| Óscar Rodríguez Blanco, s.d.b.*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Cuando Cristóbal Colón descubrió nuestro continente el 12 octubre de 1492 y llegó a la isla de Guanahaní, plantó la cruz de Cristo como signo de una nueva espiritualidad. En su segundo viaje, llega a Santo Domingo en noviembre de 1493, acompañado por un grupo de valientes misioneros que tenían la misión de anunciar la buena noticia de Salvación.
La Instrucción Real que traía de España ordenaba al Almirante que “trabajase por atraer a los moradores de aquellas islas a la fe católica y que para dar impulso eficaz a la evangelización enviaba con él al docto Fraile Bernardo Boyl, ermitaño de Montserrat, que habría de efectuar la instrucción religiosa a los nativos”. La luz del Evan-gelio había llegado al continente americano.
Juan Pablo II refiriéndose en una ocasión al inicio de la evangelización en el continente americano, dijo: “Es justo resaltar que, ya desde entonces, los misioneros fomentaron los tres grandes amores que han caracterizado la fe católica de vuestros pueblos: amor a la Eucaristía, amor a la Madre del Salvador y amor a la Iglesia en la persona del Sucesor de Pedro”.
El documento de participación a la Quinta Conferen-cia del Episcopado Latinoameri-cano y del Caribe, reconoce que la vitalidad de la fe en muchas comunidades cristianas tiene su raíz en el amor a la Eucaristía como elemento central; reconoce que Dios quiso valerse de la aparición de la Virgen de Guadalupe, de su maternidad, de su amor personal para abrir las puertas del corazón de los pueblos autóctonos a Jesucristo. La Virgen es el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, que ha acompañado siempre la evangelización de todos los pueblos latinoamericanos.
La llegada del Evangelio a nuestro continente es un regalo de Dios que se sigue viviendo con gratitud. Los obispos del continente nos dicen que cuando el mensaje de salvación llegó a nuestras tierras ya existían muchos valores religiosos, la vida de sus habitantes ya estaba acompañada por la presencia creadora, providente y salvadora de Dios. En ellos, “las semillas del Verbo que estaban presentes en un hondo sentido religioso, esperaban el rocío fecundo del Espíritu”. (DP. 22). La Iglesia fue creciendo con la fuerza de ese Espíritu Divino en todo el continente y ahora debe afrontar los retos y desafíos que el nuevo milenio le presenta.
La respuesta a los retos y desafíos, sólo se puede dar desde el evangelio y desde un encuentro vivo con Jesucristo, que haga de la persona creyente un auténtico discípulo y misionero. América es el continente de la esperanza y sus pastores están conscientes de que hay que orientar a los creyentes por los mejores caminos y conforme los tiempos, hay que dar una respuesta gozosa y misionera desde el dinamismo que tiene la palabra de salvación. Esto no es fácil, requiere conversión, tiempo, paciencia y perseverancia, lo mismo ha sucedido en el pasado.
Los retos y desafíos son abundantes: La globalización como fenómeno real y a la que la iglesia le reconoce sus valores positivos, pero le preocupa, sus muchos aspectos negativos. Preocupa que la persistencia de la pobreza, la miseria y el desempleo sigan siendo un escándalo. La familia sufre actualmente los peores embates de la historia y el matrimonio es violentado por los que quieren uniones pasajeras y sin compromiso, y peor aún, por los que quieren aceptarlo para parejas del mismo sexo.
Falta compromiso pastoral en muchos miembros de la Iglesia, el indiferentismo religioso se ha hecho sentir en el seno de muchas comunidades y las sectas se multiplican como empresas comerciales. Hay quienes quisieran vivir como si Dios no existiera, y muchos creyentes tienen miedo o vergüenza de expresar públicamente su fe o de defender los principios de la moral cristiana cuando se trata de de oponerse al divorcio, al aborto o a la eutanasia.
En los últimos años se ha extendido una cierta agresividad contra la Iglesia queriendo opacar su fuerza moral. La Iglesia no es perfecta, tiene muchos defectos y ha cometido muchos errores pero la obra es de Cristo que ha querido que la lleven adelante hombres de carne y de hueso y no los ángeles del cielo. Como cristianos, estamos llamados a anunciar con la coherencia y valentía propia de un discípulo y misionero, que Cristo es la mejor respuesta a todos los retos y desafíos que se presenten.
*Sacerdote salesiano.

|