| Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Saber manejar o conducir, es condición indispensable en todo el mundo para obtener una licencia. Pero como el nuestro es el país del queso duro blandito, la 6ª-10ª Calle Poniente y hasta de la 12.5, como le puso Don Lito a la 25 Avenida Norte cuando la Embajada americana, frente a la Fuente Lu-minosa y por motivos de seguridad, incorporó la mitad de la calle a su recinto con elegantes maceteras.
Aquí se otorgan licencias a quien no sabe manejar, lo cual demuestran las negras estadísticas de que un gran porcentaje de accidentes de tránsito se deben a imprudencia de los conductores o a desconocimiento de las leyes. De ello podemos dar fe los ciudadanos que aprendimos a manejar, estudiamos el manual que nos enseñaba la precedencia de calles sobre avenidas, sus honrosas excepciones, el significado de las señales de no estacionarse, no virar a la izquierda, y los signos de lenguaje corporal usando las manos, indicando en qué dirección cruzar.
¡Qué dolor de cabeza y alto riesgo seguir a un conductor que para cruzar a la derecha, pone la vía izquierda o viceversa. Que saca la mano de cualquier manera, sin saber que levantada hacia arriba significa cruce a la derecha, mano extendida horizontal, cruce a la izquierda, y mano hacia abajo intenciones de detenerse. Muchos mantienen la vía puesta constantemente para desconcierto en los que creemos que va a cruzar, y accidentes cuando confiamos en sus intenciones!
Circular por la nunca bien ponderada autopista al aeropuerto es aventura peligrosa. A pesar de las muchas señales visibles y claras de que debe manejarse por el lado derecho y que el carril izquierdo es únicamente para sobrepasar, como que nadie entiende. Hay vehículos circulando constantemente por el carril izquierdo, independientemente de su tamaño, tonelaje y de la velocidad que lleven. Imposible intentar sobrepasarles, ya que el carril derecho también está ocupado.
Resulta temerario ver traileres, furgones y buses a más de 120 kilómetros por hora, especialmente si se piensa en la condición en que estarán sus motores y frenos. Y más triste cuando van a paso de tortuga, ocupando ambos carriles sin percatarse de que debieran hacerlo en el derecho, destinado a tráfico lento. Sobrepasar por la derecha, en el carril de emergencia, detenerse a comprar cocos o cualquier alimento disponible a orillas de la carretera no se considera una infracción.
En la ciudad es normal entrar en contrasentido y hasta indignarse con quien tenga la osadía de indicarles que no está bien. Los cruces a la izquierda son de diaria administración, sin importarle al cafre que pretende hacerlo, que detrás de él hay una larga columna que no podrá continuar, que perderá el semáforo en verde, porque a él le da la gana cruzar a la izquierda.
Los buses parecen tener instrucciones precisas de no usar el carril izquierdo, si delante de ellos hay otra unidad de transporte colectivo. Se ponen a la par, a media calle a subir y bajar pasajeros, mientras el resto de los conductores esperan.
Y eso si no deciden platicar con el compañero, o arrancar violentamente para ganarle el puesto a uno que está adelante. Y todo, a ciencia y paciencia de todos los salvadoreños y de las autoridades, ya que todas estas infracciones, algunas de ellas tipificadas como graves en el Regla-mento de Tránsito, ocurren ante los ojos indiferentes de los señores agentes. Y como ya nos hicimos conformistas, largas colas de carros, esperan pacientemente sin que nadie se atreva siquiera a pitar.
Hay paradas de buses no autorizadas, en lugares peligrosos. Una de ellas a la salida del autobanco del Salvadoreño, en la Avenida Olím-pica, a menos de 50 metros de la Alameda M. E. Araujo. Es una parada larga, por la mucha demanda que forma una cola de vehículos que bloquea la intersección de dos calles de tanta circulación. Situación similar a la entrada a Santa Elena, donde el bus se estaciona al lado de la bajada del derivador que viene de la Calle a Santa Tecla y del otro donde entran los que se conducen hacia San Salvador, quienes deben esperar a que los pasajeros terminen de subir.
Y aunque parece que no tiene solución, sí la tendría si las autoridades se decidieran a sancionar a los infractores, si las licencias se otorgaran a quien sabe conducir y así todos aprenderíamos que estar frente a un timón no es un derecho, sino un privilegio que nos exige respetar el derecho de los demás.
*Columnista de El Diario de Hoy.

|