elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Opinando
Matrimonio y liberalismo

Ante nuestro intento de elevar al rango constitucional el concepto tradicional de matrimonio, los liberales conservadores de El Salvador hemos sido acusados de “fomentar la discriminación” contra los homosexuales.

Publicada 4 de octubre de 2006, El Diario de Hoy

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Recientemente sostuve, en el periódico digital “El Faro”, un interesante intercambio de opiniones con alguien que cree que la equiparación jurídica de las uniones homosexuales al matrimonio tradicional tiene fundamento en el ideario liberal. En la respetable opinión de este intelectual, nadie que se diga a sí mismo simpatizante del liberalismo puede negar, so pena de incoherencia, el “derecho” a casarse que tiene una pareja formada por personas del mismo sexo.

El razonamiento contra el que decidí enfrentarme parecía, en principio, irrefutable: si defendemos la libertad humana con absoluta convicción, es imposible que nos opongamos a una iniciativa destinada a dar visibilidad a una minoría. Y si esa minoría ha sido históricamente despreciada y hasta vilipendiada, ser liberales nos obligaría a convertirnos casi en activistas de sus causas reivindicativas.

Sin embargo, como me esforcé en hacerle entender a mi colega columnista, la libertad no es un concepto cerrado. Si buscáramos un consenso inequívoco sobre lo que podemos hacer como ciudadanos libres, entonces tarde o temprano estaríamos obligando a alguien a hacer algo que no quiere hacer. Por muy libertarios que queramos ser, jamás escaparemos a la necesidad de establecer consensos básicos de convivencia.

La práctica cotidiana de la libertad implica, entre otras cosas, contrastar todas las formas que existen de asumir la libertad. Y es precisamente ese abierto contraste el que nos permite tomar decisiones colectivas responsables y sostenibles en el tiempo. A fin de cuentas, no hay idea, razonamiento o tradición alguna que pueda permanecer por siglos en un marco constitucional sin probar su eficacia o, al menos, sus ventajas frente a otras opciones.

Un notable liberal de nuestros días, John Gray, ha escrito lo siguiente: “Nin-guna sociedad libre puede sobrevivir por mucho tiempo sin tradiciones morales y convenciones sociales estables: la alternativa a tales normas no es la individualidad, sino la coerción y la anomia”.

En otras palabras, cuando alguien simpatiza con el liberalismo como filosofía básica de su acción política, pero se considera a sí mismo conservador ante opciones que arriesgan ciertas instituciones tradicionales (como el matrimonio), en realidad no está siendo incoherente; antes bien, está siendo muy congruente con una corriente de pensamiento que la derecha española actual ha llamado “liberalismo conservador”.

¿Usted es un apasionado de la libertad política y del derecho que todos tenemos a expresar nuestras opiniones, pero al mismo tiempo está convencido de que la equiparación legal de las uniones homosexuales al matrimonio terminaría sometiéndonos a conceptos de libertad arbitrarios e insostenibles? Entonces usted es un liberal-conservador.

El matrimonio tradicional es una institución social de tan amplia raíz, que su alteración conceptual, así como la eventual estructuración jurídica que resultase de esta alteración, acarrearía consecuencias dignas de muy lógicas inquietudes. Que estas consecuencias tengan lecturas morales de toda índole no debería escandalizarnos. Tan intolerante es quien busca imponer legalmente una convicción religiosa como quien pretende descartar cualquier tradición o noción de orden en nombre de la libertad.

Ante nuestro intento de elevar al rango constitucional el concepto tradicional de matrimonio, los liberales conservadores de El Salvador hemos sido acusados de “fomentar la discriminación” contra los homosexuales. Este señalamiento es absurdo, muy semejante a sostener que el partido ARENA fue “impuesto” en el Gobierno, a partir de junio de 2004, a quienes no votaron por él.

Las decisiones colectivas son paradójicas siempre. Las leyes que se sancionan en la Asamblea Le-gislativa, por ejemplo, nos afectan a todos para bien o para mal. Habrá quienes resulten muy poco favorecidos por una determinada normativa que, sin embargo, tal vez resulte muy bondadosa para otros. El que esta paradoja exista, sin embargo, no puede llevarme a concluir que lo mejor para todos es que dejemos de respetar las leyes porque son “antidemocráticas” o “excluyentes”.

Lo mismo ocurre con las tradiciones morales de una sociedad. Defender el matrimonio como la unión legal entre una mujer y un varón, así nacidos, no significa que se esté discriminando, y menos conculcando sus derechos, a una o varias minorías. Más bien significa que reconocemos la necesidad de mantener legalmente intacto un concepto que garantiza la vigencia y fortalecimiento de la familia --institución de cuyos beneficios sociales no hablaré por ser evidentes--, mientras se discuten las disposiciones que regulen los beneficios a que tendrían derecho otras opciones de unión sentimental.

Concluyo diciendo que mi interlocutor de “El Faro” tomó la deshonesta decisión de irse por la tangente cuando le presenté estos argumentos. Espero que nuestra Asamblea Legislativa no haga lo mismo.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

elsalvador.com WWW