| Rolando Monterrosa*
El Diario de Hoy
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Síndrome se le llama al conjunto de síntomas de una enfermedad y por analogía, a todos aquellos fenómenos que concurren a una situación determinada.
El síndrome de Estocolmo, mencionado en el caso de la niña Natascha Kampusch, secuestrada a los diez años y mantenida en cautiverio durante ocho, se refiere a la relación afectiva que la víctima parece haber desarrollado hacia su captor.
El concepto deriva de un violento episodio de rehenes que se produjo en 1973, en un banco de Estocolmo, Suecia, en el que los asaltantes forraron de dinamita a los empleados y amenazaron con hacerlos estallar si la policía no cumplía con sus demandas.
La situación se prolongó durante seis días al cabo de los cuales los cuatro rehenes, tres mujeres y un hombre, se resistieron a ser liberados. Cuando la policía atrapó a los delincuentes, los rehenes alzaron su voz en favor de estos e incluso se negaron a testificar en contra de ellos.
Lo que a muchos pareció una extraña reacción de gente que había estado bajo amenaza de muerte se repetía en otras situaciones similares, por lo que se le dio al fenómeno el nombre con el que ahora se le conoce.
Otro caso fue el de la hija del magnate de medios, Willi-am Randolph Hearst, cuya hija, Patricia, de 19 años, fue secuestrada por el llamado Ejército Simbionés de Liberación, ESL, un grupo terrorista de izquierda que fue exterminado en Estados Unidos, en 1974. Patricia estuvo cautiva, amenazada de muerte durante algún tiempo pero luego, según su testimonio, terminó por unirse de manera voluntaria al grupo e incluso a participar con este en asaltos a bancos y en actos terroristas bajo el alias de “Tania”.
En su autobiografía Patricia relata que semanas después de su secuestro cuando el líder del ESL le dio a escoger entre unirse a su causa revolucionaria o volver a casa, ella no vaciló en responder que se les uniría. “Estaba convencida de que nunca me dejarían ir porque yo sabía demasiado de ellos. O me unía al grupo o sería ejecutada, pensé”.
Investigadores que tratan de explicar esta relación que se produce entre víctima y victimario, señalan algunas causas probables: una, el reconocimiento del poder absoluto que emana de los captores de quienes depende la vida de la víctima; dos, prevalece la idea de que en la medida en que se hagan cosas que agraden al captor, este se distraerá y será más considerado con la víctima; tres, la reiterada complacencia que se autoimpone el sometido se puede convertir, con el correr del tiempo, en un verdadero convencimiento. A partir de estos y otros componentes emocionales, que tienen al instinto de supervivencia en la base, captor y víctima subliman su relación.
Un efecto similar se produce en pueblos sometidos a dictaduras, como lo fue el caso del estalinismo sobre los soviéticos y como lo es ahora el de los cubanos. El reciente quebranto de salud de Fidel Castro dio pie a encuestas de entidades supuestamente no gubernamentales en las que se consultaba al hombre de la calle sobre sus expectativas.
Todos los consultados coincidieron en decir que esperaban la pronta recuperación “del querido líder”. ¡Claro! Como que de él depende que la cartilla de racionamiento del opinante sea retirada o no y también le resulta a este preferible que permanezca el mal conocido, porque la nueva nomenclatura, podría ser mucho peor.
Entre Fidel y su hermano Raúl, el de las soluciones finales, la mayoría se queda con Fidel. Un cubano nunca dirá la verdad sobre su pensamiento político a no ser que se trate de alguien a quien le tiene mucha confianza, porque el encuestador podría ser un informante del régimen y de no responderle “lo correcto”, podría terminar con sus huesos en la cárcel.
En el ánimo del secuestrado se trate de un individuo o de todo un pueblo, el miedo es el que marca su conducta; por miedo trata de ganarse la voluntad del captor y por la misma razón acompaña en multitudes las marchas del dictador. Venezuela y Bolivia se encaminan cada vez más a prisa hacia su Estocolmo. Lástima de pueblos que votaron por sus cadenas ; que Dios ilumine el voto de otros para que no tengan el mismo destino.
*Periodista. rolando@elsalvador.com

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