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Discordia
Finca El Espino, más de dos décadas en la incertidumbre

La finca de café más emblemática de la capital ha tenido una historia tortuosa: confiscada, recuperada, reclamada por más de un propietario, ahora se enfrenta al dilema de la conservación ecológica. Hay más de un plan para proteger esta zona boscosa al pie del volcán de San Salvador, pero su rescate deberá pasar por las manos de los diputados. Un plan congregador podría sacarla adelante


Publicada 1 de Octubre de 2006 , El Diario de Hoy

Ya se iniciaron los trabajos de ampliación de las vías.
ENrique Miranda
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Por décadas, la finca El Espino, de 1 mil 100 manzanas de extensión, ha sido el objeto de deseo de gobiernos, alcaldías, ecologistas y colonos del terreno, pero hasta nuestros días sigue sin un proyecto definido y consensuado de conservación.

La historia más reciente de esta zona boscosa, al pie del volcán de San Salvador, se remonta a 1980. En abril de ese año, el Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA) confiscó los terrenos a sus propietarios originales, la familia Dueñas.

Bajo el argumento de la reforma agraria, la cual permitía la expropiación de tierras con vocación agrícola, el ISTA depositó un cheque en el Banco de Fomento Agropecuario (BFA) por 10 millones 404 mil 600 colones en concepto de pago a la familia Dueñas. El cheque nunca fue retirado por los propietarios, quienes se opusieron a la arbitrariedad de la confiscación.

En vez de eso, los antiguos propietarios de la finca se ampararon ante la Corte Suprema de Justicia para revertir la expropiación, y no fue sino hasta siete años después que el organismo judicial dictó sentencia sobre el caso.

El Gobierno de la época (el pedecista José Napoleón Duarte) planeaba construir un centro de gobierno en la zona, donde ubicaría oficinas de Salud, Medio Ambiente e instalaciones militares, de las cuales sólo estas últimas prosperaron.

El 16 de septiembre de 1987, el máximo tribunal de justicia ordenó que el terreno regresara a sus antiguos propietarios, pues resolvió que si bien la mitad de la finca era considerada con vocación agrícola, la otra mitad tenía vocación urbanística. La reforma agraria prohibía la confiscación de tierras con vocación urbanística.

El fallo, que incluso ordenaba el registro de la propiedad a nombre de sus dueños originales, ocurrió en tiempos de Duarte.

Ya desde inicios de los ochenta, con el nacimiento de la Cooperativa El Espino, los colonos cultivaban café en la finca.

Luego de esa incertidumbre jurídica de las tierras y tras la turbulenta historia del país por esa época, el futuro de El Espino comienza a tomar otro rumbo.

Nuevo giro

Vista aérea de una parte de la finca por donde pasará la calle Diego de Holguín.. Foto EDH

Tras las elecciones de 1989 y cuando el país cambia de gobierno, el presidente Alfredo Cristiani decidió comprar una parte de las mil 100 manzanas de terreno de la finca.

El entonces ministro de agricultura, Antonio Cabrales, asegura que había planes de urbanizar los terrenos por lo que el Gobierno decidió la compra. Fue el 83% de la totalidad del terreno a un costo de 89 millones de colones. La compra fue financiada con bonos. El 17% permaneció en manos de sus propietarios, porque el Gobierno ya no tenía dinero para adquirir esa parte, que colindaba con San Benito, asegura Cabrales.

En mayo de 1992, el Consejo de Ministros acordó donar 129 manzanas de El Espino a las alcaldías de San Salvador y Antiguo Cuscatlán, en esa época ambas gobernadas por ARENA.

Fueron los primeros intentos de crear ahí un parque. Los ecologistas también comenzaban a pedir la protección de esa zona boscosa, considerada como “el último pulmón” de la capital.

Por la época se hablaba de entregar 300 manzanas de terreno a la cooperativa creada desde los 80. Ya algunas instituciones ecologistas proponían reubicar a los cooperativistas en otro sitio, pero permitiéndoles usufructuar las cosechas de café durante cinco años, mientras sus nuevas tierras producían nuevos cultivos.

Pero a los cooperativistas no se les entregó nunca la propiedad de la tierra, por diferentes motivos, explica Cabrales.

