| Carlos
Raúl Calvo*
El Diario de Hoy
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¿Querés ser presidente?, le pregunté a un amigo.
¡Ni loco! ¿Y vos?, me contestó. Yo sí le dije,
porque es el más alto honor que un pueblo le concede al ciudadano
que elige. En estos momentos que se mencionan algunos nombres para ocupar
tan alto cargo, es necesario recordar las cualidades y los méritos
que debe tener una o un candidato presidenciable.
La palabra presidente proviene de presidir, el que preside, pues, ya sea
una empresa, una sociedad o en el caso nuestro como Estado soberano, el
que preside el Gobierno, que por definición constitucional es republicano,
democrático y representativo. ¡No se puede poner a cualquiera!
El presidencialismo es un sistema de organización política
en que el Presidente de la República es el jefe del Estado y efectivamente
es el jefe del Ejecutivo, con el poder que ejerce a través de los
ministros, que sólo de él dependen y no se halla sujeto
a la confianza o a la desconfianza de la Asamblea Legislativa.
Recordemos que todos nosotros constituimos un Estado soberano, que significa
libre e independiente. Que la soberanía reside en el pueblo, que
la ejerce en la forma prescrita y dentro de los límites de nuestra
Constitución. Que nuestro sistema político es pluralista
y se expresa por medio de los partidos políticos, que son el único
instrumento para el ejercicio de la representación del pueblo dentro
del Gobierno.
Su organización, su funcionamiento y sus estatutos se sujetarán
a los principios de la democracia representativa. Que la existencia de
un partido único oficial, es incompatible con nuestro sistema democrático
y con nuestra forma de Gobierno establecido en nuestra Consti-tución.
¡Ah los pobres cubanos en el exilio y los disidentes internos allá,
cuánto darían por tener un Estado y un Gobierno como el
nuestro!
Hablemos ahora del poder público que emana del pueblo y de los
órganos del Gobierno, que como todos sabemos son el Legis-lativo,
el Ejecutivo y el Judicial, cuyas atribuciones son indelegables, pero
que sí tienen la obligación de colaborar entre sí,
en el ejercicio de las funciones públicas. Recor-démosles
siempre a los funcionarios del Gobierno los actuales y los futuros, que
son delegados del pueblo y que no tienen más facultades que las
que expresamente les da la ley.
El poder en malas manos es destructivo, pero en las buenas es por lo menos
esperanzador. Tenemos ejemplos terribles en la historia, del poder en
malas manos: Hitler, Stalin, Mussolini, en la Segunda Guerra Mundial.
Y como contrapeso el poder de los buenos: Churchill, Roosevelt, De Gaulle.
En nuestro país no puedo dejar de señalar como mal gobernante
a Duarte y toda su camarilla, quienes dejaron un mal recuerdo y nos sumieron
en la miseria, destruyendo la credibilidad en su partido de izquierda,
el Demócrata Cristiano.
En este momento el poder que tienen Fidel Castro en Cuba, Hugo Chávez
en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y el que a Dios gracias no tuvo López
Obrador en México, son un mal presagio de lo que puede ocurrir
si los pueblos no razonan su voto y se dejan seducir por paraísos
que al final son de humo.
Regresemos a los presidenciables que se mencionan. En lo personal no tengo
nada contra ninguno de ellos, pero sí les recuerdo que la responsabilidad
de un gobernante al tener el dominio, el imperio, la facultad y la jurisdicción
para ejecutar o mandar a hacer el bien (ojalá) o el mal (Dios no
lo quiera) a todo un pueblo, es escalofriante.
En mi caso yo elijo por ideología y la mía es liberal, que
protege la vida, la libertad, la propiedad, la economía de mercado.
¡No es fácil ser presidente!
*Colaborador de El Diario de Hoy.

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