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Buceo cara cara,una experiencia extrema

Hacer una inmersión junto a uno de los animales prehistóricos del mundo, es una práctica que se puede vivir en la bella isla de Roatán


Publicada 15 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

Isla Roatán Periodista: Gustavo Rico Baños
HondurasEl Diario de Hoy
vida
@elsalvador.com

Roatán es la más grande de las islas de la Bahía de Honduras, que comprende también los islotes de Utila y Guanaja. Desde el aire, la isla luce majestuosa. Los bordes de sus costas son azul turquesa, y su arena se asemeja al azúcar morena.

Este cayo se alimenta de una cultura rebosante de herencia británica, española y criolla. Tampoco puede escapar del legado de los más famosos piratas que dominaron el Caribe durante décadas.

El aeropuerto está en la cabecera departamental de la isla, Coxen Hole, bautizada así en honor del pirata John Coxen, quien habitó en el cayo entre 1687 y 1697.

Hoy, de sus costas han desaparecido los viejos navíos de los saqueadores del mar y en su lugar se observan cientos de pequeñas embarcaciones de los Dive Center (centros de buceo) que existen en la isla.

Werner Mena, salvadoreño con la categoría de PADI Course Director (el nivel de Course Director es la cumbre del sistema PADI de educación para buceadores) y director de Oceánica de El Salvador, menciona que la mayoría de centros de buceo de Roatán se dedican a promover el buceo turístico, por la excelente visibilidad que existe en esa parte del mundo y por el arrecife de coral, uno de los más grandes del mundo. Incluso, se oferta a los miles de turistas que llegan, la modalidad de buceo nocturno.

Desde hace algunos años Roatán ofrece algo más extremo para los amantes de las inmersiones exploratorias: el sumergimiento con uno de los animales más temidos del planeta.

Esta nueva aventura surge gracias al italiano Sergio Tritto, quien luego de hacer estudios de la zona y del modus vivendi del escualo estructuró la mejor forma de hacer una zambullida con tiburones. Además la experiencia es cien por ciento segura, pues el animal siempre llega a la cita.

Los atrevidos conocen al Cacharhinus Perezi, mejor conocido como Caribbean Reef Shark, bello animal que alcanza los tres metros de longitud.

Para nadar junto a él, los buzos deben de aprender a dominar la flotabilidad, pues lastimar el arrecife es penado por la ley. Para salir bien librado, ellos tienen que estar relajados, puesto que el tiburón es capaz de detectar los impulsos electromagnéticos de cualquier ser vivo.

Relájese y disfrute
El sábado 7 de septiembre fue un día realmente hermoso. El sol se asomó tímidamente después de una copiosa lluvia que azotó la bahía la noche anterior. De West End, me trasladé, junto a tres discípulos de Werner y Javier Mena, hacia Dixon Cove, al complejo Las Palmas. Allí, en un viejo muelle de madera, descansaba el Waihuka Diving Center.

El único sonido que se escuchaba era el de las olas golpeando el desembarcadero y la violenta brisa que sacudía las palmeras.

Sergio Tritto se encargó personalmente de darnos las recomendaciones para el buceo, “en épocas de lluvias el clima cambia hasta tres veces en el día”, dijo el italiano mientras insinuaba que el mar estaba picado, pero era obvio que si los buzos habían llegado a internarse con el tiburón, una marea fuerte no detendría a nadie.

Poco a poco otros submarinistas de distintas nacionalidades comenzaron a llegar.

Tritto se apoyó de una vieja pizarra para brindar especificaciones: “bajarán 70 pies (23 metros) de profundidad”. También escribió las indicaciones y las señalizaciones ya conocidas por todos los “divers” y un par de datos curiosos, para saber cómo interactuar con el tiburón de arrecife.

El tiempo de la buceada estaba programado para media hora. Una de las indicaciones más importantes era que no se debían mover las manos con los brazos abiertos, “los tiburones son muy curiosos, hay que ser precavidos y no dar motivos al animal para que nos muerdan”, decía Tritto.

