| Carlos Sandoval*
El Diario de Hoy
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Decía el político y escritor británico Edmundo Bur-ke, en las postrimerías del Siglo XVII, que los pueblos que olvidan la historia están condenados a repetir sus errores. En contraste, Maximiliano Hernández Martínez decía, según cuentan, que no creía en la historia porque la hacen los hombres.
Como la frase martinista es ambigua debemos desenredarla. Si significa que no cree en la historia porque la escriben los historiógrafos desde sus particulares puntos de vista, no habría ciencia histórica porque sus proposiciones serían subjetivas. Y si desconfía de la historia porque la gestan sujetos llenos de pasiones y arrebatos, entonces la frase es equívoca porque la historia la hacen irremediablemente los hombres.
Los individuos son los protagonistas insustituibles e irremediables de la historia. A menos que se crea que la hacen nuestros primos los monos o las leyes dialécticas del desarrollo de la sociedad, como sostiene equivocadamente el materialismo histórico.
Pero la verdad es que la historia existe como ciencia y por eso se define, por una parte, como la exposición de hechos en forma sistemática y objetiva y, por la otra, como el estudio de las causas de los hechos trascendentales y humanos del pasado. El hombre no tiene naturaleza, sino historia.
Por ser la historia el conocimiento total de los hecho humanos del pasado --sean gratos o ingratos, exitosos o fallidos, excelsos o ínfimos--, se debe fijarla por escrito para no olvidar lo que sucedió. La historia es la memoria de nuestra vida, la mirada del pretérito. Por ello se dice, con cierta ironía, que el historiador es el profeta al revés, el vidente del pretérito, el predictor del pasado.
No hay que olvidar, pues, la historia porque en ella encontramos la verdad colectiva. Lamentablemente los salvadoreños no tenemos historia porque ésta ha sido desfigurada por mitos, leyendas, cuentos, fábulas, fantasías con un fuerte contenido etnocéntrico. En el caso de la Independencia hemos salvadoreñizado la historia de Centro América. Así decimos, por ejemplo, que José Matías Delgado es el Padre de la Patria centroamericana y otras lindezas por el estilo.
Por ello nuestro problema es mucho más grave de lo que advertía Burhard, pues no sólo no tenemos historia, sino que también llenamos el vacío inventando hazañas con espíritu patriotero hasta caer en la falsedad y el ridículo. Entre algunos de estos errores está el de creer que nuestra historia es una armonía predeterminada, porque a pesar de la miseria, la injusticia, la violencia, la corrupción, la impunidad y la inseguridad prevalecientes, vivimos en el mejor de los mundos posibles, como diría con punzante ironía el viejo Voltaire.
También creemos que el sistema política salvadoreño es inmejorable y súper democrático y que, por lo tanto, no necesita reformarse. Olvidamos que, al otorgarle la Constitución a los partidos el monopolio de la representación del pueblo en el gobierno, no solo le niega a los ciudadanos independientes el derecho a ser elegidos a los cargos públicos, sino también --mucho más grave-- legitima la arbitrariedad y el autoritarismo de las cúpulas partidarias. El ejemplo bochornoso, escandaloso, vergonzoso es el del diputado pecenista acusado de soborno y de enriquecimiento ilícito, lo que revela la crisis de nuestro sistema político.
También ignoramos que, a pesar de la representación proporcional en la Asamblea Legis-lativa, continuamos padeciendo el bipartidismo. Se trata de una herencia colonial ya que los partidos políticos en El Salvador se originaron en las redacciones de los periódicos El Editor Constitucional (liberal) y El Amigo de la Patria (conservador). Sólo que ahora se llaman ARENA y FMLN, lo que ha creado ingobernabilidad y convertido al foro legislativo en un mercado persa de compra y venta de votos.
Por último, hemos trivializado la política hasta convertirla en un show mediático dirigido por publicistas y creadores de imagen. Y lo paradójico es que, como dice Miguelangel Bovero, ha surgido la “macrocefalia institucional”, que consiste en engrandecer el presidencialismo para aplastar a los poderes Legislativo y Judicial. Y todos estos errores los repetimos por olvidar la historia.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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