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Breve Análisis
El costo de los prejuicios
El prejuicio es falso, no corresponde
con la realidad. La sociedad paga un precio alto por el prejuicio, ya
que no puede hallarse una cura adecuada si el diagnóstico está
basado en una falsedad.
Publicada 6 de octubre de 2006, El Diario de Hoy
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| Manuel
Hinds*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
El predominio de los prejuicios en la opinión pública y
en las decisiones políticas de los ciudadanos es la marca de las
sociedades ignorantes y subdesarrolladas. Esto es así por dos razones:
Primero, porque, por definición, el prejuicio se contrapone al
estudio de la realidad, que es la base del conocimiento, que a su vez
es lo contrario de la ignorancia.
En otras palabras, las sociedades prejuiciosas son por definición
ignorantes, ya que si no fueran ignorantes no serían prejuiciosas.
Segundo, los prejuicios están ligados a la ignorancia en otro sentido,
uno de causa y efecto: los prejuicios eternizan la ignorancia. Mientras
haya ignorancia no podremos resolver nuestros problemas.
Veamos un ejemplo concreto de prejuicio, el que dice que la pobreza es
la fuente de la criminalidad. Cuántas veces ha oído usted
a alguien quejarse de la criminalidad sólo para que alguien conteste,
“¿y cómo no va a estar tan grave la criminalidad si
hay tanta pobreza?” Todo el mundo asiente. La conclusión
implícita, por supuesto, es que no puede hacerse nada para reducir
la criminalidad.
Esto es así porque, como la eliminación de la pobreza es
una tarea de generaciones, tenemos que sentarnos a esperar a que pasen
las décadas para poder gozar de los beneficios de una sociedad
con tasas bajas de criminalidad. Esta idea implica que los ricos son mejores
personas que los pobres. Si usted cree esto, siga diciendo que la pobreza
es la fuente de la criminalidad.
Si usted está o quiere estar libre de prejuicios, examine conmigo
la evidencia. Hay dos dimensiones en las que una relación entre
la pobreza y la criminalidad se podría manifestar.
La primera es que en el mismo país la criminalidad aumentara cuando
los ingresos del país disminuyera y viceversa; la segunda es que
los países más pobres tendrían tasas de criminalidad
más altas que las de los más ricos. Ninguna de estas manifestaciones
se encuentran en la realidad.
Para ver la relación en el tiempo de la criminalidad y los ingresos
en un solo país vea la gráfica adjunta, que compara la tasa
de homicidios de 1900 a 2002 y el nivel de ingresos reales de los Estados
Unidos (descontada la inflación) de 1929 a 2002. Como los ingresos
de ese país crecieron enormemente en un siglo, usted, de acuerdo
con el prejuicio, esperaría que la tasa de criminalidad hubiera
disminuido considerablemente.
¡Qué sorpresa tan desagradable --para el prejuicio y en la
realidad-- encontrar que, en vez de disminuir, la tasa de homicidios se
multiplicó por casi diez (de 1.1 a 9.7)! Es decir, si tomamos un
siglo como base para sacar conclusiones, la realidad es al revés
que el prejuicio: los homicidios aumentaron al incrementarse el ingreso
del país. Si usted quisiera ser irónico, podría decir
mostrando esta gráfica, que para bajar la criminalidad sería
bueno bajar los ingresos del país.
Pero hay algo peor. Note en la gráfica que la tendencia en la tasa
de homicidios no ha sido continua. A veces los homicidios han aumentado
al subir el ingreso y a veces han tornado a disminuir aunque el ingreso
ha seguido subiendo. Similares evidencias pueden encontrarse en otros
países con estadísticas confiables.
Esto evidencia que no hay relación entre pobreza y crimen a través
del tiempo en un solo país. El prejuicio es falso, no corresponde
con la realidad. La sociedad paga un precio alto por el prejuicio, ya
que no puede hallarse una cura adecuada si el diagnóstico está
basado en una falsedad.
En la semana siguiente veremos si es cierto que los países con
menos ingresos tienen más crímenes.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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