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La nota del día
Fórmula para clavarse parques nacionales

Aquí priva el criterio de la “buena fe” del comprador. Si alguien “de buena fe” adquiere una casa robada, puede quedársela porque no tuvo intención de comprar algo robado

Publicada 24 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

El diario de hoy
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No sólo empresas, propietarios de viviendas, agricultores y cuanto dueño de inmuebles que hay en este país están expuestos a que les roben sus bienes y los dejen en la calle. También el Estado, el todopoderoso Estado, sufre de las depredaciones de abogados sinvergüenzas, ladrones de levita, pícaros y jueces corruptos.

El día menos esperado vamos a amanecer con la noticia de que un comerciante ha sido declarado dueño del Palacio Nacional, o que la Carretera de Oro es propiedad de un grupo de sujetos que reside en Cojutepeque.

El método es muy simple: se busca a una “maistrita”, se le dice lo que tiene que exigir, se paga a un par de testigos, se contrata un abogado sin escrúpulos y se unta la mano de un juez. Los testigos juran ante Dios y los hombres que la “maistrita” vive desde los tiempos de la Colonia en, digamos, el Parque Balboa, por lo que tiene pleno derecho a reclamarlo como suyo. El juez examina los expedientes, oye las partes (que si además el plan se fragua en medio de una guerra no habrá quien por el país) y dictamina que la “maistrita” es, en efecto, la legal propietaria del Parque Balboa.

Una vez que la buena señora recibe el parque o la calle o la plaza como bien inmueble propio, lo revende; después de tantos años de habitar en ese lugar y de los meneos para hacerlo suyo, no vacila en entregarlo por pocas monedas al sinvergüenza que fraguó el pastel. Y una vez que cae en manos del sinvergüenza, el parque o la calle o plaza se parcela y se vende a compradores de buena fe para que ellos instalen sus cafetines o sus antenas o sus bodegas.

Hay una conclusión al procedimiento: hacer desaparecer a la “maistrita”, no dejar huella de los testigos y enfrascarse en toda suerte de litigios, demandas y amparos para quedarse con bienes nacionales. En buenas palabras, robar lo que es tuyo, mío y de todos nosotros, el patrimonio común de los salvadoreños, lo que poseemos de jardines, parques, veredas, bosques protegidos, playas y monumentos, lo que deben heredar nuestros descendientes.

Lavan bienes como se lava dinero

Lo asombroso es que tribunales, jueces, magistrados, salas y demás partes del sistema de administración de justicia, den cabida a tales litigios y pierdan tiempo analizando lo indefendible, lo atentatorio contra el Orden de Derecho, lo que a todas luces es deshonesto y lesiona los intereses de la población. Y así como el Estado sufre de las maquinaciones de malvados, también los particulares están todo el tiempo expuestos a perder, por argucias y falsificaciones, lo que es suyo, lo que nunca quisieron vender pero que un buen día encuentran invadido por obreros o reciben una orden judicial de desalojar su casa.

Aquí priva el criterio de la “buena fe” del comprador. Si alguien “de buena fe” adquiere una casa robada, puede quedársela porque no tuvo intención de comprar algo robado. Eso lleva a que los ladrones de bienes los vendan y revendan varias veces, lavando lo robado como se lava el dinero. Tan peregrina y disparatada acción no vale en ninguna nación civilizada; el gobierno alemán ha restituido a los herederos de judíos despojados lo que robaron los nacional-socialistas; igual con obras de arte y joyas.

 

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