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¿Y por qué no un salario máximo?

Es a estos abnegados trabajadores, a quienes las empresas deben premiar con salarios máximos, en proporción a lo que producen. Y además de la apropiada recompensa salarial, merecen un reconocimiento público.

Publicada 6 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

Carlos Raúl Calvo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

En todas partes y en todos los tiempos han existido diferencias entre cuánto es el salario mínimo que debe ganar un trabajador dependiente o asalariado. Consultando las enciclopedias, salario es el estipendio o recompensa que los amos dan a los criados por razón de su servicio o trabajo y se llama paga o jornal.

Por extensión es el estipendio con que se retribuyen los servicios personales, generalmente materiales. Por supuesto que en la denominación de asalariados se excluyen los médicos, abogados, ingenieros y cuantas personas ejercen libremente su profesión o son trabajadores independientes.

Los economistas de la escuela clásica en el Siglo XIX, Adam Smith y David Ricardo, consideraron el salario como el precio natural del trabajo o sea el necesario para la subsistencia de los trabajadores y la perpetuación de su raza.

Luego Carlos Marx inclinó la balanza a favor de los trabajadores, formulando su propia ley del valor, al afirmar que el salario pagado por la fuerza de trabajo era inferior al valor de ésta, por lo que se creaba plusvalía de los productos necesarios para sobrevivir.

Modernamente, entre los puntos de vista mencionados, se ha abierto camino el más racional y adecuado, tanto a las necesidades de los obreros como al de sus empleadores y es que el salario tiene dos límites, el superior o salario máximo, determinado por la productividad de cada trabajador y el inferior o salario mínimo, determinado por el nivel de vida promedio de los asalariados.

El salario máximo generalmente es concertado por contratos libres y el salario mínimo casi siempre es establecido por las leyes o por contratos colectivos. En nuestro medio se acaba de aumentar el salario mínimo en un 10%, acordado en un principio por las gremiales privadas y los sindicatos legales, y luego promulgado por el gobierno. Eso me parece sensato y va acorde a los tiempos.

Pero yo he venido a formular el salario máximo como premio a los más productivos y el mínimo para los que menos producen, pero que necesitan vivir con alguna dignidad. En mi propia experiencia laboral en el campo, era axiomático que el más haragán de los trabajadores, fuera el abanderado en la exigencia de aumentos salariales. Siempre era el sujeto que el caporal encontraba durmiendo a la sombra en horas de trabajo, el que llamaba a la huelga y al abandono de labores.

En los sindicatos y asociaciones de empleados estatales y municipales, se observa lo mismo. Pero también hay que destacar que no todos son iguales. Que hay hombres y mujeres que se apartan de esos movimientos y aunque sean vistos como traidores “a la causa”, ellos le ponen todo el amor a lo que hacen y producen el doble que los haraganes.

Es a estos abnegados trabajadores, a quienes las empresas deben premiar con salarios máximos, en proporción a lo que producen. Y además de la apropiada recompensa salarial, merecen un reconocimiento público al interior de la empresa o al público en general, a través de los medios, con diploma para la posteridad, como se estila entre los artistas o entre los deportistas.

Esta sugerencia está dirigida naturalmente a la empresa privada, que tiene a los mejores trabajadores del país, independientemente del ramo que cubran, ya que es harto sabido que la masa de trabajadores/as que menos producen, recurre a los empleos de gobierno, como tabla de salvación.

Allí se confunden y se mezclan los que producen menos con los que no producen nada y que, a pesar de trabajar para el gobierno, apoyan a la oposición política, creyendo que un gobierno socialista o peor aún comunista, sí les va a resolver su situación de burócratas con influencia y “movidas”. ¡Estos ni el salario mínimo merecen!

*Colaborador de El Diario de Hoy.

 

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