“Había un montón de líos. Sentimos como que habíamos hecho lo que podíamos hacer”, recuerda el ex ministro al referirse a la compra de la mayoría de la finca.

Ya en junio de ese año, 1992, el ministerio de Agricultura y Ganadería presentó a la Asamblea Legislativa un proyecto de protección forestal en la zona.

Nace Los Pericos
En esa misma época, el entonces alcalde capitalino, Armando Calderón Sol, pidió a los diputados la donación formal de las 129 manzanas de terreno que el Consejo de Ministros acordó entregar a las comunas.

Ya en ese tiempo se hablaba de que fuera una empresa formada por dos alcaldías la que manejara el parque, que en ese entonces proyectaba llamarse “La Paz”.

Fue hasta enero de 1993 cuando la Asamblea Legislativa emite dos decretos: uno para proteger el 80% de la zona boscosa y el otro para donar las 129 manzanas de terreno para las municipalidades de San Salvador y Antiguo Cuscatlán.

Pero los problemas no acababan ahí. Todavía faltaba entregar las propiedades a los cooperativistas.

Su apoderado legal, Juan Pablo Córdova, explica que incluso en un primer momento los cooperativistas rechazaron una oferta inicial de 800 manzanas.

“Eran 800 manzanas y los negociadores se pusieron demasiado exquisitos y no se llegó a nada”, recuerda el abogado.

Todo eso ocurrió a principios de los noventa. Luego, en noviembre de 1995 se logra un acuerdo entre los antiguos propietarios de la finca, el Gobierno y la cooperativa.

El Gobierno se compromete a vender 686 manzanas de terreno a la cooperativa a un precio de ganga: 1 colón la vara cuadrada. En total, el pago se acordó en 6 millones de colones, pero no fue sino hasta 1999 que se escrituró las propiedades.

Oscar Solís, actual presidente de la cooperativa, asegura que para terminar de pagar las deudas con el ISTA y el BFA se debió vender, en 2002, 55 manzanas de terreno al Club Campestre y a otras instituciones.

Al Estado aún le queda una porción de la finca, donde actualmente funciona una academia militar y otros inmuebles del Gobierno como la recién estrenada cancillería. También le corresponde el trazo de la calle Diego de Holguín que se encuentra en construcción.

Los colonos se comprometieron, además, a respetar la parte de las alcaldías donada para un parque ecológico y el gobierno a construir alguna infraestructura que aún no ha sido llevada adelante por completo.

Definen proyecto
En 1995, el entonces alcalde capitalino Mario Valiente, de ARENA, comienza a delinear su parque Los Pericos.

Los grupos ecologistas comienzan a presionar para que el parque no se construya. Uno de los principales opositores, Ricardo Navarro, ahora convertido en concejal capitalino por el FMLN, es 11 años después uno de los abanderados para la construcción del parque.

Tras las oposiciones, la obra nunca comienza y el proyecto queda estancado. La alcaldía cambia de manos en 1997 y el ex alcalde Héctor Silva, entonces del FMLN, asegura que seguirá adelante con el plan. Durante sus dos administraciones nunca pasó de ser un posible proyecto.

Fue hasta que la actual alcaldesa, Violeta Menjívar, sorprendió al reavivar el debate al afirmar que construiría el famoso parque con uno de los otrora opositores, Navarro.

Hace pocas semanas, la construcción de la calle Diego de Holguín y la tala de árboles en esa zona provocó ácidos debates porque Obras Públicas taló parte del terreno que le corresponde a la comuna capitalina.

El caso da un nuevo giro cuando el presidente Antonio Saca anuncia que el Gobierno comprará las 686 manzanas de terreno que en su día le vendió a la cooperativa, para hacer un megaparque.

El gobierno aún prepara ese plan que pretende llevar al Congreso y proteger definitivamente el último pulmón verde de la capital (ver siguiente página).

Pero este será una nuevo episodio. Los cooperativistas están inconformes con el proyecto si no son tomados en cuenta, asegura Solís. Mientras, las alcaldías de San Salvador y Antiguo Cuscatlán no se ponen de acuerdo. Nuevos tambores de discordia se escuchan a lo lejos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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