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Una gran pérdida
El cazador de cocodrilos

Si con su ejemplo todos pudiéramos tener un poco más de conciencia, y a través de esta conciencia salváramos aunque sea un poco de lo que la naturaleza nos ha regalado, su misión se habría cumplido

Publicada 7 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

José María Sifontes*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

La noticia me conmovió. Me afectó más de lo que hubiera esperado. Fue algo así como recibir la noticia de la muerte de un familiar, de alguien cercano. -“Murió el cazador de cocodrilos, el aguijón de una raya atravesó su corazón, mientras preparaba un documental sobre los animales más peligrosos del océano”, dijo el comentarista en la televisión. En los días siguientes no pasaban más de unas horas sin que volviera a recordar el evento y sintiera tristeza.

Aún ahora que escribo este artículo, no dejo de sentir pesar al recordar a este hombre que tuvo una vida muy especial. Es un consuelo pensar que murió haciendo lo que le gustaba y que para él fue la muerte más digna que pudo tener.

A muchas otras personas esta muerte les impactó. Era natural que en Australia, donde era un héroe nacional, prácticamente todo el país estuviera de duelo. Sin embargo, también aquí muchos estuvimos un poco de luto. Pero ¿cómo una persona que vivía al otro lado del mundo y al que sólo veíamos de vez en cuando en la televisión, pudo despertar tanto afecto?

Creo que son dos las razones que motivaron esta admiración y cariño casi universal por el “cazador”. La primera de ellas fue su inusual valor y la segunda su apasionada defensa por los animales, que comparten con nosotros este mundo.

El cazador de cocodrilos era una persona excepcionalmente valiente. Su manera de acercarse al peligro, de mantenerse tranquilo aun en las circunstancias más extremas, eran admirables. Estar a un paso de la muerte sin mostrar temor no es algo que cualquiera pueda hacer. Al contrario, ahora vivimos en un mundo donde los ejemplos de valentía escasean.

Hoy sobran los de cobardía, aun en personas que se creen valientes. Ya no se tiene el coraje de enfrentarse directamente al peligro, de correr riesgos. Vemos constantemente ejemplos en donde uno se aprovecha de la debilidad del otro, donde no se lucha en igualdad de condiciones y donde no se le da al otro la oportunidad de defenderse.

Vivimos en la cultura del atentado, de las amenazas anónimas, del tiro a quemarropa. La gente se envalentona cuando está en grupos, cuando se cubre la cara o cuando no hay un verdadero riesgo. Ya no se ven muchas expresiones de valor, se tira la piedra y se esconde la mano. El cazador de cocodrilos nos hizo ver en qué consiste el auténtico valor, por eso le extrañamos.

Otra faceta, quizá la más importante del “cazador”, fue su amor por la naturaleza y, en especial por los animales. Realmente el nombre de “El cazador de cocodrilos” no era exacto. Lejos de ser un cazador dedicó su vida a defender a los animales y luchó para que todos tuviéramos una mayor comprensión de ellos, incluso de los que por sus particularidades tememos.

Sus osadas incursiones en el mar o en ríos plagados de cocodrilos tenían como fin mostrarnos la verdadera naturaleza de estos animales que, nos guste o no, forman también parte de la Creación. “Todos cabemos, todos tenemos un propósito en la tierra”, fue la idea que transmitió. En cierta medida su interés conservacionista nos motivó y aumentó en nosotros la conciencia de que en este mundo todos los seres tienen valor.

Cuando observamos la explotación de los animales, la crueldad con que se los trata y el mezquino comercio que se hace de ellos (en Uganda fue vendida la cabeza de un gorila por veinte dólares), la figura del cazador de cocodrilos se hace mas relevante. -“Este es mi propósito en la tierra, es mi misión”, decía. Verdaderamente una misión valiosa. Si con su ejemplo todos pudiéramos tener un poco más de conciencia, y a través de esta conciencia salváramos aunque sea un poco de lo que la naturaleza nos ha regalado, su misión se habría cumplido.

Probablemente el mensaje de Steve Irwin y su contribución no se vean concretizados en el corto plazo, todavía falta mucho por hacer para que los adultos de hoy tomemos verdadera conciencia de nuestra responsabilidad ecológica, pero su efecto ya comenzó. Ha empezado con los niños, quienes quieren imitar a Irwin defendiendo a los animales. Esto da esperanza para el futuro, pues ya advertimos en ellos mayor nivel de preocupación por el ambiente. Uno dio una muestra clara de esta percepción en el funeral del cazador de cocodrilos, cuando dijo que ahora en Australia todos los cocodrilos están llorando.

*Médico psiquiatra y columnista de El Diario de Hoy.
jsifontes@elsalvador.com

 

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