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La nota del día
Unos cuantos trabajan y muchos piden ayuda

Los pueblos laboriosos, como éramos los salvadoreños antes de la agresión comunista en los setenta y ochenta, son pueblos que viven en paz y que progresan.

Publicada 28 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Una jovencita de catorce años, estudiante, contribuye al sostenimiento de su familia reparando relojes en su tiempo libre, oficio que aprendió de su padre, ahora incapacitado por una enfermedad.

El tesón y la responsabilidad de la niña merece la admiración y el apoyo de todos, más en una sociedad donde tanta gente se queja de “no recibir ayuda” y se la pasan justificando su inutilidad. Hay amputados de manos, personas confinadas en sillas de ruedas, ciegos y minusválidos que son capaces de sostenerse a sí mismos, pero abundan más hombres y mujeres jóvenes y sanos que rehúsan trabajar, que viven de remesas o que se dedican a los peores vicios.

Aprender un oficio es muy difícil en El Salvador por culpa de las leyes contra el aprendizaje y las que persiguen el trabajo de adolescentes y jóvenes con el pretexto de protegerlos. Estas leyes y regulaciones, todas derivadas de viejos o presentes chantajes de los sindicatos estadounidenses y de la OIT, han generado la crónica desocupación de los jóvenes y, en la actualidad, el crecimiento de las pandillas criminales, las maras.

En vez de tener a muchos jóvenes ocupados en los más diversos oficios y labores, como la admirable joven a la que nos referimos, el país sufre el flagelo de miles y miles de adolescentes y hasta niños, que pasan a formar parte del crimen organizado y, a corto o mediano plazo, a morir a su vez por asesinato o descuartizamiento.

La medicina más eficaz contra la delincuencia en una sociedad, es el trabajo. Los pueblos laboriosos, como éramos los salvadoreños antes de la agresión comunista en los setenta y ochenta, son pueblos que viven en paz y que progresan.

Pero cuando hay regulaciones y barreras al trabajo honesto, los perjuicios son cien veces mayores que los beneficios; las prohibiciones contra “el trabajo infantil”, léase de jóvenes menores de diecisiete años, los empuja a algo muchísimo peor que accidentarse, que es precisamente a la calle y de allí a la pandilla, la prostitución y la droga.

Que vengan siquiatras al auxilio

Hablar de maras es hablar de desocupación, de jóvenes que no tienen dónde trabajar, aunque lo hagan gratis, y por tanto que no tienen quién los vigile, les enseñe y los proteja en alguna medida.

Hablar de maras es también hablar de niños que en su primera infancia pudieron ser adoptados, niños que casi desde su nacimiento vivían en hogares problemáticos y que muchas parejas sin hijos habrían acogido como suyos, pero que no pudieron hacerlo por culpa de las truculentas leyes y regulaciones que casi impiden la adopción en el país. De nuevo, para entidades como el ISNA es preferible que un niño termine de marero, a que sea adoptado por una familia que no llene a la perfección las exigencias de sus normativas.

Hace pocos días, el canal de televisión de National Geographic transmitió un programa sobre las maras que pudo haber sido mucho mejor realizado pero que expone lo suficiente de ese infierno como para que se busquen no uno, sino muchos remedios. Lo que es evidente, en todo caso, es que se trata de un problema de sicopatía, de locura organizada como son los talibanes o los grupos comunistas más radicales. El aporte de siquiatras está haciendo falta.


 

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