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El escándalo Pavón
Palacio arrebatado a la mafia

El 25 de septiembre, 3 mil hombres, entre policías, soldados y carceleros recuperaron Pavón, la cárcel “modelo” guatemalteca que desde hacía diez años estaba en manos de un comité de presos. El lugar era más bien un feudo donde se vivía con lujos y se controlaba un abanico de crímenes.


Publicada 17 de octubre de 2006 , El Diario de Hoy

Militares. Decenas de soldados patrullan los alrededores del recinto. Foto EDH
Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

En Pavón las apariencias engañaban. Desde afuera, tres cercas de tela metálica forradas con alambre de espinos la hacían parecer un sitio lúgubre que podría evocar los funestos campos de concentración nazi.

Pero al pasar la “puerta de los lamentos” (bautizada así por los carceleros que osaron traspasar el umbral) el visitante se queda asombrado de solo imaginar la calidad de vida que los reos llevaban allí, en desmedro de la mayoría de internos y sus familias o a expensas de extorsiones, robos o secuestros ordenados desde ese sitio.

Esa no era una prisión común con celdas, barrotes y callejones estrechos, como las que hay en El Salvador. Fue diseñada como una granja-prisión, un lugar amplio, donde el recluso pudiera dedicarse a los huertos y lograr la rehabilitación. Intención que nunca se cumplió.

Al ingresar, la risa se mezcla con el estupor conforme se hurga cada rincón de las seis manzanas que componen la que irónicamente era considerada la cárcel modelo de Guatemala, orgullo de los más de mil 600 presos que allí vivían y vergüenza para el Sistema Penitenciario (SP) guatemalteco, según lo reconoce Alejandro Giammattei, quien dirige el SP.

En lugar de las celdas habituales, había 473 casas, cada una con su título de propiedad otorgado por los dirigentes de Comité de Orden y Disciplina (COD) a cambio de 15 mil o 50 mil quetzales, lo que explica en una parte mínima el derroche de lujo con el que los de ese grupo vivían.

Por lo menos una de esas casas tenía su propio circuito cerrado de televisión, muchas tenían jacuzzi y otras tantas comodidades que un salvadoreño de clase media baja las envidiaría.

El jefe del COD, Luis Zepeda, y sus lugartenientes vivían con tantos lujos que hasta tenían peceras y gansos como mascotas; corbatas para cuando salían con permiso de Pavón, y bicicletas o carros pequeños para que los “patojos” (niños) jugaran cuando los llegaban a visitar.

Al gusto de los presos


Pavón es una cárcel sólo para hombres, por lo que resulta curioso que en casi todas las casas, entre los revoltijos de ropa registradas por las autoridades, hubiera calzones y sostenes. Para las autoridades, eso evidencia que la visita se hospedaba en la cárcel cuantos días quisieran.

Comodidad. Interior de la casa donde vivía Luis Zepeda, jefe de Pavón, muerto durante el asalto. Foto EDH

A su antojo, los del COD dominaban los negocios que existían hasta que fue retomado por las autoridades.

Los negocios eran todo lo que puede esperarse de una ciudad: venta de energía eléctrica, agua, televisión por cable, servicios de telefonía celular y fija, una barra show, un club de diversiones con máquinas tragaperras y ocho mesas de billar, según dicen importadas de Colombia; una fábrica de crack y otra de aguardiente y, por supuesto, la agencia de bienes raíces, a través de la cual se vendían los títulos de propiedad.

También había un hospital de lujosa infraestructura, aunque las autoridades dicen que aún no saben si también cobraban por el servicio que daban médicos y enfermeras pagados por el Estado.

No más privilegios

Pero Pavón ya no será más ni vergüenza ni orgullo.
Será lo que tiene que ser, una cárcel de cumplimiento de castigos por delinquir pero a la vez un lugar donde los condenados salgan regenerados y no un centro de operaciones delincuenciales o una escuela de maestrías criminales, según se lo ha propuesto el director penitenciario.

Así lo ha decidido el gobierno de Óscar Berger, a sugerencia de Giammattei, el funcionario que decidió acabar con esa feudo.

Fue el pasado 25 de septiembre cuando, después de diez años de perder el dominio, tan así que el SP no sabía con certeza cuántos reclusos había en Pavón, que el gobierno guatemalteco, en una acción ideada por Giammattei, derribó el templo delincuencial.

Gustos. Allí las celdas fueron acomodadas en habitaciones donde disponían desde cervezas hasta mujeres. Foto EDH

Durante el ingreso hubo un enfrentamiento que provocó la muerte de siete reos, entre ellos Zepeda y otro de los líderes de la mafia, el colombiano Jorge Batres.

