Carmen Molina Tamacas
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
La pasarela subterránea me lleva directamente con un enorme parque
cuya muralla resguarda la réplica de un castillo feudal del año
1500. Este patrimonio histórico de Hiroshima es tan importante
que fue reconstruido pieza por pieza, los árboles replantados uno
a uno, las carpas depositadas de nuevo en los estanques después
de haber sido borrados por la bomba atómica.
Dejo esta ciudad con la sensación de haber estado arrodillada junto
al regazo de una abuela centenaria que, complacida, cuenta la historia
de su vida, sus dolores de parto y su viudez inesperada en plena juventud.
Aun así, con todo ese sufrimiento a cuestas, supo salir adelante
con sus hijos con una sola convicción, hacerlo.
Nozomi, el tren bala, me trae puntual hacia una ciudad que tiene menos
amplitud, pero donde las calles reúnen a miles de personas y automóviles
que se mueven al compás de un panal adormecido por la brisa del
otoño.
Mi anfitrión no sabe que lo es. El señor Matsubara habla
fuerte y se emociona al extender la explicación de cada detalle,
al informar sobre el significado de cada templo, sobre cada lugar histórico
de los que aquí se cuentan por decenas.
Aunque el mismo no conoce, no dudo un segundo para llevarme al Museo Nacional.
Aquí, un Pensador de Rodin me recibe a las puertas de un edificio
que mezcla estilos franceses del siglo XIX con arte propio de Japón.
Se trata de un tesoro del siglo XIX que resguarda una exquisita colección
de arte religioso, escultórico, cerámico...
Algunas piezas, únicas y eternas, tienen el rango de “bien
cultural importante” y explican el intercambio como la razón
de ser de esta cultura, abierta a todas las posibilidades, pero cerrada
cuando debe conservar lo que le pertenece.
En Kyoto, la primera turbina que generó energía hidroeléctrica
tiene un memorial en honor al lugar que ocupa en la historia.
Matsubara san tampoco conoce, pero luego me conduce a un lugar céntrico
que mezcla abrigos, accesorios de belleza y masajes de reflexología
con la más variada comida japonesa.
Sin traducción y sin asistencia, resulta la mas extraordinaria
experiencia utilizar el paladar para conocer esta ciudad. En un plato
de madera se conjugan a la vez los sabores de la raíz de flor de
loto con la gelatina de té verde y los dulces espolvoreados de
arrurruz. ¿Se imagina el sabor de una pequeña pupusa de
arroz, cruda, rellena de frijoles rojos? Ese es el inconfundible sabor
de Kyoto.
En estas latitudes, las montañas son lugares sagrados porque representan
la voluntad de los dioses. En la cumbre de una de ellas, tengo a la vista
lo que alguna vez fuera el dominio del emperador Kanmu. En este mismo
lugar, en el año 794, el súbdito Wakeno Kiyomaro le recomendó
que construyera la ciudad, protegida por los cuatro puntos cardinales.
El emperador vio que era bueno y así lo hizo.

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