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Un llamado
¿Despertaremos, por fin?

Nuestro país está hoy en peor peligro, porque el enemigo bajó de la montaña y está en medio de nosotros. Pretende destruirnos desde adentro: desde nuestro espíritu de lucha y trabajo, impidiéndonos laborar en paz

Publicada 21 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

“Ya no leo sus artículos porque usted mucho regaña”, me dijo un estimado amigo. “Al lector hay que hacerle la vida amable; uno ya tiene suficientes problemas para, encima, estarle hablando de responsabilidad individual. ¿Qué va a hacer, si los demás no cumplen con lo que les toca? ¿Va a ser uno el único payaso del circo? ¿Se va a echar, uno mismo, todas las cargas encima? ¡No, eso no me parece!”

Y, así, en esa ocasión, yo fui la regañada.
Traté de explicar, sin embargo, que mi intención no es regañar a nadie; que muchas veces me exalto, como resultado de mi inmensa preocupación por nuestra indiferencia ante nuestros problemas nacionales; por la apatía y la molicie que se han ido apoderando de nuestras mentes y corazones; por abrazar un relativismo nefasto y cómodo, al que hemos vestido con el glamoroso ropaje de “tolerancia”, que ha distorsionado por completo nuestra escala de valores, otorgando idéntica valía al bien y al mal.

Intenté aclarar, finalmente, que desde esta columna trato de hacer algo, aunque sea mínimo, en la lucha para que sobreviva una especie en peligro de extinción: la de los salvadoreños patriotas y responsables, de los que, apenas, quedan algunos.

Narro esta experiencia porque, en parte, responde a la grave interrogante que el señor Embajador de los Estados Unidos, Douglas Bar-clay, hizo en discurso pronunciado por invitación de Fusades. Haci-endo un recuento de nuestros logros, retos, amenazas y peligros, el Embajador echó en falta un elemento muy importante: “¿Dónde está la indignación?”, preguntó.

Generalmente, soy una persona bastante controlada; confieso, sin embargo que, con esa frase, los ojos se me nublaron: por lágrimas de gratitud (¡gracias, señor Embajador!), porque percibí en él un genuino amor por El Salvador; de tristeza, porque él, siendo extranjero, ama a nuestro país más que muchos salvadoreños.

Y, principalmente, fueron lágrimas de dolor y nostalgia, por lo que fuimos… y de vergüenza, por lo que ya no somos.

Porque los salvadoreños a quienes conocí en mi infancia y juventud; los compatriotas que, después, enfrentaron valientemente el terrorismo marxista y la locura mesiánica de los ochentas, sí sabían indignarse; sí sabían de patriotismo, de principios, de sacrificio, de bien común.

Muchos arriesgaron sus vidas y sus bienes… y, muchos de ellos, perdieron ambos. Muchos descuidaron negocios y oficinas, para defender a nuestro país, desde la trinchera que les tocara: la de la política, la del trabajo, la de la comunicación, la del enfrentamiento ideológico, abierto y claro.

Esos patriotas --empresarios, en su mayoría-- tuvieron que luchar, simultáneamente, contra varios frentes: los terroristas, el gobierno duartista, los malos militares e, incluso, el gobierno de los Estados Unidos, mal informado por su embajador, Robert White, nefasto personaje que, pagado por grupos filo marxistas, hizo carrera desprestigiando a nuestro país.

Fue la época de la manifestación de mujeres, agredida cobardemente por los grupúsculos violentos que aún subsisten, y que, mediante delincuencia, vandalismo y basura, tienen hoy secuestrada nuestra capital.

Sí, los grupos violentos permanecen, crecen y se multiplican. Pero, aquellos que les enfrentaron y contuvieron, ¿dónde están ahora? ¿Qué se han hecho los patriotas? ¿Dónde se esconden las gremiales que, unidas y valientes, supieron defender nuestra libertad?

Nuestro país está hoy en peor peligro, porque el enemigo bajó de la montaña y está en medio de nosotros. Pretende destruirnos desde adentro: desde nuestro espíritu de lucha y trabajo, impidiéndonos laborar en paz; desde nuestra idiosincrasia optimista, usando métodos de terror y delincuencia, para desesperarnos; desde la base de nuestra sociedad, tratando de destruir la institución familiar; desde la democracia, en la que no creen, pero que utilizan.

Ante el peligro, la conciencia debe gritarnos “¡Despierten!” Por amor a nuestro país, unidos, con fe en Dios, defendamos la libertad, busquemos el bien, la verdad y la justicia, ¡salvemos a El Salvador!
Eso, como bien lo dijo el Embajador Barclay, sólo podemos hacerlo los salvadoreños, ¡y debe ser ahora!

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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