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Tribuna para un payaso
Chávez, el diablo y la ONU

Objetivamente, ¿para qué sirve la ONU? Para darle una tribuna planetaria a un payaso como Chávez, y para que cien tipos obnubilados por la ignorancia y carcomidos por el odio lo aplaudan con entusiasmo

Publicada 26 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy

Carlos Alberto Montaner*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Madrid.- Hugo Chávez, desde el podio de las Naciones Unidas en Nueva York, declaró que Bush era el diablo. Agregó que la tribuna todavía olía a azufre por el paso del presidente norteamericano.

Lo acusó de terrorista, de albergar terroristas y de haber fraguado un golpe de Estado contra él en 2002. Además, dijo otras idioteces: Estados Unidos y el capitalismo salvaje explotan a las pobres naciones del sur y agravan su miseria. Insultó a los israelitas, y, muy consecuentemente, respaldó a los iraníes en su denodado esfuerzo científico por dominar la energía nuclear.

Si el señor Ahmadinejad desea borrar del mapa a Israel, en su momento necesitará contar con los instrumentos adecuados para efectuar su devastadora carnicería. Arremetió contra la globalización, contra el FMI, contra la estructura de la ONU. Felicitó a su amigo Fidel Castro (que, mágicamente, ya está recuperado del cáncer de colon que lo aquejaba hasta la semana pasada), quien de nuevo viste de verde oliva para presidir triunfalmente el Movimiento de los países no alineados. Cuando terminó, lo aplaudieron largamente. Más que a nadie. Unos cuatro minutos.

No todo lo que Chávez dijo, sin embargo, es desdeñable. Sorprendentemen-te, en medio de esa catarata de tonterías, propuso una iniciativa luminosa que debe ser inmediatamente tomada en cuenta: Sacar a la ONU de Nueva York y trasladarla al tercer mundo.

¡Bravo! El ofreció Caracas como sede, pero dejó abierta la posibilidad de La Habana. Pudiera ser. Se lo merecen. Está en ruinas, pero es una ciudad con un clima que el socialismo todavía no ha conseguido destruir. Otro lugar interesante podía ser Brazzaville, capital de la República del Congo. A fin de cuentas, la mayor parte de las naciones miembros de la ONU está en el tercer mundo y es Africa el continente que cuenta con más países inscritos en esa organización.

La ONU es una burocracia costosa, torpe y corrupta que no cumple con ninguno de los objetivos que le asignaron en el momento de su creación. La idea de extender el principio de la mayoría --cada país un voto-- para solventar los choques y encontronazos internacionales fue un disparate. ¿Cómo el voto de Brasil va a valer igual que el de las Islas Sheylles? La ONU no preserva la concordia internacional, ni soluciona pacíficamente los conflictos, ni protege los derechos humanos de los individuos, pese a que todos los países dicen acatar la declaración universal solemnemente suscrita para ese fin.

La ONU ni siquiera puede exigirle a su secretario general, el señor Kofi Annan, que explique de manera convincente sus opacas finanzas personales, o las pillerías cometidas por su hijo y otros cómplices europeos durante el programa de “Petróleo por comida”, puesto en marcha en época de la dictadura iraquí de Sadam Hussein.

Cuando en el mundo se produce una crisis, los actores principales la solucionan, alivian o desvían mediante conversaciones en los pasillos o en negociaciones a puerta cerrada, y luego trasladan el desenlace al pleno de la Asamblea para que sea aprobado. Y, cuando ni siquiera esto se puede lograr, como sucedió durante la guerra civil en los Balcanes, en la antigua Yugoslavia, la ONU es ignorada y se recurre a la más expedita y contundente OTAN.

Objetivamente, ¿para qué sirve la ONU? Para darle una tribuna planetaria a un payaso como Chávez, y para que cien tipos obnubilados por la ignorancia y carcomidos por el odio lo aplaudan con entusiasmo. Tal vez esos espectáculos deban continuar existiendo, porque debe haber algún foro mundial, pero lo sensato es sacarlo del foco noticioso central y situarlo donde merece estar: en un rincón remoto y sudoroso, en el que las palabras del orador se confundan con el zumbido de los mosquitos y la paleta cansada de un viejo ventilador.

¿Y qué se hace con la sede neoyorquina? Acaso darle asiento a una organización que integre a esos 40 países realmente serenos y democráticos gobernados con sensatez. Tal vez albergar al G-8 y ampliarlo a G-20, es decir, las veinte naciones más prósperas del planeta, que son, por casualidad, libres en el terreno político y en el económico. Pero lo importante es trasladar rápidamente al circo fuera de la ciudad. Así Chávez quedaría complacido. (Firmas Press).

*www.firmaspress.com

 

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