elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Tema del momento
Pasar la página en México

Sin estas transformaciones gemelas de la izquierda y la derecha, México seguirá trotando en su lugar mientras tantos otros corren hacia adelante. Pero el cambio no se dará de la noche a la mañana.

Publicada 4 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

Jorge G. Castañeda*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Dentro de dos meses, cuando el nuevo Presidente de México, Felipe Calderón, llegue al poder, muchos lo considerarán un honor dudoso. Estas son tal vez las únicas dos cosas seguras en la política mexicana actualmente.

Con los precios del petróleo más altos que nunca, las primas de riesgo del país más bajas que nunca, con los niveles más altos de la historia en remesas del extranjero, ingresos del turismo e inversión extranjera y con una expectativa de crecimiento del PIB de 4.2% para este año, en muchos aspectos las cosas nunca han estado mejor para los mexicanos.

En efecto, después de diez años de estabilidad macroeconómica ininterrumpida --algo que México no había experimentado de los sesenta-- la clase media se ha ampliado espectacularmente y los créditos bancarios a precios razonables ahora son accesibles a millones de personas que en el pasado habían estado excluidas. Con todo, a pesar de estos cambios sanos, la pobreza sigue estando muy extendida, la desigualdad es enorme y los resentimientos sociales están creciendo.

Por eso el oponente de Calderón en las elecciones presidenciales de julio, el populista Andrés Manuel López Obrador, obtuvo un porcentaje tan alto de la votación en comparación con el récord histórico anterior de la izquierda mexicana logrado en las elecciones de 2000. Pero no fue suficiente para triunfar en unas elecciones que López Obrador y sus seguidores creían que estaban ganadas.

Los comicios extremadamente cerrados --Calderón ganó por el 0.5% de los votos-- y la profunda desilusión que sufrieron López Obrador y sus seguidores los llevaron a impugnar la resolución de las autoridades electorales de México y a rehusarse a aceptar la victoria de Calderón.

En lugar de ello, López Obrador, ex jefe de gobierno de la Ciudad de México, y sus seguidores exigieron un recuento voto por voto que las leyes electorales del país no contemplan, aunque no está prohibido. Sin embargo, el Tribunal Electoral no lo decidió así. Esa es la situación actual de México: un desastre bajo cualquier definición, sin solución aparente a la vista.

A largo plazo, la respuesta está sin duda en la transformación de la izquierda mexicana y también en parte de la derecha. Durante años, las dos estuvieron subsumidas de facto dentro del Partido Revolucionario Institu-cional (PRI), que gobernó a México durante siete décadas. Esa época terminó en 2000 y no volverá. Actualmente, la derecha y la izquierda, así como el propio PRI son entidades distintas y tienen una ardua labor de reconstrucción por delante.

La izquierda mexicana se rehúsa a aceptar realmente la economía de mercado, la democracia representativa y el Estado de Derecho. Obviamente muchos de sus miembros y líderes se apegan a esos principios y reprueban en privado las tácticas incendiarias de López Obrador.

Pero mientras sigan relativamente sin poder, México continuará desequilibrado, privado de la izquierda moderna que necesita para combatir la pobreza y la desigualdad y rehén de quienes todavía creen en la revolución y la toma del Palacio de invierno.

Sin estas transformaciones gemelas de la izquierda y la derecha, México seguirá trotando en su lugar mientras tantos otros corren hacia adelante. Pero el cambio no se dará de la noche a la mañana, por lo que México necesita soluciones de corto plazo para sus tribulaciones.

Los pasos más urgentes, viables y pertinentes tienen que ver con las reformas electorales y legales dirigidas a evitar que se repitan las protestas actuales contra la elección presidencial.

Incluyen el establecimiento de una segunda vuelta para las elecciones presidenciales, de forma que el próximo Presi-dente de México tenga un mandato apoyado por más del 50% de los electores. Pero también implican la reelección de diputados y senadores, el uso del referéndum para las enmiendas constitucionales y las candidaturas independientes.

Ninguna de estas reformas indispensables y largamente pospuestas convencerá a los seguidores de López Obrador de que el fin de la pobreza y la desigualdad está a la vuelta de la esquina.

Pero no se puede dar ninguna mejora en estos frentes sin una reformulación a fondo del proceso de toma de decisiones del país. Fox y su equipo pensaron que los mecanismos que funcionaron durante el período autoritario podían trasplantarse simplemente a la era democrática y operar con fluidez.

Esto es lo que Calderón puede y debe hacer para acallar los debates actuales sobre la equidad de las elecciones que lo llevaron al poder. Es tiempo de que México pase la página, pero debe pasar la página adecuada.

Copyright: Project Syndicate. *Ex Secretario de Relaciones Exteriores de México.

elsalvador.com WWW