| Ricardo Chacón*
El Diario de Hoy
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Este fin de semana fue asesinada en Rusia la periodista Anna Politkóvskaya; el cuerpo con varios impactos de bala fue hallado por una vecina en el ascensor de un edificio de viviendas en el centro de Moscú.
Se trata de una mujer, de una periodista que muchos calificaban de “una de las informadoras más críticas con la política del presidente ruso, Vladímir Putin, especialmente sobre temas relacionados con Chechenia y el Cáucaso Norte ruso”.
El hecho no es aislado en la sociedad actual; en México o en Colombia, para no ir lejos, varias decenas de periodistas, hombres y mujeres, han sido asesinados en los últimos años.
A diferencia de lo ocurrido en Rusia, donde al parecer los responsables son organizaciones vinculadas con el Estado, en México o Colombia se trata grupos relacionadas directa o indirectamente con la narcoactividad.
Sin embargo, tanto en Rusia, México o Colombia, de fondo y sin ningún tipo de eufemismo, se asesina periodistas por el mero hecho de informar, por dar a conocer ante la población los hechos que muchas veces se esconden y que muestran el entretejido social.
Se asesina periodistas no por ser críticos o por ser de derecha o de izquierda; se matan porque su información pone al descubierto los entretelones de las políticas públicas o privadas, del accionar de unos y otros que suelen esconderse en la vida cotidiana y que por lo general se toman decisiones que afectan a la sociedad, a la población.
No nos cabe la menor duda que las posiciones de Putin sobre Chechenia y el Cáucaso Norte, sobre todo con los movimientos independentistas de la zona, tendrá detractores como también defensores; pero contar unos y otros, sin temor de unos y otros, sin importar que se toquen los hilos del poder, puede molestar.
Lo mismo podemos decir con el narcotráfico; develar los hilos de los narcos que han penetrado al Estado o mostrar las consecuencias de la droga en la juventud molesta a unos y otros, sobre todo aquellos que están vinculado con esta actividad que cada vez toca mayores niveles del aparato estatal.
En ese sentido no nos extraña que los involucrados en estos hechos arremetan contra los periodistas y los comunicadores que se atreven, no sólo a ser críticos o mostrar sus posiciones ideológicas, sino a informar.
En este sentido, no nos extraña que el presidente boliviano Evo Morales, siguiendo la tradición de Hugo Chávez en Venezuela o Fidel Castro en Cuba, haya calificado de enemigos a los medios de comunicación y a los periodistas de su país.
“El primer opositor y enemigo que tenemos como gobierno del movimiento indígena campesino es la mayor parte de los medios de comunicación... Cada día nos combaten, nos denigran, nos ofenden con mentiras, nos quieren destrozar políticamente, quieren destrozar al gobierno y a la Asamblea Constituyente”.
Tampoco nos extraña que tras estas declaraciones pueda venir un día de estos el cierre de un periódico, meter en la cárcel a algún periodista o que algún exaltado gubernamental asesine a un comunicador.
No se trata de cuestiones ideológicas, va más allá; tanto en Rusia como en México o en Bolivia, también en nuestro país, existen mentes lisas (de cerebro liso, sin fisuras dirían algunos) incapaces de poner por delante el debate y la razón y dejar de lado la violencia y la fuerza.
En definitiva, los que no entienden el libre juego de la democracia, de la libertad, poco o nada comprenderán que existan diferentes perspectivas de los hechos y que los comunicadores, desde varios puntos de vista, presentan la realidad para que sea interpretada por los lectores.
Sí esta afecta a uno o un sector cuando se informa sobre los hechos, no es responsabilidad del periodista sino de los mismos actores...Claro que el diputado suplente obstentoso esté molesto e indignado de que él y su familia haya sido blanco informativo de los medios, pero mal haría en responsabilizar a los periodistas de su realidad. Si no quiere aparecer como corrupto en los medios de comunicación, no haga actos corrupción, nos decía un viejo maestro.
Editor Jefe El Diario de Hoy.

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