| Rolando Monterrosa*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hispanista se le llama a la persona que profesa el estudio de la lengua, literaturas o cultura hispánicas, las de Hispania, España. Pero también lo es todo aquel que promueve la idea de mantener vivas las tradiciones españolas, en particular las vigentes en América, la tierra que recibió de aquella nación madre lengua y religión, para luego hacer historia juntas.
Del término Hispania deriva, entre otras de la misma raíz, “hispanidad”, palabra acuñada por el filósofo y escritor español, don Miguel de Unamuno para referirse al conjunto de naciones que hablan el español. Como miembro de la generación literaria de 1898, Unamuno vuelve sus ojos a todo lo que es español incluyendo, con verdadera pasión apostólica, a Hispanoamérica, donde acababa de perder España sus últimas posesiones, en la guerra que Estados Unidos le impuso aquel mismo año.
Para este pensador, que lanza su idea entre los siglos XIX y XX, “no es la raza”, porque no la hay homogénea en América y España ni la religión, por entonces ya diversificada, sino “la lengua, el denominador común de estos pueblos cuyas culturas expresan aquellas cualidades espirituales, fisonomía moral, mental, estética, religiosa de españoles e hispanoamericanos”. Con el fin de dar idea de la magnitud y poder aglutinante que posee este idioma Unamuno se refiere a él como “la lengua con la que millones de seres humanos discuten, rezan, piensan e imaginan”.
Acerca de la celebración del Día de la Hispanidad cada 12 de octubre, Unamuno dice: “Valiera más que en vez de Fiesta de la Raza se la llamase Fiesta de la Lengua”. Su propósito al renombrar esta fiesta es dotarla, según dijo, de un significado no material-racista ni eclesiástico ni político ni mucho menos imperialista, sino del estrictamente espiritual, universal, que contiene el lenguaje español. “Lenguaje de blancos, de indios y de mestizos, y de negros y de mulatos; lenguaje de cristianos católicos y no católicos y de ateos; lenguaje de hombres y mujeres que viven bajo los más diversos regímenes”.
Decía que español es también la lengua de quienes hablan mal de España en América y la de los que en España menosprecian a América. Don Miguel se quejaba de que españoles e hispanoamericanos no se conocen entre sí. En un artículo publicado en 1905, escribe: “Españoles cultos ignoran si la República de El Salvador da al Pacífico o al Atlántico”. De igual manera reconoce que en América muchos reniegan de su orígen hispánico y a menudo difunden falsedades acerca de este.
Ahora que nos encontramos en el Mes de la Hispanidad es propicio recordar a Unamuno, al español que tanto amó a España-América, al que descubrió el espíritu que unifica a españoles, argentinos, centroamericanos, peruanos y a todos los pueblos que tienen a
España en sus raíces.
También es oportuno hacerlo cuando más arrecia en nuestra región la influencia de otras culturas, algo que no es necesariamente negativo, puesto que vienen a enriquecer la propia. Resulta saludable sin embargo mantener a la vista un faro, en nuestro caso el espíritu hispánico, como “el yo auténtico”, el “yo” capaz de navegar por las muchas corrientes aculturizantes que traen consigo la tecnología de punta, las nuevas relaciones internacionales, el comercio, las artes y, en general, la creciente e inevitable globalización.
El mejor ejemplo lo dan los europeos quienes no por formar una estrecha integración de intereses multinacionales, van a renunciar a su propia identidad. Por el contrario, la reafirman. Pareciera una verdad de perogrullo: si bien los nacionales en Italia son europeos, son ante todo italianos. Igual nosotros: como miembros de la comunidad de pueblos que tienen al español como lengua y lo español como origen, no por ello dejamos de tener identidad salvadoreña o como diría Unamuno, nuestra “salvadoreñidad”.
Bajo esta luz es históricamente necesario que así aprendan y sientan la Hispanidad las nuevas generaciones de hispanoamericanos. ¿Pero, al fin de cuentas, qué es la Hispanidad? Aunque la había definido ya de manera exhaustiva en muchos ensayos, hay un paradójico instante en que Unamuno se hace la misma pregunta y logra definirla con mayor intensidad emocional y hondura de pensamiento al exclamar: “¡Ah, si yo lo supiera! Aunque no, es mejor que no lo sepa, sino que la anhele y la añore y la busque y la presienta, porque es el modo de hacerla en mí...”
*Periodista.
rolando@elsalvador.com

|