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| Biografía. El autor narra la historia de un triunfador.... Foto EDH |
Redacción Vida
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
Sin imposibles. Esa es la definición que mejor se adecua a la vida del salvadoreño residente en los Estados Unidos José Ramón Barahona.
El sueño hecho realidad de este ex migrante ilegal y ahora exitoso empresario estadounidense es narrado por el escritor y periodista nacional Marvin Galeas, en un libro de 202 páginas que recién fue presentado en El Salvador y que tituló “El sueño posible”.
Tras los 19 capítulos que lo forman, hay 62 años de historia nacional.
Nacional porque Barahona representa a los miles de salvadoreños que abandonaron su tierra natal en busca del sueño americano. Ideal del que ahora goza el protagonista de este libro.
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Un ejemplo
Hoy por hoy, Barahona es el líder de los salvadoreños en Washington D. C., según palabras de René León, Embajador de El Salvador en Estados Unidos.
Este espíritu indoblegable y tenaz nació el 12 de agosto de 1944, en Chalatenango. Fue el octavo hijo en el hogar de Raúl Barahona.
Ese día, Raúl presintió que en ese niño se cumpliría lo que un día le afirmó su padre: “De mi sangre nacerá uno destinado a grandes cosas”. Y así fue.
perfil
Marvin Galeas es colaborador de El Diario de Hoy y posee una columna semanal que goza de mucha popularidad. Ha sido director de revistas, conductor de programas radiales y comentarista de noticieros de televisión. En la actualidad, funge como vicepresidente del Grupo Cinco de Comunicaciones Integrada. Ha estudiado Ciencias de la Comunicación, de la Educación e idiomas.
Carmen Molina Tamacas
MOLESKINE VIIDios en una parcela de arroz
Prescindí de la fe religiosa hace casi una década y decidí no ocuparme más del asunto. Pero como aspirante a científica social, los ritos y conductas relacionados con la creencia en seres supremos me parece fascinante.
Me encanta observar como son “los otros” y las cosas que hacen, porque eso explica como somos “nosotros”. Nada como las diferencias para establecer universales culturales.
Al presenciar la ceremonia de agradecimiento por la cosecha del arroz en el santuario shintoista de Meiji, en el corazón de Tokio, lo reafirmé.
Meiji Shrine es uno de los santuarios más importantes de Japón porque está dedicado a la divinidad de las almas del 122o emperador, Meiji (Mutshuito, nacido en 1852 y fallecido en 1912) y su consorte, la emperatriz Shoken. Meiji promovió una reforma institucional y social para encaminar al país hacia la modernidad.
Caso excepcional es que un visitante pueda acceder más allá del área permitida al turismo. No obstante, se trata de 700 mil hectáreas de bosque “artificial”, ya que los 120 mil árboles fueron plantados gracias a la donación de los habitantes de distintas partes del país, que tanto amaron y veneraron al abuelo del actual emperador.
Y más excepcional resulta presenciar una ceremonia como la de hoy. El sacerdote principal, Yoshihide Majima, presidió el agradecimiento simbólico de la cosecha de arroz, en una pequeña parcela ubicada en el centro del bosque. Decenas de niños asistieron al acto especial, donde la divinidad es honrada con una ofrenda agrícola: frutas, verduras, pescado, sake y granos… especialmente el arroz.
Un tres de mayo en octubre. El altar, muy sencillo, contiene un espejo adornado a manera de estandarte. Si el espejo esta opaco, es reflejo de la impureza del alma de quien lo ve.
El shintoismo promueve valores universales como la pureza, la alegría y la justicia. Y como es un pueblo agrícola, su manera de agradecer a los dioses es en esta ceremonia, que tiene como especial objetivo enseñar a los niños la importancia de cuidar la naturaleza, quien es la que provee el sustento.
En este santuario vive el dios y resguarda las almas de los emperadores. Por eso nadie, salvo los vigías pueden quedarse durante la noche. Mantener este bosque y los templos (reconstruidos después de la Segunda Guerra Mundial) cuesta mucho. No recibe subsidios del gobierno pero si donaciones de personas altruistas y los visitantes que escriben sus deseos en pequeñas “emas”, cartelitos de madera donde plasman sus intenciones y deseos.
Una pareja de recién casados se desplazó en el patio central, cortando la respiración de todos los extraños. La novia, ataviada con un kimono negro de motives rojos, repartió tímidas sonrisas a los curiosos.
Dos abuelas orgullosísimas de sus nietos gemelos -quienes fueron llevados para recibir el augurio de una larga y prospera vida- abandonaban el recinto al mismo tiempo.
Así transcurre a vida en Meiji, tan lejos y tan diferente, pero tan parecido a El Salvador.

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