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| Opinión Economía para todos Los economistas distinguen entre la “confianza personal” y la “confianza institucional”, cada una de las cuales tiene un ámbito distinto de aplicación, siendo la segunda tanto o más importante que la primera Publicada 10 de octubre de 2006, El Diario de Hoy |
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| Alejandro
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¿Cómo sería el comercio si al llegar a una tienda usted encontrase los estantes cerrados con candado? O si para abrir la refrigeradora del mini-mercado y sacar una lata de soda tuviese que pedirle al encargado que le quite llave. ¿Le parece raro?\ Bueno, a un londinense como Tim Harford, columnista del Financial Times, la situación le resultó más extraña que a nosotros, los latinoamericanos, para quienes tal cosa no es del todo inimaginable…, pues lo vemos a determinadas horas y en ciertos lugares, como por ejemplo en las farmacias durante la noche. El tema no se limita a buscarle una respuesta a la cuestión de “¿cómo sería el comercio?” en una sociedad con tal falta de confianza, sino que va mucho más allá, siendo el verdadero objetivo analizar: “¿Cómo sería la vida en esa sociedad?”, y más aún, “¿las personas serían más ricas o más pobres?” La falta de confianza implica un costo, que excede ampliamente la “molestia operativa” que le ocasiona al encargado de la tienda tener que quitarle llave a la refrigeradora cada vez que llega un cliente (obvio que ese no es el problema), hecho que está siendo estudiado por diversos economistas en todo el mundo. Por ejemplo, Stephen Knack, del Banco Mundial, publicó junto con Paul Zak, de la Universidad de Claremont (donde enseñaba Peter Drucker, padre del “management”), un ensayo titulado “Confianza y crecimiento”, que demuestra que en una sociedad con baja confianza se reducen las inversiones y se afecta negativamente la tasa de crecimiento económico. ¿Hace falta decir que eso perpetúa la pobreza? El reporte de Knack y Zak, que se puede bajar gratuitamente del website www.ssrn.com, concluye que las sociedades en las cuales existen bajos niveles de confianza terminan atrapadas en la “trampa de pobreza” (¿Vio?, por las dudas lo dijeron). ¡Ah!, cualquier parecido con Latinoamé-rica…, no es simple coincidencia (¡Oops!). Sobre estos temas ya había escrito Francis Fukuyama (quien pese a su nombre no es tintorero, ni tampoco japonés, pues nació en Chicago en 1952), en un libro llamado, nada casualmente tampoco, “Confianza”. Parece que el tema es importante para el desarrollo económico, ¿no? Los economistas distinguen entre la “confianza personal” y la “confianza institucional”, cada una de las cuales tiene un ámbito distinto de aplicación, siendo la segunda tanto o más importante que la primera. ¿Qué? En efecto, la “confianza personal” es informal y se refiere a la relación amistosa que entablamos con las personas con las cuales interactuamos en forma directa, mientras que la “confianza institucional” se refiere a las relaciones impersonales que nos hacen confiables en las interacciones con desconocidos. Claro, porque cuando usted llega a una tienda adonde nunca había entrado antes, y paga con su tarjeta de crédito, ¿a quién cree que el vendedor le tiene confianza para hacer la transacción sin recibir billetes?, ¿a usted o MasterCard? ( “please”, sabemos que usted es una gran persona, pero responda con humildad…) Ambos tipos de confianza están vinculados entre sí, pues todos estaremos más anuentes a tener “confianza personal” si sabemos que, de ser necesario, podemos llamar a la policía (con éxito…), o enjuiciarlos (sin demoras…). Es decir, si existe “confianza institucional”. La “confianza institucional” es en verdad la que hace la diferencia entre las sociedades ricas y las sociedades pobres (léalo otra vez, que no es ninguna exageración), ya que si no existe un “marco institucional adecuado” (“¿what?”), el proceso de mercado se ve imposibilitado de operar eficientemente y generar riqueza. Porque es el “marco institucional” (¡hey!, no se olvide del adjetivo “adecuado”, ¿eh?...), lo que permite que se desarrolle la “confianza institucional” en una sociedad, única forma efectiva de limitar el accionar de quienes tienen “el diablo adentro”, sobre lo cual ya había escrito el australiano Michael Hutchence. Michael no era economista, sino que fue en vida el vocalista de INXS, habiendo sido “Devil inside” (“El diablo adentro”) una de sus mejores canciones (luego de tanto nerdo ya era hora de citar a alguien “cool”, ¿no cree?). ¿Y si en Latinoamérica nos ocupásemos de desarrollar la confianza institucional, con marcos adecuados? Nuestras sociedades subdesarrolladas experimentarían pronto no sólo una muy saludable “New Sensation” de prosperidad (seguimos con INXS, obvio), sino una mejor realidad. Hasta la próxima.
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