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La creación del Nuevo Mundo

Es evidente que no sólo hubo luces en la conquista y colonización de América, también hubo sombras, a menudo bajo formas de extrema violencia inevitables en procesos como el que se vivió entonces

Publicada 12 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

Jorge Hevia Sierra*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Este es el título de un libro publicado por el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri en 1991, en vísperas del Quinto Cente-nario del Descubrimiento de América y de los muchos debates intelectuales que se generaron entonces sobre el significado de aquel acontecimiento.

Uslar Pietri considera que en 1492, con la llegada de las carabelas de Colón a América, comienza un ilimitado proceso de fusión de culturas del que surge, desde el primer momento, un hecho nuevo sin parangón en las experiencias coloniales de otras potencias. La interfecundación de tres culturas conducirá con el paso del tiempo a una poderosa mutación de la cultura occidental, plena de potencial creador. Ese proceso, que en 1992 alcanzó el medio milenio, es el que él denomina “la creación del Nuevo Mundo”.

Y sigue afirmando Uslar Pietri: “En estos cinco siglos tan ricos y originales de historia peculiar se ha formado una familia de pueblos que tenemos que llamar por su verdadero nombre: la Comunidad Iberoamericana. Desde el Medi-terráneo hasta el Pacífico, y desde el Pirineo hasta la Cordillera de los Andes --desde Galicia hasta la Patagonia, como dice el doctor Escobar Galindo--, en quinientos años de búsqueda, pugna y creación se ha formado un inmenso y rico espacio de humanidad y cultura que no ha logrado hasta ahora tomar plena conciencia de su promisoria realidad y de sus inmensas posibilidades. Muchos obstáculos, prejuicios y azares no han permitido hasta ahora que ese inmenso potencial se reconozca y se organice para la acción”.

Este texto fue escrito en 1991. En julio de ese mismo año los jefes de Estado y de Gobierno de los países iberoamericanos reunidos en México firmaron la “Declaración de Guadalajara” y crearon la Comu-nidad Iberoamericana de naciones. En esa histórica Cumbre los líderes iberoamericanos proclamaron su voluntad de convertir nuestras afinidades históricas y culturales “en un instrumento de unidad y desarrollo basado en el diálogo, la cooperación y la solidaridad”.

Desde entonces otras 14 cumbres se han sucedido, hasta llegar a la última de Salamanca, donde se ha puesto en marcha la Secretaría General Iberoamericana, órgano concebido para fortalecer nuestra Comunidad y dotarla de un sólido apoyo institucional, técnico y administrativo. En Salamanca el pasado año y muy pronto en Montevideo los países de habla española y portuguesa de Europa y América ratificaremos nuestra voluntad de seguir construyendo un futuro común.

Superadas las interpretaciones apologéticas y los acercamientos victimistas, el hombre del Siglo XXI aprecia esta fusión de diversos mundos en toda su complejidad y virtud. La atalaya de la distancia temporal y el indispensable realismo nos conducen a concluir que hay una América y una Europa anteriores y posteriores al descubrimiento, conquista y colonización, conectadas por un cordón umbilical de doble vía.

Es evidente que no sólo hubo luces en la conquista y colonización de América, también hubo sombras, a menudo bajo formas de extrema violencia inevitables en procesos como el que se vivió entonces.

Aunque cabe argumentar que, como afirma monseñor Arnáiz, obispo auxiliar de Santo Domingo, hubo “Más luces que sombras”, título de una famosa obra suya. Entre esas luces destacaría la poderosa corriente en defensa del indígena que se manifestó desde los primeros instantes de la colonización. Recordemos los discursos de los dominicos Fray Antón de Montesinos y Fray Pedro de Córdoba en 1511 en Santo Domingo, denunciando los excesos de los colonizadores.

En esa línea se enmarca también la figura de Fray Bartolomé de Las Casas. Sus denuncias y sus actitudes en defensa de las poblaciones locales generaron un fuerte debate en el seno de la Corona e hicieron posible la aprobación de una rica y abundante Legislación --las Leyes de Indias-- en favor del indígena.

Otros muchos religiosos también tuvieron singular protagonismo en el gran proceso creador del Nuevo Mundo. Gentes como Fray Bernardino de Rivera, nacido en 1500 en el pequeño pueblo de Sahagún, provincia de León en el noroeste peninsular. Con 30 años y ya como franciscano llegó a la Nueva España, tal vez sin sospechar que pasaría allí los 61 años que le restaban de vida. Fray Bernardino dedicó gran parte de su existencia a escribir una obra de cerca de mil páginas en lengua española y nahuatl denominada “Historia General” en la que narra, partiendo del testimonio de innumerables indígenas, el encuentro entre dos mundos y “el gran descubrimiento del otro”.

En el fondo, así me gustaría pensar que nos aceptamos los iberoamericanos de una y otra orilla del mar: desde la mirada, curiosa por entrever nuestras diferencias pero segura del sincero afecto recíproco que nos profesamos, resultado de los vínculos inexorables y permanentes que compartimos.

*Embajador de España.

 

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