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Tema para meditar
¡Cuánto necesitamos la sal!

Porque solamente desde la familia --la verdadera-- será posible construir el país desarrollado y pacífico al que aspiramos. Por eso, todos --y muy especialmente las mujeres-- debemos proteger y defender la familia

Publicada 7 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Hoy leí: “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor?”
¿No sienten ustedes, amigas, como que, de pronto, Jesús gira su mirada hacia nosotras? ¿No perciben que, con dulzura, como en un ruego, Él nos dice: “Uste-des, mujeres salvadoreñas, son la sal de su tierra?”

Porque, ¿qué hace la sal? Da sabor y preserva de la corrupción; se encuentra abundantemente, en forma natural; es un condimento económico, que está al alcance de todos los bolsillos y siempre disponible cuando se necesita. Por todo eso, es sumamente apreciada y no falta en ningún hogar. Si a una comida le falta sal, se nota en seguida: resulta poco apetecible y decimos que está sosa, sin gusto.

Sin embargo, la sal debe utilizarse con medida; usada en exceso, no sólo disgusta al paladar, sino que puede ser dañina para la salud. Es decir, que la sal tiene abundantes cualidades por su naturaleza misma; esas cualidades no van a multiplicarse o a hacerse más grandes, porque utilicemos sal en mayor cantidad.

Resumiendo: la sal debe usarse con prudencia, sin que se note su presencia… pero, eso sí: que se eche de menos ¡inmediatamente!, cuando falta.

La mujer debe ser como la sal: estar siempre presente, que su ausencia se note de inmediato y su presencia nunca sea molesta, sino apreciada; que en los múltiples ámbitos en que se desempeñe, ella le dé sabor a todo, lo mejore todo, eleve el estándar de su entorno y haga agradable el ambiente, con su sola presencia: por su dignidad, por su inteligencia y sensibilidad.

Pero, primordialmente, la misión femenina, como la de la sal, es preservar de la corrupción: a sí misma, a su familia, a la sociedad entera. “La mujer es fuente y trasmisora de valores”, dijo repetidamente Juan Pablo II. Y para desempeñar esa misión, la mujer debe darse tiempo a sí misma, para cuidar de su formación, su espiritualidad, su salud y su intelecto, para así poder transmitir todos esos principios, valores y conocimientos a los suyos.

Dios ha otorgado a la mujer todas las capacidades físicas y las cualidades y virtudes espirituales necesarias, para cumplir con su delicada misión de ser madre. Por eso, toda mujer (haya sido madre o no) tiene la inteligencia y el delicado balance entre fortaleza y sensibilidad, para convertirse en un agente que, de verdad, haga la diferencia: en el hogar, en la empresa, en la sociedad; con la familia, los compañeros de trabajo, los conciudadanos; en todas partes y con todos.

Y esto no es una teoría: es un hecho comprobado, aquí en nuestro país. Porque la mujer salvadoreña --lo reconocen políticos, intelectuales, economistas, religiosos y laicos-- ha sido, en gran medida y con inmenso sacrificio, quien ha mantenido a flote a El Salvador, en las más difíciles circunstancias.

Ella inventa mil y una maneras de llevar recursos económicos a su hogar, genera pequeños detalles que hacen la vida agradable aun en medio de peligros y desventuras, aprende nuevas habilidades, mejora lo sabido, cambia, supera... y triunfa. Y alcanza esos logros, precisamente por haber conservado y defendido sus valores. ¿Se imaginan cómo estaríamos hoy día, si esa “sal” se hubiera vuelto insípida?

Sí, las mujeres tenemos todo para alcanzar grandes éxitos. Sin embargo, ningún triunfo, ni los más grandes tesoros, nada en este mundo puede compararse a la familia: lo que representa, lo que significa, el inmenso amor que allí damos y recibimos.
Hoy, día de Nuestra Señora del Rosario y con el ejemplo de Ma-ría, es muy apropiado meditar sobre esto.

Porque solamente desde la familia --la verdadera-- será posible construir el país desarrollado y pacífico al que aspiramos. Por eso, todos --y muy especialmente las mujeres-- debemos proteger y defender la familia, cumpliendo el mandato divino: Sien-do “la sal de la tierra”.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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