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La nota del día
Nos dejó el viernes Doña Mercedes de Altamirano

Murió en paz, de la mano de sus nietos y bisnietos, a la hora en que puntualmente había dicho que finalizaría su largo andar

Publicada 9 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
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Nuestra buena y dulce madre regaló, a los suyos y a quienes la conocieron, grandes tesoros y ejemplares enseñanzas. De ella aprendimos a perseverar, a no darnos por vencidos, a responder con garbo y convicción al permanente reto que es la vida. La gran señora que luchó sin tregua por la libertad y la sensatez es referencia, guía, fortaleza.

Era en extremo curiosa, sensible a las manifestaciones del espíritu y a la inagotable riqueza de la condición humana, planteándose siempre nuevas posibilidades a lo que hacía y buscaba. Durante muchos años viajó conociendo tierras y ciudades que habían cautivado su imaginación: Estambul, Atenas, El Cairo, Isfaján, Oslo, Hong Kong, Río de Janeiro. Su amor por la literatura y la novela francesa del Siglo XIX complementaba su espíritu práctico, su instinto para los negocios, su conocimiento de la calle y de las debilidades humanas. Con los pies en la tierra era muy capaz de soñar, de ver hacia delante. Preguntaba cómo era una cosa, qué beneficios traía y cuánto costaba: el precio era la referencia con la realidad.

Doña Mercedes aprendió más en sus libros, en lo que veía y en lo que preguntaba, que en las aulas. Casi hasta el final de su vida recitaba de memoria los poemas y la prosa que durante su adolescencia aprendió en español y francés. En los tiempos de la mujer sometida y limitada en sus posibilidades, la que los padres apenas educaban, ella demostró hasta dónde se puede llegar cuando hay férrea voluntad y no se tiembla frente a la amenaza y el peligro. Esa historia la hemos narrado varias veces en estas páginas; su convicción y fuerza de carácter fueron decisivos para crear un importante espacio a la opinión independiente, al derecho de expresar, decir, discutir y oponer, que es la mayor gloria de la civilización. Ella venció la práctica de doblegarse y buscar el favor de los poderosos.

Adiós, madre, abuela, amiga, maestra

Dios le concedió la dicha de llegar hasta los cien años. Cien años de batallar, de trabajar sin descanso, de sufrir. Cien años de realizar sueños y alcanzar lo que por momentos pareció una quimera. Cien años de ser un sostén de otros, de aconsejar, de ser una voz de cordura en tiempos convulsos. Cien años de gallardía, de ser una gran señora, una gran madre, abuela y bisabuela. Y cien años que culminaron con un desborde de dulzura.

Fue muy doloroso contemplar a lo largo de estos meses pasados cómo fue apagándose una excepcional inteligencia, una pasmosa vitalidad. Más y más las memorias de su niñez y de su juventud iban ocupando el lugar de lo reciente. Su madre, a la que reverenciaba al igual que a su patricio padre, aparecía con mayor frecuencia en su imaginación. Marinita, su hija; su esposo, al que quiso sin límite; sus hermanos, su primera infancia en Costa Rica, su trabajo en el Banco Occidental, donde aprendió con don Benjamín Bloom, alternaban con las debilidades y la realidad de esa dolencia sin remedio que es la vejez. No sufrió en demasía y recibió el cariño y los cuidados de sus hijos y de su abnegada enfermera y amiga Patricia. Murió en paz, de la mano de sus nietos y bisnietos, a la hora en que puntualmente había dicho que finalizaría su largo andar.

 

 






 

 

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