lo que antaño tenía connotaciones denigrantes y se usaba únicamente como insulto, es en la actualidad la palabra más usada en el argot juvenil, sin importarles la presencia de personas de respeto, que no están acostumbradas a este tipo de trato.

La tontería de decir la hora usando una pésima traducción del inglés, parece haber permeado todos los estratos sociales. Da vergüenza escuchar a un profesional, dirigiéndose a una audiencia empresarial, que afirma que la reunión comenzará “diez a las cinco”, cuando lo que intentó decir es “a las cinco menos diez” o “diez para las cinco” ya que en español, lo correcto es decir cuando faltan diez minutos para las cinco. Si pensamos despacio la tontería que significa la frase “diez a las cinco” no la volveríamos a repetir.

Ya nadie se da cuenta que el término “aperturar” fue inventado por algún empleado bancario que carecía de instrucción notoria, y convirtió en verbo el sustantivo apertura, sin enterarse que en castellano el verbo es abrir. Cuando un cliente llega y pide a las ejecutivas abrir una cuenta, ellas responden con una mirada de conmiseración, que evidencia sus sentimientos de lástima por quien recién bajó del monte y no ha tenido acceso al vocabulario técnico bancario.

Y para mayor vergüenza, los bancos han adoptado esta tontería en sus comunicaciones escritas con sus clientes y en sus publicaciones en los periódicos. Ya llegará el día en que en lugar de hablar de salir, nos recetarán el nuevo verbo salidar. Y ya ni se discute el uso constante de accesar porque muy pocos saben que la palabra correcta es acceder.

Y como la tontería, la vulgaridad y la falta de respeto son imparables, ya estamos escuchando en la radio y por TV anuncios comerciales con expresiones de doble sentido, que lejos de despertar en el futuro comprador el interés por adquirir el producto, hacen gracia entre la chusma que los disfruta, enseñan lo indebido a las mentes jóvenes e inocentes que aún no tienen la capacidad de discernir y llenan de tristeza y de indignación a las personas que todavía consideramos el idioma castellano como una lengua rica, que ensalzó Rubén Darío al hablar con sentida nostalgia de “una América que aún cree en Jesucristo y reza en español”.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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