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Opinando
Subsidios agrícolas
Los subsidios, de todo tipo,
son como una droga. Adictos que podrían vivir perfectamente sin
ella si no la hubieran consumido nunca, ahora no pueden concebir su existencia
sin dosis cada vez mayores.
Publicada 15 de octubre de 2006, El Diario de
Hoy
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| Daniel
Rodríguez Herrera*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Madrid.- Johan Norberg comentó una vez que sólo quedan
tres economías planificadas centralmente en el mundo: Corea del
Norte, Cuba y la Política Agraria Común (PAC) de la Unión
Europea.
La PAC es el conjunto de subsidios agrícolas, cuotas de producción
e importación y aranceles con los que los políticos europeos
pretenden gestionar eficazmente la agricultura del continente y, claro,
fracasan miserablemente en el intento.
Se supone que el objetivo es lograr que los trabajadores del campo no
pierdan sus empleos por la insuperable competencia de los productos que
vienen del Tercer Mundo.
Sin embargo, según Oxfam, entre los mayores beneficiarios de estas
ayudas están la reina de Inglaterra, el príncipe de Mónaco
y la duquesa de Alba, títulos que no sugieren en principio actividad
laboral alguna relacionada con el campo. Mientras, decenas de miles de
explotaciones familiares cierran en España.
No es que esto último sea necesariamente malo, pues probablemente
resulten más productivos para la economía y reciban mayores
ingresos dedicándose a otras actividades. Pero demuestra que la
burra que se nos vende con la PAC no da la leche prometida.
El socialismo de todos los partidos ha hecho recientemente su aparición
con este asunto. El Gobierno Zapa-tero logró que la Corte Europea
de Justicia anulase la reforma de las ayudas al algodón, negociada
por Moraleda y Espinosa nada más aterrizar en sus cargos.
Y el Partido Popular exigió que se aproveche esta circunstancia
para negociar mejores condiciones para los agricultores españoles
del ramo. Por supuesto, nadie defendió la necesidad de eliminar
por completo los subsidios, cuotas y aranceles que nos obligan a todos
los consumidores españoles a pagar más caras las prendas
de algodón que vestimos.
Nadie tampoco pensó que ese ahorro permitiría a los españoles
consumir más en otras cosas, beneficiando a las empresas que las
producen, e invertir más en negocios más provechosos que
ese de cultivar algodón en Murcia y Andalucía.
Los subsidios, de todo tipo, son como una droga. Adictos que podrían
vivir perfectamente sin ella si no la hubieran consumido nunca, ahora
no pueden concebir su existencia sin dosis cada vez mayores. De modo que
si los subsidios no logran que los productos sean suficientemente baratos,
se restringe la importación de alternativas del extranjero.
Eso arruina los agricultores de los países pobres, que ya no pueden
vender sus productos en los mercados protegidos. Debido a ello, muchos
de ellos emigran para poder trabajar en esos países. Y por eso
los gobiernos ponen barreras de entrada a la inmigración y dan
millones de euros de los contribuyentes para aliviar la pobreza, que es
“la causa” de la inmigración.
En definitiva, toda una carrera en la que las intervenciones políticas
dan lugar a más intervenciones políticas que intentan resolver
los desaguisados creados por las anteriores. Hay alternativas, no obstante.
En 1984, Nueva Zelanda eliminó por completo los subsidios agrícolas,
convirtiéndose en el único país desarrollado que
carece de ellos, si exceptuamos por razones obvias ciudades Estado como
Singapur. Desde entonces, su producción agrícola ha crecido
un 40%, creciendo también su porcentaje en el PIB del 14 al 17%.
Su productividad ha crecido una media de un 6% anual, frente al 1% previo
a la desaparición de las ayudas.
Las razones de este éxito son sencillas: al verse en la intemperie
del mercado libre tuvieron que adaptarse a él, reduciendo costes,
diversificando el uso de la tierra y adaptándose a los cambios
en la demanda. Como si fueran una empresa normal. Y es que la desaparición
de la PAC no implicaría la desaparición de la agricultura
en la Unión Europea, sólo su modernización y su adaptación
a las necesidades del mercado. Y un ahorro considerable para nuestros
bolsillos, naturalmente.
*Vicepresidente del Instituto Juan de Mariana. ©
www.aipenet.com

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