| Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
A la vista de distintas situaciones irregulares, protagonizadas por personajes públicos, con frecuencia se apela a la ética. Se habla, entonces, de valores, principios, responsabilidad y otros conceptos que pertenecen al campo de la moral.
No digo que esté mal. Al contrario, en un mundo en el que se quiere imponer una fuerte presión para relegar a la conciencia de cada uno (y sacar de la vida pública) los valores y los planteamientos de vida coherentes con principios éticos, conviene que se hable abiertamente de estos temas.
Sin embargo, al obrar así podemos perder de vista que las cosas públicas deben ser tratadas, principalmente, desde una perspectiva pública, política, es decir, desde el punto de vista del arte del buen gobierno.
Es equivocado enfocar los asuntos públicos (políticos) sólo desde un punto de vista ético, es decir, desde el arte de la vida buena, pues se corre el riesgo de caer en contradicciones y absurdos.
A veces, la sola palabra política crea anticuerpos en quien la escucha, pues le evoca algo sucio, marrullero, vil o engañoso. Y no se diga si, además, se afirma de alguien que es un “político” (con sonsonete), pues el término viene a ser sinónimo de persona de poco fiar.
Quizá hablamos así porque nos olvidamos que en una democracia, por principio, políticos somos todos. Y que quienes ocupan cargos en el gobierno o en la oposición, están donde están porque allí los hemos encumbrado los ciudadanos.
En buena lógica, quejarse de los malos políticos, insultar a los malos políticos o sermonear a los malos políticos suele ser poco eficaz para que cambien. Lo único realmente efectivo para librarnos de los malos políticos es no votar por ellos, y de esa manera conseguir que se retiren de los cargos.
Muy bien, pero ¿quién me dice a mí qué hace bueno o malo a un político? La respuesta no es tan complicada, pues si partimos de que la política es el arte del buen gobierno, el buen funcionario será el que logre llevar a todas las personas a una mejor situación, y el malo quien por su trabajo (o su falta de trabajo) cause que las cosas empeoren para todos.
Más sencillo todavía: el buen político será el que haga realidad sus buenas promesas, pues en el fundamento de la vida política están los planes de acción que una vez hechos públicos deben convertirse en la brújula que guíe el rumbo de las labores de los gobernantes. Luego, serán los ciudadanos quienes juzguen por los resultados si conviene que tal o cual persona --o partido--, siga en el poder, o prefieran dar oportunidad a otros para que tomen las riendas de la cosa pública.
Entonces, parece claro que la ética no es la principal vara con que se debe medir la gestión pública. Sí que debe ser el patrón para juzgar acerca de la conveniencia o inconveniencia de unos planes de gobierno, de la verdad de las concepciones mentales de tal o cual político, de la oportunidad o impertinencia de unos planteamientos acerca de temas fundamentales como por ejemplo el concepto de persona humana, de sociedad o del grado de injerencia que el Estado debería tener en la regulación de las libertades económicas.
Por eso, quienes sepan de ética están en la obligación (pues políticos somos todos) de opinar acerca de comportamientos públicos, que se aparten de los principios sobre los que se asienta nuestra sociedad.
Alguien podría argumentar que la ética tiene como fin mejorar a las personas, y que cuanto mejores sean los políticos mejor gobernarán… Y lleva razón. Sin embargo, en el nivel puro y duro de la política, los actores deben ser juzgados, antes que por sus ideas, por sus resultados, y en todo caso, por aquellas ideas que, puestas en práctica, producen buenos o malos resultados.
Entonces, el tema importante no es preguntarnos por qué estamos sufriendo comportamientos y puntos de vista de algunos políticos, que riñen con los principios éticos más elementales, sino ¿cómo es posible que, a pesar de su ineficacia para alcanzar resultados aceptables, sean reelegidos una y otra vez para cargos públicos los mismos individuos, partidos o grupos de personas?
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.
carlos@mayora.org

|