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Punto de vista
Violencia, derecho, orden, paz

Agustín de Hipona definía la paz como “la tranquilidad en el orden”. Si queremos tener paz, hace falta empezar por el orden. Y para llegar al orden, el camino es jurídico, político, legal y concertador

Publicada 28 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Estamos secuestrados, se ha dicho. Nos han quitado la libertad. La violencia nos ha recluido en el temor.

La imagen no está lejos de la realidad, pues la libertad sólo puede ser anulada de dos modos: por ignorancia o por miedo. La violencia engendra miedo, la ignorancia nos hace temerosos. La libertad es la víctima más importante de la violencia.

Por otra parte, vivimos en un Estado de Derecho. Tenemos unas leyes y una Constitución que es el marco regulador de la actividad jurídica en el país. El Gobierno tiene como mandato fundamental preservar las libertades.

Todos estamos involucrados en la solución: las escuelas, las iglesias, la llamada sociedad civil y --principalmente-- la familia. Sin embargo, la responsabilidad de esas instancias se enfoca principalmente en la prevención por medio de la educación, no en la preservación de la paz, ni del orden público, ni del Estado de Derecho, ni en la modificación, promulgación y aplicación de las leyes pertinentes. Eso le toca al Gobierno.

Que tenemos un puñado de insociables que no temen ni a Dios ni al diablo; que han fallado las familias, las escuelas y las iglesias y no han logrado educar a las personas, formar ciudadanos... de acuerdo. Pero con sólo reconocerlo no llegamos muy lejos.

Cuando una enfermedad tiene una crisis, los médicos contienen como pueden los factores de muerte y, una vez superada la emergencia, se atienden las causas de fondo.

Ante una inundación estaría muy mal ponerse a echar culpas a los desforestadores, a los que no limpiaron los tragantes, a los que no previeron el caudal de la tormenta. Ante una inundación, primero se rescata a los damnificados y luego se arreglan las cosas para que no vuelva a suceder.

Se ha hablado de tribunales especiales, derecho peculiar, jueces específicos. Se ha hablado de modificar o rehacer unas leyes que puedan ser aplicables a una realidad como la nuestra. Se habla de cárceles dedicadas, de modificaciones presupuestarias, de poner de acuerdo a todas las fracciones políticas. Y por eso no se resuelve el problema: se habla, se habla…

Ahora sí que no se trata de impresionar al electorado, sino de lograr una solución.
Cuando no se sabe cómo salir de un atolladero se pide consejo, o, al menos, mira uno cómo salieron bien librados otros que pasaron por situaciones parecidas --si fuera el caso--, y se ponen las barbas en remojo al ver los errores que cometieron los que aplicaron un remedio que resultó peor que la enfermedad.

Italia es un buen ejemplo de cómo se logra superar un problema nacional (la mafia tenía secuestrada la sociedad italiana hasta hace pocos años). La ciudad de Nueva York logró, por la acción eficaz de su alcalde, avances muy significativos en la lucha contra la violencia.

Venezuela, Bolivia y Guatemala son ejemplos de resultados no deseados, obtenidos por políticas equivocadas.

No somos ni tenemos la cultura de esos países. Por eso no se trata de calcar procedimientos y métodos. Se trata de fijarse en lo que hicieron, imitar lo que resulta y evitar lo que no.

También, cuando no se está seguro de cómo proceder, se pide la colaboración de personas que son eficaces en su campo peculiar. Sin embargo, se pueden hacer comisiones de empresarios, juristas, líderes morales. Pero eso no quita la responsabilidad al Gobierno.

Nuestra incipiente democracia tiene un reto fundamental: probar su capacidad de gestión, su madurez jurídica y su idoneidad para resolver un problema tan complicado y espinoso como el poner de acuerdo a todos los agentes políticos, económicos y no gubernamentales en la lucha por alcanzar la paz civil.

No hay logros políticos sin liderazgo. El líder natural debe ser el Gobierno (todo, no el
Ejecutivo solo). Si no cumple su papel, no nos extrañemos que en un futuro próximo aparezcan personas con ideologías, métodos o planteamientos más violentos aún, populistas o descabellados, que tomen el testigo del liderazgo.

Agustín de Hipona definía la paz como “la tranquilidad en el orden”. Si queremos tener paz, hace falta empezar por el orden. Y para llegar al orden, el camino es jurídico, político, legal y concertador. Todo menos teórico. Por eso debe haber una acción sistemática y decidida por parte de quienes deben hacerlo.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.
carlos@mayora.org

 

 

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