| Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
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¡Qué diera yo por hacer de mi existencia una continua lucha y por convertir mis principios en una íntima y fructífera devoción! ¡Qué diera yo por honrar siempre el compromiso de ciudadanía que mi país, triunfante o amenazado, libre o esclavo, me pide a la vuelta de cada amanecer! ¡Qué diera yo, en fin, por vivir cien años como los vivió doña Mercedes Madriz de Altami-rano!
Madre y abuela ejemplar, esposa fidelísima, escritora eficaz, periodista pionera, defensora infatigable del liberalismo solidario… Pocas mujeres en Latinoa-mérica merecen, juntos, títulos tan honrosos. Doña Mercedes los sumó todos, alternándolos a lo largo de una trayectoria vital que no es posible equiparar a ninguna otra, porque seres humanos de ese temple sólo nacen cada cierto tiempo.
Don Napoleón Viera Altami-rano y su esposa formaron, en 1930, una familia que habría de cambiar la historia de El Salvador. Los espíritus sensibles y valientes suelen sentirse atraídos los unos a los otros, y era lógico que un intelectual con las cualidades morales y profesionales de don Napoleón eligiera a una mujer con el refinamiento y dignidad de doña Mercedes, dueña de una mente brillantísima y de una cultura bastante inusual para su época.
Aquel amor, que habría de enfrentar las más duras circunstancias históricas, encontró en la mutua entrega la fuerza necesaria para sacar adelante una familia, fundar una próspera empresa periodística y garantizar que la democracia, como filosofía y acción política, tuviera su fundamento en la libre difusión de las ideas.
Tanto don Napoleón como su esposa agregaron humanismo y generosidad a la incansable proyección de sus principios. Gene-raciones de periodistas deben a ellos (y luego a sus hijos, Enrique y Thelma, y a sus nietos: Fabricio, Julián y Héctor) una formación integral, basada en un genuino compromiso con la ética profesional y los más preclaros valores liberales.
El exilio de quien era cabeza de la familia, en los años más feroces del martinato, no hizo sino destacar el carácter aguerrido de doña Mercedes, que de pionera del periodismo latinoamericano pasó a convertirse en la “Dama de Hierro” de la libertad de prensa. Ni siquiera el rigor cotidiano a que la dictadura la obligaba, imponiendo censores sobre cada texto que pasaba a las prensas, pudo doblegar la determinación de esta mujer que parecía extraer reciedumbre de cada obstáculo que encontraba en su camino.
“Usted puede quitar todo lo que quiera, pero agregar algo: ¡ni una coma!”. Eso le espetó doña Mercedes al esbirro del general Martínez que le había insinuado la intención de añadir párrafos a un artículo de don Napoleón. Y tal vez en aquella frase de justa indignación se condensa el espíritu valiente que El Diario de Hoy ha sabido conservar, a lo largo de siete décadas, en sus páginas editoriales, aportando lucidez y contundencia al debate político nacional.
Como hace poco me decía un amigo, no precisamente simpatizante de la línea editorial de este periódico: “Se puede estar en desacuerdo con La Nota del Día de El Diario de Hoy, pero es imposible acusarle de incoherencia o de cobardía. Y en estos tiempos de cinismo y descaro, ¡cómo conforta saber que existen hombres y mujeres de una pieza!”.
Doña Mercedes Madriz de Altamirano fue la inspiración permanente de un hombre ilustre que tuvo el honor de llamarse su esposo, y fue la madre de otro hombre destacado que vive orgulloso de llamarse hijo suyo: sangre de su sangre, talante de su talante. La desaparición física de don Napoleón, demasiado temprana para quien iba a sobrevivirle tantos años, significó la entrega de la periodista y empresaria a la tarea de acompañar a su hijo Enrique al frente de un periódico combativo.
Heredar el color de los ojos o la forma de caminar es una anécdota; heredar el carácter, en cambio, es toda una responsabilidad. Doña Mercedes enseñó a los suyos que había motivos suficientes para sentirse agradecidos con la Providencia, porque es preferible recibir por herencia la firmeza y la integridad que un montón de dinero o una empresa pujante.
Sólo el tiempo, único verdugo de los guerreros, consiguió confinar a doña Mercedes a una relativa inmovilidad. Pero incluso en los últimos años desplegó esta maestra de la vida una actividad impropia para alguien de su edad y achaques. Parecía siempre dispuesta a dar batalla, enfundada en aquella señorial dignidad que ni siquiera la vejez logra marchitar… porque se trata de una dignidad del alma, no de la piel.
Doña Mercedes: Que Dios le haya recibido en la gloria junto a su amado esposo y su llorada Marinita. Aquí deja usted hijos y nietos que sabrán honrar, usted lo sabe, esos principios e ideales que dieron rumbo y sentido a su gallardo paso por este mundo. ¡Quién tuviera sus cien años, valiente señora, para vivirlos como usted los vivió!
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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