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De la vida real
Mi yo, no psiquiatra

Hay tanta gente prepotente, que no respeta al prójimo, que piensa que puede pasar sobre los demás, y que merecen recibir una lección. Le expresé lo que en realidad sentía

Publicada 21 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

José María Sifontes*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

En medicina, y especialmente en psiquiatría, el secreto profesional es casi sagrado. Es lo que más se asemeja al secreto de confesión. Sin embargo contaré la historia porque tuve autorización para hacerlo y porque estoy hablando del milagro, no del santo.

La persona entró a mi oficina angustiada, le era prácticamente imposible sentarse y permanecer quieto. Yo lo conocía desde bastante tiempo antes, pues estaba en tratamiento por un problema de ansiedad del que no entraré en detalles.

Es un hombre corpulento pero, como suelen ser los de esta tipología, también bastante pacífico. Sin esperar los acostumbrados saludos iniciales comenzó a hablar. - “Doctor, no sabe lo que acabo de hacer, necesito que me ayude porque creo que estoy perdiendo el control”, dijo.

Y me contó la siguiente historia: Estaba haciendo fila en su carro en uno de estos bancos que tienen cajeros para automovilistas. Era el segundo en la cola y sólo esperaba que el carro adelante saliera para ocupar su puesto y hacer su transacción.

Sin ningún motivo aparente la persona del carro de atrás comenzó a tocar su bocina insistentemente. - “¿Qué pasa, que no ve que todavía hay un carro adelante y que no puedo avanzar”, pensó. Al ver en el espejo retrovisor vio que el individuo de atrás no sólo seguía pitando sino que sacaba su mano por la ventanilla y le hacía señas poco corteses para que se apresurara.

Evidentemente el tipo estaba malhumorado y dividía su tiempo entre tocar el claxon de una forma agresiva y gritarle a una mujer --quizá su esposa-- que iba a su lado, pobre víctima sumisa de su impaciencia.

El cajero se desocupó pero, por alguna razón, un agente de seguridad le señaló que todavía no avanzara. A pesar de que era muy probable que el individuo también viera la señal del agente esta interrupción fue suficiente para que estallara en cólera. Sacó la cabeza de la ventanilla y gritó: - “Apurate, avanzá, gran p.” Era el colmo, un insulto gratuito. Sin embargo se contuvo, señalándole con la mano al tipo que no podía pasar todavía, que esperara.

Pasó cerca de un minuto y el pito seguía sonando brusca e insistentemente. Los ademanes eran cada vez mas vulgares y las expresiones del rostro indicaban claramente lo que estaba diciendo. La mujer acompañante estaba callada y mirando al suelo, incapaz de hacer algo y sufriendo su ración de gritos.

Momentos después y rojo de la ira el individuo se bajó del carro y se dirigió a la parte de atrás del de nuestro conocido, quien todavía no comprendía la razón de tal conducta, completamente injustificada. Sin mayor preámbulo le dio un fuerte puntapié al carro y comenzó a vociferar: - “Semejante p. que no te estoy diciendo que avancés, gran c.”

Fue suficiente. Nuestro amigo se bajó del carro y le dijo: - “·¿Por qué me insultás? Vení a decirme aquí lo que me acabás de decir”. El individuo se acercó a paso rápido y con una actitud desafiante hasta darle un empellón en el pecho. Aquí acabó la historia, al menos en lo que al sujeto se refiere. Imagino que todo se le habrá puesto negro o vio estrellas girando alrededor de su cabeza. Acababa de recibir un puñetazo entre la nariz y el pómulo izquierdo, tan poderoso que lo impulsó varios metros hasta dejarlo tumbado en el suelo.

Maltrecho se levantó y se dirigió tambaleante a su vehículo. Antes de salir a toda velocidad y chirriando las llantas dijo: - “Me las vas a pagar, ya vi tus placas”. Mi amigo, acercándose, le dijo a la infortunada mujer: - “Señora perdone, pero estos así quieren”, y al tipo: - “Vos me las vas a pagar, yo también ya vi las tuyas”.

Escuché el relato excitado y, debo confesarlo, también satisfecho. Mi condición profesional me aconsejaba decir las típicas cosas que se suelen decir en estos casos, tales como que tratara de controlarse, que la violencia no se resuelve con más violencia, que el tipo pudo estar armado, etc. Pero no, no le dije nada de eso. Al fin y al cabo no soy sacerdote, soy psiquiatra y también estoy harto de ver tantos ejemplos de malcriadeza en todos lados.

Hay tanta gente prepotente, que no respeta al prójimo, que piensa que puede pasar sobre los demás, y que merecen recibir una lección. Le expresé lo que en realidad sentía y, parafraseándolo, le dije: - “Lo que usted hizo fue lo que muchos quisiéramos hacer con tanto abusivo que uno encuentra, la verdad es que éstos sólo así quieren”.

*Médico psiquiatra y columnista de El Diario de Hoy.
jsifontes@elsalvador.com

 

 

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