| Álvaro
Vargas Llosa*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Lima. Si no fuera por una vertiginosa sucesión de escándalos
de corrupción, el Presidente Lula da Silva habría sido fácilmente
reelecto el domingo pasado. Como ocurre con frecuencia cuando un dirigente
de “izquierda” gobierna con un programa de “derecha”,
antes del descalabro ético el espacio quedaba chico tanto para
quienes lo atacaban desde la izquierda nostálgica como para quienes
lo hacían desde la derecha frustrada.
Pero la corrupción, síntoma de un problema institucional
que Lula no abordó en estos años, ha provocado una segunda
vuelta en la que el mandatario deberá enfrentarse al ex gobernador
de Sao Paulo, Geraldo Alckmin, hombre de centroderecha.
Lula sigue siendo el favorito. Ha preservado el grueso de su propio espacio
porque las opciones de izquierda más radicales encabezadas por
Heloisa Helena, disidente del Partido de los Trabajadores dan mucho
miedo y ha ocupado parte del espacio ajeno, porque ciertos sectores de
clase media ven en su gobierno una garantía de “contención”
social que la alianza de centroderecha del Partido de la Social Democracia
Brasileña y el Partido del Frente Liberal no puede ofrecer. Como
los votantes de Helena probablemente se inclinarán por Lula antes
que por Alckmin, el mandatario lo tendrá más fácil
que Alckmin.
El Partido de los Trabajadores ha ganado apenas cuatro gobernaciones,
de un total de 27. Sao Paulo, el Estadogigante y el pulmón industrial
del país, está sólidamente en manos de la oposición,
con José Serra a la cabeza. Si antes Lula y sus aliados tenían
diez votos menos de los necesarios para obtener mayoría en la Cámara
de Diputados causa de buena parte de la reciente corrupción,
hoy su fuerza legislativa es más raquítica.
En el laberíntico sistema político brasileño, en
el que las gobernaciones tienen mucho poder sobre los legisladores porque
controlan la recaudación local y en el que el Congreso está
endémicamente atomizado, esto garantiza un período de inmovilismo
y acritud en los próximos años.
Mala noticia para quien gane la segunda vuelta. Urge hacer cambios en
Brasil: la economía va a un ritmo lento en comparación con
muchos otros países “emergentes” y la pobreza sólo
ha caído un 1 por ciento desde 2002. También son necesarias
las reformas porque el sofocante sistema estatal tiende a la corrupción.
El año pasado la economía creció 2,6 por ciento y
este año el crecimiento no superará el 3 por ciento. Según
el Instituto de Pesquisa Económica y Aplicada, casi 54 millones
de brasileños son pobres, de los cuales algo menos de la mitad
son miserables.
El programa “Bolsa Familia” de Lula parte del esquema asistencialista
“Hambre Cero” otorga 24 dólares al mes a más
de 11 millones de familias a cambio de que envíen a los hijos a
la escuela y los vacunen. Si no fuera por esta ayuda no productiva, el
gobierno no podría ufanarse de haber sacado a 6 millones de brasileños
de la pobreza. A todas luces, esto es muy poca cosa en comparación
con China, India y Sudáfrica, los referentes internacionales de
Lula.
Precisamente porque el sistema político brasileño hace endemoniadamente
difícil la toma de decisiones y el Estado limita la creación
de riqueza (ciertas empresas llegan a pagar 61 impuestos diferentes),
la corrupción ha proliferado. Como se recuerda, un diputado aliado
de Lula denunció en 2005 que había recibido sobornos por
su voto en el Congreso, lo mismo que otros legisladores. Fue la punta
de una madeja interminable.
El país descubrió un esquema sistemático de compra
de votos legislativos, financiamiento ilegal de partidos y coimas empresariales,
que abarcaba a buena parte de la clase política. Lula parecía
políticamente acabado, pero levantó cabeza en parte porque
el Congreso le perdonó la vida y sus compatriotas también.
El origen del problema sigue allí, carcomiendo la confianza de
la población en sus instituciones.
Para la región iberoamericana, Lula debió representar un
impulso a la modernización de la izquierda pero, en vista de que
su gobierno mantiene una política exterior disonante con la sensatez
de su conducción interna, ha ocurrido lo contrario. El ex presidente
Fernando Henrique Cardoso me dice que el liderazgo “retórico
y contradictorio” de Lula ha permitido a los cabezacalientes ganar
espacios.
La apuesta de Lula por mantener al Mercosur alejado de cualquier acuerdo
comercial con Estados Unidos u otras zonas prósperas indica hasta
qué punto su política exterior padece los viejos tics latinoamericanos,
aun si Lula evita las estridencias demagógicas de su vecino bolivariano.
La reelección de Lula garantizará que América Latina
continúe a media máquina durante los próximos años.
*Director del Centro para la Prosperidad Global
en el Independent Institute. AVLlosa@independent.org

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