| Carlos
Alberto Montaner*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Parece que los ecuatorianos van a elegir a Rafael Correa como su próximo
presidente. Es joven, carismático, economista graduado en una buena
universidad norteamericana, bien parecido, inteligente, y se comunica
muy bien con las masas.
Hace años lo conocí fugazmente en la universidad San Francisco,
de Quito, a donde había ido a dictar unas charlas. Creo que me
hizo una grata impresión en el terreno humano. Ahora, si los sondeos
no se equivocan, está a punto de ocupar el Palacio de Carondelet,
la vieja mansión presidencial quiteña.
Lo probable es que, pese a sus notables rasgos personales, el profesor
Correa fracasará estrepitosamente y arrastrará al país
en la caída. Tiene, como muchos de sus compatriotas, las intenciones
correctas, pero se equivoca de manera irremediable en la terapia.
Es verdad que en Ecuador una buena parte de la población es miserable,
y no yerra cuando afirma que las instituciones están podridas,
la corrupción es rampante y una buena parte de la clase dirigente
ha hecho o mantiene su riqueza por sus vínculos cortesanos con
el poder.
Todo eso es cierto, pero estos viejos y endémicos males no se solucionan
rechazando los tratados de libre comercio con Estados Unidos, exacerbando
los conflictos étnicos, riñendo con el Banco Mundial y el
FMI, colocando a Ecuador en la órbita enloquecida de Hugo Chávez
y proclamando tonterías como la búsqueda de la “soberanía
alimentaria”.
Por ese camino, el señor Correa creará otros graves problemas
y sólo conseguirá empobrecer aún más a sus
compatriotas, estimular la emigración en masa de los trabajadores
más audaces y laboriosos, ahuyentar los capitales, aumentar el
desempleo, frenar las inversiones nacionales y extranjeras, reducir sustancialmente
la recaudación fiscal y crispar la vida pública hasta el
punto de provocar graves brotes de violencia.
En realidad, en Ecuador no es sorprendente que un político con
semejante programa disparatado llegue al poder. No es una casualidad que
sea el país de América Latina donde la dictadura cubana
cuenta con más simpatizantes. Las encuestas periódicas de
Latinobarómetro de forma invariable muestran a una sociedad en
la que hay un altísimo porcentaje de personas partidarias de un
Estado paternalista, antimercado y antiamericano.
El anterior presidente electo, Lucio Gutiérrez, ganó las
elecciones a principios de 2003, elegido por una mayoría de votantes
que esperaba que pusiera en marcha un gobierno neopopulista, algo que,
sin embargo, se resistió a hacer, acaso porque estaba bien asesorado,
o tal vez por cierta prudencia natural.
Sin embargo, veintisiete meses más tarde, por razones fundadas
en las rivalidades políticas, fue depuesto por el Parlamento, y
es hoy Alfredo Palacio, su vicepresidente, acosado por la impopularidad,
quien terminará el mandato y le entregará la banda presidencial
a Correa, para que lleve a cabo la tarea que Gutiérrez esquivó.
No obstante, lo predecible es que Correa también fracase y el obstáculo
más importante lo encontrará en el dólar. Llegará
al poder con una economía dolarizada, camisa de fuerza que el Estado
tuvo que colocarse en el año 2000 a regañadientes, porque
era incapaz de sujetar la hiperinflación y la consecuente devaluación
galopante del sucre.
Y como Correa sabe que una economía dolarizada es incompatible
con el modelo populista y asistencialista que sueña con implantar,
seguramente intentará quitársela, reintroduciendo un nuevo
signo monetario nacional que le permita hacerle frente a un aumento brutal
del gasto público, mediante el sencillo expediente de contar con
una incansable máquina dedicada a imprimir dinero cada vea que
las arcas del tesoro estén medio vacías.
Pero esa reforma inflacionista, absolutamente indispensable si se propone
echar las bases de un gobierno neopopulista de corte chavista, provocará
un desbarajuste económico incontrolable que lo enfrentará
a casi todo el gremio empresarial, a los acreedores y a los otros partidos
políticos, desatando una crisis institucional aún más
grave que las que provocaron la destitución de los tres anteriores
presidentes.
En efecto, Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez,
fueron violentamente sustituidos por sus vicepresidentes, o por alguien
designado por el Congreso, aunque es difícil que en esta oportunidad
el vicepresidente seleccionado por Correa sea el que ocupe su lugar. Se
llama Lenin Moreno y su nombre no es precisamente un augurio tranquilizador
para quienes querrán controlar los desórdenes que se avecinan.
Ecuador, pues, marcha a paso rápido hacia el despeñadero.
Esa imperfecta república y la frágil democracia que le da
forma y sentido penden de un hilo. La convulsa historia del país
sugiere que algún militar en su momento lo cortará de un
tajo. Eso, si ocurre, será muy triste. Será volver a empezar
un ciclo trágico. (Firmas Press).
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