Y aunque esa hazaña le ha costado la separación familiar por asuntos de seguridad, una condena a muerte por parte de la pandilla Dieciocho, Giammattei dice que está resuelto a no dar marcha atrás.

Noqueados de entrada

El director del SP no ha tenido que esperar mucho los resultados del asalto a Pavón: otros reclusorios ya han enviado sus capitulaciones diciendo que no se opondrán a que las autoridades retomen el control. El golpe fue contundente.

Es el éxito del asalto a Pavón, una operación que implicó a tres mil hombres del gobierno, entre policías, soldados y carceleros y que se saldó con la muerte de siete reclusos, los más reacios a pasar de sus lujosas casas a frías celdas, sin privilegios ganados mediante el temor y la extorsión.

A más de 20 días de entrar a sangre y fuego, el SP sigue removiendo suelo, paredes y techos. El esfuerzo no es en vano. Han hallado hasta una máquina para clonar tarjetas de crédito o débito más una lista con nombres de personas y su información bancaria.

Meses atrás, cuando Giammattei ingresó al penal y observó una serie de anormalidades, sus cálculos de lo que podían hallar en Pavón se quedaron cortos.

El horizonte de sorpresas se fue ampliando conforme se hacía trabajo de inteligencia que fue desde meter gente disfrazada de periodistas internacionales o meramente como visitas a algunos internos.

Sin embargo, Pavón era algo más de lo que los espías pudieron ver antes del 25 de septiembre; era mucho más que la denuncia de explotación sexual y esclavitud que parientes de reclusos hicieron en la oficina de Derechos Humanos en Guatemala.

Lo último que el viernes buscaba Giammattei y una decena de sus hombres élite era un buzón de armas que la inteligencia de un país vecino les ha asegurado que existe dentro de Pavón.

“Mire bien como es Pavón, porque dentro de pocos días todo esto será destruido”, asegura el funcionario, un médico de profesión pero con varios años de ejercer funciones públicas, mientras el reloj de una casa sigue contando el tiempo, porque eso era otra de las contradicciones de Pavón. Casi en cada alojamiento había un reloj, una muestra más de que en el feudo de Pavón, el tiempo era lo que más se contaba.

Jefe con derecho de pernada

Luis Zepeda, un guatemalteco oriundo del departamento de Jutiapa, fronterizo con El Salvador, era la máxima autoridad en Pavón. Estaba condenado por asesinato y robo agravado y le faltaban unos diez años para ganar la vida libre, según las autoridades.

Zepeda, que era el presidente del COD, murió durante la madrugada del 25 de septiembre anterior, al igual que otros seis reclusos, al enfrentarse a balazos con los 3 mil hombres armados del gobierno.

La casa que Zepeda tenía sobre la 6a. Avenida, llamada así porque sobre ese pasillo estaba la mayoría de negocios de toda índole, habla de los lujos conque el convicto vivía en Pavón.

Cuadros de bonitas pinturas, una pecera con peces dorados, estos ya muertos, un baño extenso y con grifería y sistema eléctrico de lujo, más un reguero de piezas de ajedrez hechos en cristal volcados por el piso, hablan del poder que Zepeda tenía en Pavón.

El jutiapense firmaba las escrituras de propiedad de cada metro de terreno que se vendía en la prisión. Zepeda era también quien regentaba el cobro de impuestos a negocios, a la tenencia de celulares y al derecho de visita, reservándose para sí el derecho de pernada, si la visita de algún recluso le apetecía sexualmente.

Sitio de torturas y de refugio

La mujer podría evadir el rato en la cama pagando onerosas sumas. Si el pago no se daba la fecha estipulada, el recluso a quien la mujer visitaba era llevado a la “cárcel de la cárcel”, esto era un sitio escampado, donde entre los castigos estaba el pasar la noche desnudo mientras alguien le rociaba agua en la madrugada.

En la casa de Zepeda las autoridades también hallaron varios penes de gran tamaño, tallados en madera, con los que suponen castigaban a los reclusos que evadían los impuestos o no pagaban lo acordado para evitar que sus mujeres fueran abusadas.

El colmo para las autoridades es que uno de los hijos de Zepeda estuvo largo tiempo hospedado en Pavón, donde se había refugiado para evitar que lo asesinaran por rivalidades entre delincuentes. El sujeto abandonó la casa de su padre el 24 de septiembre tras la publicación de un periódito guatemalteco que informaba sobre la anomalía. El hijo de Zepeda se fue un día antes de que las autoridades tomaran por la fuerza a Pavón, el feudo de Luis Zepeda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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