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| Estudios. Claudia Ramírez se especializará
en la conservación de la arquitectura prehispánica
de tierra.
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Carmen Molina Tamacas
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
Tokio. El jardín japonés del hotel New Otani ofrece un
encuentro especial con la naturaleza. Las carpas, esos enormes peces que
son respetados y amados en Asia, se acercan a la superficie de tal manera
que hasta permiten ser acariciados brevemente.
En este espacio donde los árboles se mecen por la brisa otoñal,
la arqueóloga salvadoreña Claudia Ramírez accedió
a una entrevista.
Ha venido desde la Universidad de Tsukuba, a 60 kilómetros de Tokio,
donde vive desde hace prácticamente dos años. Ella es la
única latinoamericana estudiando en este recinto, en un grupo de
estudiantes asiáticos asesorados por dos “vacas sagradas”
de la conservación del patrimonio mundial: el japonés Toshiya
Matsui y el húngaro Andreas Morgos.
Ramírez, de 35 años, tiene una licencia con goce de sueldo
en el Departamento de Arqueología del Consejo Nacional para la
Cultura y el Arte (Concultura) y pertenece a la primera generación
graduada por la Universidad Tecnológica.
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| Histórico. Joya de Cerén es
patrimonio de la humanidad. |
Con su colega Fabricio Valdivieso, viajó por primera vez a Japón
en 2004 para conocer las técnicas de conservación cultural
por parte de la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional (JICA).
Después aplicó a una beca Monbusho, patrocinada por el Ministerio
de Educación; su primer año lo invirtió aprendiendo
japonés e inició su maestría.
“Mi enfoque es aprender el manejo de estos sitios. En El Salvador
no hay especialistas en conservación de arquitectura de tierra”,
relata. Antes de viajar monitoreaba el trabajo del Patronato Pro Patrimonio
Cultural en Joya de Cerén, el único con el rango de “Patrimonio
Mundial” que posee el país.
“El problema es que en El Salvador se restaura (pensando que es)
para toda la vida. Y no es así, ya que se debe tener control permanente
de todo lo que rodea las estructuras, como el musgo y los árboles.
Ese mantenimiento no existe”, indica, a la vez que acepta que el
problema tiene su raíz en la escasez de recursos financieros y
humanos del Gobierno. El país tiene más de 600 sitios arqueológicos,
la mayoría enterrados. “Los excavados están expuestos
a sufrir daños”, apunta.
Con un pensum fundamentalmente en japonés, analizará los
materiales que han sido utilizados para restaurar y conservar los sitios
arqueológicos en Joya de Cerén, San Andrés, Casa
Blanca y Tazumal. “Estos sitios se han intervenido con mezclas muy
duras y eso debilita la estructura original”, reiteró.
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación,
Ciencia y Cultura (UNESCO) dicta las líneas que un país
debe seguir para conservar su patrimonio y exige documentación
de estos procesos.
“Salvo Joya de Cerén, porque dejé el inventario completo,
y Casa Blanca que fue documentado por los japoneses, el resto de sitios
carece de ello. Es un descuido histórico y eso limita las posibilidades
de conseguir apoyo internacional”, lamentó.
A futuro
Cuenta que el primer año fue muy difícil. “Mis compañeros
asiáticos son tímidos y les cuesta hablar inglés,
pero ahora ya tengo amigos japoneses. Eso es un logro”.
Ahora enfrenta la dificultad de aplicar la química a la conservación.
“Si pudiera… (su sueño) es hacer un registro para determinar
qué tan dañados están los sitios arqueológicos.
Eso es lo ideal y el punto de partida para saber cómo están
y establecer el camino a seguir para repararlos”, puntualizó.

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