Nunca se ha sabido en Waihuka de una mordida ni un suceso que lamentar, pero en varias partes del mundo sí se han registrado con otros ejemplares.

Los que más han sufrido de ataques de tiburones son los surfistas y los buzos. A los primeros, el tiburón los ataca, según especialistas, por confusión o exploración; y a los buzos, por provocar o tocar al animal. Tritto mencionó que él muchas veces ha sangrado en las profundidades junto a estos tiburones –casi siempre porque se ha cortado en los arrecifes–, y los escualos nunca le han atacado. “La sangre humana no les gusta”, aseguró.
“No se coloquen arriba del tiburón, todos estaremos juntos en una pared de arrecifes, no hagan movimientos violentos, ya que todo animal ataca cuando se ve o se siente en peligro, y no chapoteen en superficie cuando los tiburones estén abajo” enfatizó. Luego finalizó afirmando: “Relax, enjoy the dive (relájense y disfruten la sumergida)”.

“Open Waters”
Al alejarnos de la costa en la embarcación, recibimos litros de agua salada en la cara. El océano estaba violento, la lancha se elevaba al vacío y caía con fuerza.

Sergio Tritto dirigía la lancha a puro pulso, Werner Mena bromeó que el GPS (Global Position Sistem) el italiano lo llevaba instalado en la cabeza, Tritto ya llevaba los guantes de acero puestos (él abre la cubeta con pescado para alimentar los tiburones). Llegamos a una pequeña bola negra del tamaño de una cabeza humana en medio del océano, y allí se tiró el ancla. El experto buzo se guió únicamente viendo la costa que dejaba atrás.

Al detenerse la enorme lancha, luego de recorrer 3 millas y media (unos 6 kilómetros), todos comenzamos a colocarnos el equipo, mientras chocábamos unos con otros.

La embarcación parecía un animal desbocado, subía y caía sin cesar.

Cada buzo se tiraba de espaldas al mar y rápidamente tenía que buscar y sujetarse de una gruesa soga amarilla que lo llevaba hasta el ancla.

Al hundirme al fin en las violentas aguas, me di cuenta que bajar por la soga no sería tan fácil. La lancha parecía que quería irse de ahí volando y las olas caían sobre uno como sacos de harina. Bajar fue desgastante, pues había que hacer bastante fuerza para lograrlo, inclusive la boquilla del respirador se salió un par de veces de mi boca y me tocó saborear el agua salada del Atlántico a varios metros de profundidad.

Eso no me hubiera molestado, si no hubiera vomitado antes de lanzarme a esas honduras marinas. A pocos metros del ancla, el grupo comenzó a desgranarse de la soga a un punto estratégico del arrecife y comencé a observar a los tiburones pasar por debajo de mis pies, Tritto llegó para hundirme hasta el suelo.

Luego él y Javier Mena me señalaron el lugar donde debería quedarme sentado y en ese momento dos ejemplares pasaron como torpedos a buscar el botín dentro de la cubeta que se usó para atraerlos.

A lo lejos, veía decenas de tiburones nadando alrededor de los buzos. Estos permanecían pacíficamente flotando a centímetros del arrecife. En el momento en que Tritto quita la tapadera de la cubeta con pescado sangrante, los tiburones viven un momento de agitación. Por lo general, las primeras en llegar son las hembras, ya que los machos son más nerviosos y son los últimos en llegar al banquete. En algunas ocasiones, Tritto lanzó el pescado para que apreciáramos la belleza de la mordida de un tiburón.

Intenté nadar con fuerza para mantenerme cerca del grupo, pero fui arrastrado por la corriente y de repente el único ser vivo que tuve a la par era un tiburón.

Al salir a la superficie no vi la embarcación y esperé hasta que lo visualicé. De tanto esperar el bote, los buzos se soltaron y en vez de preocuparse, se relajaron y gozaron de flotar sobre el inmenso mar azul.

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