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La nota del día
Organizando a los buenos para combatir a los malos

Además de medidas policiales hay que diseñar una estrategia en todos los campos para combatir a un enemigo ciego y fanático, con el cual es prácticamente imposible parlamentar

Publicada 11 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

El diario de hoy
editorial@ elsalvador.com

La violencia en Iraq, centrada principalmente en Bagdad y las ciudades que la circundan, se puede controlar si los dos principales movimientos musulmanes, chiitas y sunitas, consiguen ponerse de acuerdo, plantea el primer ministro Nuri al-Maliki. El plan es una reelaboración por el Ejecutivo iraquí de lo que ellos y los estadounidenses vienen aplicando desde hace meses, como ya lo comentamos en nuestros editoriales

El plan hace un llamado a todas las fuerzas vivas además de sunitas y chiitas, para parlamentar, ponerse de acuerdo en la necesidad de mantener vigente el Estado y acabar con el sangramiento y el terrorismo. Los grupos terroristas, en parte aglutinados en Al Qaeda, buscan establecer un régimen al estilo talibán, donde se aplicaría a la letra el orden fundamentalista. En otros términos, petrificar a Iraq en el esquema que nunca fue, en la más absoluta regimentación de seres humanos en los tiempos actuales junto con Corea del Norte y Cuba.

Lo de gran importancia del plan iraquí es que puede ser el modelo para otras sociedades bajo el flagelo de la violencia, como la colombiana y la salvadoreña. En Iraq la violencia es resultado del fanatismo musulmán llevado a extremos; en Colombia y en El Salvador, producto del fanatismo político con el agregado de estar involucrado con el crimen organizado y, de manera tangencial, el comercio de la droga, aquí manejado por las pandillas.

De acuerdo con el plan, comités de campo serían formados bajo la dirección de partidos políticos, dirigentes religiosos, líderes tribales, funcionarios de alto rango y jefes militares.

De allí se derivaría un Comité Central para la Paz y la Seguridad que supervisaría comités locales, todo bajo la égida de las Fuerzas Armadas. Monitoreos permanentes se ocuparán de solucionar problemas y disputas, asegurando un avance en el logro del objetivo básico, acabar con la violencia y consolidar la democracia en el país. 

Es una guerra, no un asunto policial

Lo que se debe entender y que por desgracia escapa a muchos, es que ni en Iraq ni en Colombia ni en El Salvador la violencia es un problema de seguridad, una cuestión policial, sino de una guerra que se lleva a cabo para provocar el colapso del Estado de Derecho y la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. La conclusión es que además de medidas policiales hay que diseñar una estrategia en todos los campos para combatir a un enemigo ciego y fanático, con el cual es prácticamente imposible parlamentar. Eso es lo que no entendieron, en el caso salvadoreño, los artífices “de la paz”, una paz que había sido pactada tres años antes por Ronald Reagan y Mijail Gorbachev en Islandia. Por fortuna el presidente iraquí lo comprende, como también Uribe de Colombia.

Es claro que los intentos por encontrar un terreno común a ideas y posturas no se deben abandonar; en Iraq, ese suelo es el deseo de acabar con las carnicerías perpetradas por los fundamentalistas, no convenciéndolos a ellos, pues se trata de perros rabiosos, sino cerrarles espacios. Y espacios se cierran con la denuncia de los habitantes y su permanente vigilancia para detectar movimientos de grupos armados y sus apoyos. Eso es lo requerido en El Salvador: que se entienda la magnitud del problema y se organice a las comunidades para erradicarlo. Acabar con la alianza mareros-políticos-fanáticos-jueces cómplices.

 

 






 

 

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