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El encarcelamiento debe ser una medida extrema aplicada después
de que se agoten las penas alternativas, declaró el Ministro de
Justicia italiano, Clemente Mastella, en una reunión del Cuerpo
de la Policía Penitenciaria.
Para Mastella y según informa el periódico italiano Corriere,
la cárcel se tiene que reservar para individuos involucrados con
el crimen organizado, para los delincuentes habituales y para los perpetradores
de delitos que conmuevan profundamente una sociedad.
Es obvio que ni narcotraficantes ni pandilleros ni secuestradores ni asesinos
se librarían de la cárcel, como ocurre con harta frecuencia
en nuestro país. Pero la estafa, los llamados delitos de cuello
blanco y otros se pueden castigar con penas alternativas, con reclusiones
en la propia casa o con trabajos comunitarios. Y además puede considerarse
dar al condenado una opción: colocarse un grillete electrónico
que el mismo reo pagaría, o ser recluido en un centro penal.
La propuesta surge ante las crecientes dificultades para encarcelar a
toda clase de delincuentes y al hecho de que algunos de ellos llegan “malos”
a la prisión pero salen “peores”, transformados en
bestias humanas. A esto hay que agregar el costo de guardar a los delincuentes,
darles de comer, vestirlos y curarlos, por más lamentables que
sean las condiciones en que se encuentran.
Los hacinamientos acarrean además otros problemas, como son las
dificultades para controlar lo que sucede en los penales, y el riesgo
de fugas. En nuestro país las autoridades carcelarias, que además
sufren del acoso de políticos de la extrema izquierda, jueces y
abogados cómplices con el crimen organizado, no logran reforzar
la vigilancia y sobre todo la introducción de armas, celulares
y droga en los recintos penitenciarios. Mientras en el aeropuerto los
revisadores de equipajes, que brillan por su enorme inteligencia, se desviven
por quitar a los pasajeros alfileres, pequeños cortauñas
y botecitos de perfume, en las cárceles entran muchos objetos prohibidos.
Nuestra realidad, no la de Suiza
Mastella advierte que el indulto se debe contemplar no como una especie
de perdón, sino una medida práctica aplicable a aquellos
sujetos que dejan de ser una amenaza para otros e inclusive para ellos
mismos. El indulto, o la conmutación de penas, no tendría
que proceder en forma automática (como las “millas”
que se conceden aquí después de cumplir un tiempo en la
cárcel) sino evaluando la posibilidad de que el reo favorecido
no delinca de nuevo, como ha venido sucediendo.
Se da el caso frecuente de mareros que son liberados y casi de inmediato
cometen nuevos homicidios; sacar a alguien de la cárcel no sólo
se debe hacer porque ha pasado el tiempo de la condena, sino pensando
que el reo puede, razonablemente, considerarse inocuo. La castración
química de violadores, como ejemplo, puede salvar a alguien de
ir a la cárcel, procedimiento que propuso el PDC y que se aplica
en Italia y Estados Unidos entre otros países.
Lo que no tendría que dudarse es la necesidad de adaptar las leyes
carcelarias a las realidades que se viven aquí y en este tiempo,
no en las prácticas de Suiza y Noruega.

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