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| Zapatero
a tus zapatos Un Estado menos todopoderoso y más comprometido a defender nuestras vidas, seguramente facilitará el fomento del turismo y la inversión, y así salir de la pobreza. Hay que gritarlo Publicada 11 de octubre de 2006, El Diario de Hoy |
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Carlos Jovel Munguía*
Quien lea este artículo, seguramente ha vivido en carne propia alguna amenaza contra su vida o sus bienes, si no, alguien de su círculo inmediato. A pocas páginas de distancia encontrará algún asesinato que le revuelve las tripas. En lo poco que tiene razón el escritor que siente “El Asco” por lo más lindo de nosotros mismos es que vivimos en pequeños cuarteles. Los detalles más hermosos de nuestro país se ven opacados por el alambre afilado, las barandas de hierro, los uniformes y las pistolas con que adornamos nuestros vecindarios. Los que podemos pagarlo, no tenemos alternativa, ¿Quién responde por los que no? Decir que el país se está volviendo inviable no es dramatizar. El costo en seguridad preventiva por parte de los privados ha sido estimado por el PNUD en 11.5% del PIB: es inocente apostarle a una estrategia de turismo e inversión cuando es evidente que la vida y la propiedad privada están amenazadas día con día. Afirmar esto no es matar el optimismo sino apelar a la razón: el Estado, así como está definido, ha fracasado. Si eres pobre en El Salvador, no podrás romper este círculo de dolor a menos que seas alcanzado por algún huracán de caridad desde la iniciativa privada, si no, estás a merced de la administración estatal. ¿Qué significa esto? Día con día, te trasladas en buses en mal estado y tienes altas probabilidades de morir en algún accidente o al no pagar por tu vida al pandillero de turno, si sobrevives, debes guardar dinero para pagar las rentas por cruzar la vereda que va a tu casa, y así, por siempre. Tus hijos recibirán una pobre educación y a medida apriete la barriga, dejarán los estudios para darte apoyo en el trabajo y poder sobrevivir. Pagas el agua más cara pues ANDA no sirve tu comunidad, y tus hijos y los de tus vecinos están siempre asediados por el dengue cultivado en los barriles en que la almacenas, Dios quiera que no mueran mal atendidos en algún hospital público. Tarde o temprano dejas de creer, emigras y unos años después recibes la noticia que algún hijo tuyo está muerto o en la cárcel, involucrado en algún evento asociado a pandillas. No es ser pesimista, así es, y puede ser respaldado con datos. Esto no es justo, y la urgencia política de corto plazo obliga a izquierdas y derechas a no darse cuenta: todos proponen como solución --durante décadas-- tirarle más y más dinero a los problemas a través de incrementos ineficientes en lo social con leves mejorías para los pobres y sustanciales beneficios para sindicatos, políticos, amigos de políticos y funcionarios insensibles, que se esconden en el exilio. ¿Qué nos hace pensar que esto va a cambiar? Los esfuerzos sinceros por aliviar la pobreza desde el Estado se parecen mucho a atarrayazos desesperados en el medio del mar. Es innegable que las iniciativas estatales para paliar el dolor se perciben insuficientes en términos de indicadores como la PAES y el Índice de Desarrollo Humano. ¿Qué hacer? El primer paso, es ayudar al Estado desde el Estado a hacerse a un lado y a apoyarse en los privados en todo lo que hacen mejor con menos recursos: Educa-ción, salud, agua, electricidad, correos, administración portuaria, basura, usted menciónelo. En-tonces, y sólo entonces, podrá el Estado enfocarse en su función principal: garantizar la vida y los bienes de los salvadoreños. Estos no son cuentos chinos, si algo nos ha enseñado la historia aquí y en Cuba, es que el Estado ha gastado más y más, y los problemas son los mismos y los mismos. Dece-nio tras decenio. ¿No valdrá la pena tratar con un Estado más pequeño? Un Estado menos todopoderoso y más comprometido a defender nuestras vidas, seguramente facilitará el fomento del turismo y la inversión, y así salir de la pobreza. Hay que gritarlo. Se lo debemos a los pobres, y a los ricos, y a los jóvenes, y a los viejos, y a los que aún percibimos a El Salvador como un país de ensueño y libertad. En el gigantismo del aparato estatal y la inversión social no hay tal cosa como aspirinas del tamaño del sol. ¿Cuándo lo entenderemos? *Lic. en Economía y Negocios y colaborador de El Diario de Hoy. carlos.jovel@gmail.com
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