| Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
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Escribir es lo que más me gusta hacer. Sin embargo me cuesta como a nadie hilar las palabras para producir las oraciones y los párrafos que como bloquecitos de letras se van ordenando para construir un relato, un ensayo, una novela, una receta de cocina o una apasionada carta de amor.
No se trata no, de saberse de memoria el lugar exacto que le corresponde, en cada oración, al sujeto, al verbo y al predicado o conjugar sin errores y sin respirar todos los tiempos del verbo satisfacer. Tampoco de presumir con palabras encopetadas como epónimo, omnímodo y astracán. Se trata de encontrar la palabra precisa con la textura, el color y el sabor que, en su contexto, empate a profundidad con el lector.
Porque las palabras, más allá de lo que denotan según el diccionario, provocan por su grafía o sonoridad sensaciones de paz o de violencia, de miedo o coraje, pasión y erotismo. En mi caso no puedo leer la palabra “exudar” sin pensar en una piel femenina humedecida por los trotes del amor. Y cuando leo la palabra “Apocalipsis”, siento el olor del azufrado infierno donde se freirá por los siglos de los siglos Satanás.
Además está la importancia de los signos. ¿Qué sería de la escritura sin el punto y la coma? Mal colocadas esas ínfimas cositas podrían generar gigantescas confusiones de impensadas consecuencias. Hay en la Biblia, por ejemplo, un diálogo entre Jesús de Nazareth y uno de los dos ladrones, que junto a él habían sido clavados en la cruz del calvario.
El Señor le dijo al ladrón bueno: “De cierto te digo hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La frase, en el griego original, no tenía comas. Para algunos teólogos, que colocan la coma después de digo, esta promesa de Jesús es la prueba de que los que se arrepienten de sus pecados, se van directo al cielo cuando mueren.
Pero otros teólogos ponen la coma después de hoy, lo cual le da un sentido completamente diferente a la frase. De acuerdo a esta última interpretación, el ladrón tendrá que esperar mucho antes de poner un pie en el paisaje celestial.
El caso ha provocado en este caso, por la ausencia de la coma, intensos debates teológicos y hasta escisiones importantes y hasta dolorosas en la historia del cristianismo. La cosa no es broma.
El punto, esa chibolita negra al final de la frase, es como la sal en la comida. Hay quienes ponen el punto y seguido o el punto y aparte sólo después de haber emborronado media cuartilla. El resultado es un bloque horroroso para los ojos, angustiante para el cerebro y nada masticable para los dientes. El puntito seguido, aparte, doble y suspensivo le pone ritmo y sabor a la lectura.
Escribiendo me he ganado un millón de amigos. Algu-nos de ellos me saludan cariñosos cuando nos encontramos por la calle. Los que no me conocen personalmente me mandan cartitas llenas de calor que me alegran los días. También me he ganado enemigos. Son pocos pero son. Me mandan escritos con palabras apestosas que tiemblan de ira. Palabras que evidencian el triste estado mental del remitente.
Cuánto se puede decir en pocas letras. Una vez mi papá, quien fuera por muchos años jefe de telégrafo, me relató un episodio inolvidable. Resulta que un Guardia Nacional con el alma en chingastes por la repentina pero definitiva fuga de su mujer quería poner un telegrama.
Quería contarle a la pécora lo devastado que estaba y el dolor que lo consumía. Pero al mismo tiempo, perdonero, quería expresarle gratitud por los maravillosos años que juntos habían disfrutado.
Cada palabra en un telegrama costaba, en ese entonces, cinco centavos. Y el guardia, contaba mi papá, sólo tenía 45, lo cual le daba apenas para nueve. Enton-ces en un alarde de síntesis, sintaxis y despecho el hombre escribió: “Feliz fui con tu cariño, triste hoy al recordar”. Nueve palabras. El uniformado pagó los 45 centavos, se enjugó una lágrima bajo el casco y se marchó.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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