| El Diario de Hoy
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Una jovencita de catorce años, estudiante, contribuye al sostenimiento
de su familia reparando relojes en su tiempo libre, oficio que aprendió
de su padre, ahora incapacitado por una enfermedad.
El tesón y la responsabilidad de la niña merece la admiración
y el apoyo de todos, más en una sociedad donde tanta gente se queja
de “no recibir ayuda” y se la pasan justificando su inutilidad.
Hay amputados de manos, personas confinadas en sillas de ruedas, ciegos
y minusválidos que son capaces de sostenerse a sí mismos,
pero abundan más hombres y mujeres jóvenes y sanos que rehúsan
trabajar, que viven de remesas o que se dedican a los peores vicios.
Aprender un oficio es muy difícil en El Salvador por culpa de las
leyes contra el aprendizaje y las que persiguen el trabajo de adolescentes
y jóvenes con el pretexto de protegerlos. Estas leyes y regulaciones,
todas derivadas de viejos o presentes chantajes de los sindicatos estadounidenses
y de la OIT, han generado la crónica desocupación de los
jóvenes y, en la actualidad, el crecimiento de las pandillas criminales,
las maras.
En vez de tener a muchos jóvenes ocupados en los más diversos
oficios y labores, como la admirable joven a la que nos referimos, el
país sufre el flagelo de miles y miles de adolescentes y hasta
niños, que pasan a formar parte del crimen organizado y, a corto
o mediano plazo, a morir a su vez por asesinato o descuartizamiento.
La medicina más eficaz contra la delincuencia en una sociedad,
es el trabajo. Los pueblos laboriosos, como éramos los salvadoreños
antes de la agresión comunista en los setenta y ochenta, son pueblos
que viven en paz y que progresan.
Pero cuando hay regulaciones y barreras al trabajo honesto, los perjuicios
son cien veces mayores que los beneficios; las prohibiciones contra “el
trabajo infantil”, léase de jóvenes menores de diecisiete
años, los empuja a algo muchísimo peor que accidentarse,
que es precisamente a la calle y de allí a la pandilla, la prostitución
y la droga.
Que vengan siquiatras al auxilio
Hablar de maras es hablar de desocupación, de jóvenes que
no tienen dónde trabajar, aunque lo hagan gratis, y por tanto que
no tienen quién los vigile, les enseñe y los proteja en
alguna medida.
Hablar de maras es también hablar de niños que en su primera
infancia pudieron ser adoptados, niños que casi desde su nacimiento
vivían en hogares problemáticos y que muchas parejas sin
hijos habrían acogido como suyos, pero que no pudieron hacerlo
por culpa de las truculentas leyes y regulaciones que casi impiden la
adopción en el país. De nuevo, para entidades como el ISNA
es preferible que un niño termine de marero, a que sea adoptado
por una familia que no llene a la perfección las exigencias de
sus normativas.
Hace pocos días, el canal de televisión de National Geographic
transmitió un programa sobre las maras que pudo haber sido mucho
mejor realizado pero que expone lo suficiente de ese infierno como para
que se busquen no uno, sino muchos remedios. Lo que es evidente, en todo
caso, es que se trata de un problema de sicopatía, de locura organizada
como son los talibanes o los grupos comunistas más radicales. El
aporte de siquiatras está haciendo falta.

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