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Desde Washington
La fuerza de la unidad cubana en EE.UU.
En el corazón de estas políticas tan poco conciliatorias está la convicción de que la intratable y despiadada comunidad del exilio cubano hará lo que crea necesario para acabar con el régimen castrista
Publicada 7 de octubre de 2006, El Diario de Hoy
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| Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
El 31 de julio en Miami se pareció mucho al 4 de julio en otras partes de Estados Unidos. Fuegos artificiales, banderas ondeadas y desfiles marcaron el día tras conocerse que Fidel Castro, seriamente enfermo, había cedido temporalmente el poder a su hermano Raúl en La Habana. Miles bailaron y cantaron en celebración del comienzo del fin, el advenimiento de una Cuba libre.
Las festividades terminaron siendo prematuras, pero la comunidad de cubanos en el exilio en este país ha vivido para momentos como este. Por casi medio siglo --mientras sus filas aumentan, evolucionan y se hacen diversas-- los exiliados han permanecido en general unidos en su oposición a Castro y en su deseo de ver una Cuba democrática.
Dicha unidad ha sido una fuente de increíble fuerza e influencia política en los Estados Unidos. Administraciones demócratas y republicanas han visto su política exterior moldeada por líderes cubano americanos, que prefieren una línea dura hacia la isla.
A pesar de que la administración Clinton dio señales de querer suavizar su política hacia Cuba, en 1996 el mismo Presidente Bill Clinton firmó la Ley Helms-Burton, para fortalecer el embargo después de que Cuba derribara dos aeronaves pertenecientes a un grupo del exilio cubano. El Presidente Bush, quien le debe en no poca medida su elección en el 2000 al apoyo cubano americano en la Florida, ordenó en el 2004 nuevas restricciones a los viajes y las remesas a la isla.
En el corazón de estas políticas tan poco conciliatorias está la convicción de que la intratable y despiadada comunidad del exilio cubano hará lo que crea necesario para acabar con el régimen castrista. La política estadounidense hacia Cuba se ha calcificado en gran medida en torno a ese estereotipo.
Pero dicho estereotipo nunca ha sido totalmente válido. Y con el paso de los años está siéndolo cada vez menos. Encuestas de opinión recientes revelan una brecha generacional entre los más viejos de línea dura y los cubano americanos más jóvenes que prefieren atenuar el embargo y ver un cambio gradual en la isla.
Esta semana, la firma consultora de Miami Bendixen y Aso-ciados reportó la continuación de esa tendencia. Bendixen le preguntó a 600 adultos de origen cubano en Miami qué tipo de cambios prevén para Cuba una vez que Castro esté definitivamente fuera del poder. Si bien más de la mitad ve una transición hacia la democracia como muy probable, más prefieren que sea gradual y no violenta (77 por ciento) en vez de rápida y con violencia (20 por ciento).
En un resultado que revela una marcada diferencia generacional, la mayoría de los que vinieron a Estados Unidos antes de 1980, prefieren la continuación de las restricciones a viajes y remesas que impuso Bush en el 2004, mientras que la mayoría de los que vinieron después de 1980 se oponen a ellas. Comparado con una encuesta del Miami Herald del año pasado, el sondeo de Bendixen parece sugerir que el apoyo al embargo estadounidense de 44 años ha caído casi diez puntos de un 62 por ciento a un 53 por ciento.
Dichas cifras son importantes porque la imagen de una comunidad vengativa del exilio ha fortalecido al mismo régimen que los exiliados quisieran debilitar.
Castro ha tenido casi cinco décadas para dominar el arte de manipular en su favor las intenciones estadounidense, promoviendo el temor entre su gente. Castro y sus funcionarios repiten, por ejemplo, que Was-hington tiene entre sus planes “la anexión de Cuba” y que los exiliados cubanos intentarán recuperar a cualquier costo las propiedades que les pertenecieron antes de la revolución.
El 10 de julio, pocas semanas antes de revelarse la enfermedad de Castro, una comisión presidencial de Bush emitió el Com-promiso con el Pueblo de Cuba, un documento que parece responder directamente a los temores sobre lo que pueda pasar una vez Castro y su régimen dejen de existir. Además de asistencia humanitaria en un momento de transición, el gobierno estadounidense se compromete a “respetar el derecho de los cubanos de sentirse seguros en sus hogares” y a “desalentar a terceras partes a intervenir y estorbar la voluntad del pueblo cubano”. Estados Unidos no interferirá, agrega el Compromiso, a no ser que “nos lo pidan”.
Si bien la política estadounidense continúa respondiendo al objetivo de cambio de régimen, hay señales de un enfoque más constructivo y con miras al futuro. Caleb McCarry, coordinador de la transición cubana para la administración Bush asegura que el mensaje es que “permaneceremos firmes pero sin excluir nuevos caminos hacia delante”.
*(c) 2006, Washington Post Writers Group.

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