| Óscar Rodríguez Blanco s.d.b.*
El Diario de Hoy
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Estamos acostumbrados a identificarnos como ciudadanos de una determinada nación en la que hemos nacido y adquirido derechos y deberes. Como cristianos tenemos una doble ciudadanía: la terrena y la celestial.
Ante la proximidad de la fiesta de Todos los Santos, el 1 de noviembre y la conmemoración del Día de los Difuntos al día siguiente, es conveniente que echemos una miradita a esa futura patria en la que adquiriremos una ciudadanía permanente.
San Juan en su visión apocalíptica habla de una inmensa muchedumbre de santos que están en el cielo y que proceden de todas las razas, lenguas y naciones. Están vestidos con túnicas blancas y palmas en sus manos para cantar y alabar al Cordero de Dios.
Entre esa multitud innumerable se encuentran todos los santos y santas declarados oficialmente por la iglesia y muchos otros que no conocemos. Esos santos desconocidos son nuestros parientes, hermanos, amigos, conocidos, que han muerto en amistad con Dios y ahora juntamente con los ángeles, los mártires y los profetas adoran a Dios y le entonan himnos de alabanza.
A esta multitud de santos desconocidos que no figuran en nuestras listas, pero sí en las listas de Dios, van dirigidos nuestros cantos y el culto oficial de la iglesia. Ellos han pasado por este mundo y han experimentado nuestras mismas dificultades, tentaciones y problemas, han dado testimonio con su fe, y como dice el Apocalipsis de San Juan, son los que vienen de la gran tribulación. Los santos que celebramos no han llegado al cielo desde otros planetas, han vivido aquí en la tierra, han sido hombres y mujeres de carne y de hueso, que han asumido responsablemente el plan de Dios con humildad, se han abierto a su palabra y han encontrado el camino que les ha llevado a la felicidad.
El dos de noviembre tendremos un recuerdo muy especial por todos los que han muerto, y se encuentran en la mansión de la esperanza purificando sus faltas antes de entrar en la morada de Dios.
Los antiguos paganos deshojaban rosas y tejían guirnaldas en honor de los difuntos, nosotros elevamos plegarias por ellos. Para un cristiano no basta con llevar flores y derramar lágrimas sobre las tumbas de los seres queridos, la fe nos dice que al final del camino no hay muerte sino vida, y por eso, desde una perspectiva cristiana, oramos por ellos. Un cristiano --dice San Ambrosio-- “tiene mejores presentes, cubrid de rosas, si queréis, los mausoleos pero envolvedlos, sobre todo en el aroma de oraciones”. San Agustín decía: “Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios”.
La oración por los difuntos no es un invento de la iglesia, ya en el Antiguo Testamento--en el segundo libro de los Macabeos-- se habla de que Judas, después de reorganizar el ejército, envió una colecta a Jerusalén para ofrecerla como expiación por los muertos en la batalla, ya que es “es una idea piadosa y santa rezar por los muertos para que sean liberados del pecado”. (2Mac.12, 43-45). El catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1992, es un texto de máxima autoridad para todos los católicos del mundo y nos dice: “Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma” (1030).
La muerte es algo que nos preocupa a todos, nos llena de dolor y angustia, somos humanos. También Cristo lloró por la muerte de su amigo Lázaro y se compadeció de la viuda de Naín. La muerte nos recuerda que somos peregrinos en esta tierra y que vamos caminando hacia un destino eterno, ya que no tenemos una morada permanente en esta tierra. Miramos a la muerte con sentido pascual, seguros de que no es el final de todo, sino el inicio de un todo, donde ya no hay llanto ni dolor, en donde todo es alegría y paz porque ahí se goza del amor y Dios es amor.
*Sacerdote salesiano.

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