| Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
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Internet no está pensada para la comunicación. Está concebida (si alguien alguna vez se la propuso) para poder mandar y recibir información. Su éxito se basa en encontrar rápido, leer rápido y cambiar rápido.
La Red ha venido a poner en duda que una imagen valga más que mil palabras. No siempre es así. Ahora parece que mil imágenes valen menos, mucho menos, que mil palabras, pues --una imagen-- puede llegar a confundir mucho más que las dichosas mil.
Hace unos años hubo una discusión acerca de si la Internet sustituiría los libros. Todo parecía indicar que así sería: por accesibilidad, capacidad de almacenamiento, costo, tiempo, etc. Pero después de más de diez años de uso intensivo de la Red, resulta que la venta de libros en los países “lectores” ha aumentado.
También lo han comprobado los grandes medios de prensa escrita. La posibilidad de contar con una página web, ha hecho que las personas se informen rápidamente de lo que hay, pero quienes quieren saber los por qué y los cómo, terminan comprando el diario impreso.
Todavía no se ha descubierto la píldora que dé sabiduría inmediata. Los textos son insustituibles para transmitir conocimientos. Para compartir información siempre bastará la comunicación oral, o gráfica, o esquemática. Pero esa no da sabiduría, no forma la inteligencia, no alimenta el pensamiento.
Creer que una imagen vale más que mil palabras se está convirtiendo en un tópico peligroso. Es mejor leer con calma que pensar que se conoce todo de algo porque uno vio un titular, se sentó durante un rato frente a la pantalla chica (de la computadora o de la televisión), o conversó superficialmente de ello en una reunión social.
Mediante el lenguaje manejamos todos nuestros procesos de entendimiento. De hecho nos estamos hablando a nosotros mismos continuamente, porque somos dependientes de las palabras para pensar. Conocer por intuición es el modo de trabajar de los genios. Pero para llegar a la categoría de genio hace falta haber leído mucho, pensado mucho, conversado mucho.
Cuando pensamos nos preguntamos. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Vale la pena? Y ¿quien nos contesta?: nosotros mismos. Parece cosa de locos, pero no. Así es como conocemos muchas verdades, nos damos muchas explicaciones y aprendemos a vivir.
Sin embargo, no pensamos en vacío. La materia prima de nuestros pensamientos viene de nuestras sensaciones, entre la que no es la menos importante lo que conocemos por la lectura y por el diálogo.
Este es mi punto: la velocidad vertiginosa de la Internet no promociona ni lo uno ni lo otro. Ni leemos ni conversamos. Sólo recibimos. Somos como pilas con muchos chorros. Pero pilas insaciables que no nos podemos concentrar ni en lo recibido, ni en la velocidad de lo recibido ni en la fuente de la que procede el agua.
Vivimos en un ámbito lingüístico. Siempre estamos hablando (unas más que otros). Hablamos porque nos comunicamos. Pensemos ¿cuántos de nuestros problemas: de pareja, laborales, culturales, etc.; pueden ser tipificados como problemas de comunicación? Casi todos.
Yo iría un poco más allá, y haría notar que quizá --en último término-- no son problemas de comunicación sino de vacío de comunicación. No es que no podamos poner en común lo nuestro, es que tantas veces no tenemos qué comunicar. Y en esto no tiene poca culpa la velocidad y la levedad de los contenidos de la Internet, televisión y alguna prensa escrita.
La imagen tiene un poder emocional impresionante, inmenso. Pero no lleva al entendimiento. Las grandes conquistas del intelecto: la lógica, la argumentación, el derecho, la poesía, las declaraciones de amor, las ciencias, son creaciones lingüísticas.
Vale la pena superar los textos fulgurantes, breves, concisos, tópicos. Vale la pena concentrarse en la lectura reposada. Y eso que en la Internet --para seguir con nuestro tema-- se pueden encontrar libros enteros, sesudos análisis, sabiduría inestimable. Pero para aprovecharla, lo mejor --quizá-- es imprimir y leer en un cómodo sillón.
Si, estimado lector, has llegado hasta aquí siguiendo mi argumentación, algo he logrado... ¡Qué viva la Internet! (el “oráculo” como le digo cariñosamente...). Pero evitemos una dieta demasiado cargada de webs, punto-com y virtualidad. Pues lo ideal --también en este régimen “alimenticio”-- es el balance, el equilibrio, la riqueza intelectual de lo que leemos, miramos y oímos.
*Ing.Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.
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