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Opinando
¡Que alguien haga algo!
Lo que no podrá negar nadie es que independiente de nuestra preparación, las causas perdidas son defendidas sólo por gente que cree que vale la pena vivir en un mundo mejor
Publicada 26 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy
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| José Carlos Fernández*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Todos, en algún momento de nuestras vidas --y otros más bien en la mayoría-- nos hemos quejado de una situación determinada, porque nos parece que no debiera ser así o no debiera existir en absoluto. Es usualmente en ese momento donde solemos terminar nuestras lamentaciones con un “es que nadie hace algo’’ o un “alguien lo debiera hacer’’ u otro sucedáneo del mismo tipo.
Usualmente, sirve como epílogo para temas como la violencia, la delincuencia, el constante aumento de los precios o la política nacional. Y casi inexorablemente el auditorio que lo escucha asiente con otra frase del tipo: “Tenés razón...alguien debería hacer algo”.
Pero lo mejor es el número de acciones que se producen como consecuencia de tan sesudas conversaciones: ninguna. A pesar de haber descubierto la solución para todos los problemas del país --y algunas veces hasta los del mundo-- se les olvida que para resolverlos se necesitan acciones y no críticas; compromisos y no excusas; sacrificio y no comodidad; nosotros y no ellos; personas concretas y no “alguienes’’.
Para cambiar esas cosas es necesario recordar, como lo dice la sabiduría popular, que “somos los que estamos’’. Que el estado de nuestro país depende precisamente de nosotros y no de gente que tiene muchísimo tiempo para resolver todos los defectos que nosotros encontramos en nuestra sociedad.
Porque la causa que origina esa agradable catarsis en personajes fantasmas, es la desagradable idea que tenemos --en cierta medida-- la culpa: no por obra, sino por omisión.
Definitivamente no son muchos los ladrones ni los estafadores ni los malos profesores ni los que manejan la política. Pero son millones los que soportan eso y no buscan cambiarlo. No porque no hayan hecho nada sino porque no han querido llevarlo a sus últimas consecuencias.
No hablo de provocar revoluciones armadas contra los mareros ni de “sombras negras” que exterminen a los delincuentes. Hablo sobre todo de provocar esos cambios individuales que al final necesariamente son grupales y sociales: el tomarse tan en serio el tema de que son valores y virtudes los que necesitamos para superar estos problemas, que los incorporemos a nuestra vida, pues las cosas más importantes no sólo se predican, sino que se hacen.
Cuenta Alejandro Llano que José Luis Borges, fue a dar una conferencia sobre literatura a una universidad de Lima.
Se sabía que Borges defendía algunas ideas extra-literarias que a la multitud de estudiantes
de la ortodoxia revolucionaria les parecían de lo más ridículas y así se lo hicieron saber a gritos antes de que comenzara la disertación. Pasados los minutos, y luego de soportar la bulla, Borges empezó a hablar y el público se rindió fascinado.
Ter-minada la conferencia, llegó el turno de preguntas. La primera valió por todas: “¿Cómo es posible que un hombre tan culto e inteligente como usted, señor Borges, se empeñe en luchar contra el curso de la historia?”. La respuesta no tuvo desperdicio: “Oiga, joven, ¿no sabe usted que los caballeros sólo defendemos causas perdidas?”
Tal vez no tengamos la suerte de ser cultos e inteligentes como Borges. Tal vez incluso nadie nos quiera oír hablar ni siquiera del campo que denominamos. Pero lo que no podrá negar nadie es que independiente de nuestra preparación, las causas perdidas son defendidas sólo por gente que cree que vale la pena vivir en un mundo mejor. Son defendidas por gente que ha dado ese “cambio de paradigmas” que tanto se menciona en el mundo liberal (aunque la mayor parte aún ignore qué es un paradigma), pero que se ha dado cuenta que “una de las causas principales por las que nos cuesta tanto cambiar las cosas que no van bien es que creemos que no podemos cambiarlas”.
*Colaborador de El Diario de Hoy.

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