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De mis recuerdos
Los internacionalistas

Vinieron varios mexicanos. Entre ellos recuerdo a Eduardo, un excelente médico que, casi con las uñas, logró arrebatarle a la muerte, decenas de vidas de combatientes heridos en combate

Publicada 21 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

(Primera parte)
Vinieron de diferentes partes del mundo a enrolarse en una guerra larga y sangrienta. Para la guerrilla eran internacionalistas, para la Fuerza Armada eran mercenarios y para los civiles simplemente extranjeros. ¿Por qué vinieron? ¿Qué los motivó a abandonar sus países, sus familias, sus estudios o sus trabajos? La respuesta no es única. De todo hay en el supermercado del Señor.

Hubo quienes vinieron por puro idealismo sesentero, hubo otros que eran verdaderos fanáticos marxistas. Había también aventureros de todo tipo, animados por la agresiva propaganda revolucionaria que sobre la guerra salvadoreña recorría el mundo entero. Hay algunos mitos sobre los extranjeros que, durante la guerra, participaron en la guerrilla. El más difundido es el de la presencia de rusos y cubanos.

Durante el tiempo que estuve en el monte (casi una década) no vi un solo cubano y mucho menos un ruso. Esto no niega el involucramiento de Cuba y la desaparecida Unión Soviética en la guerra. Pero era de otro modo. Los gobiernos de esos países no iban a ser tan tontos como para enviar combatientes de esas nacionalidades en el marco de la Guerra Fría. Una cosa eran Af-ganistán o Etiopía, y muy otra El Salvador, clavado en el corazón de la zona de influencia estadounidense.

Y sin embargo llegaron a la guerrilla algunos estadounidenses. Recuerdo a dos de ellos: Lucas y Carlos. El primero tenía unos 32 años, alto, fornido y rubio. Gran conversador y tomador de café. El segundo era un joven arquitecto, delgado y de ademanes nerviosos, proveniente de una familia de clase media alta de la costa este. Le apasionaba el ajedrez. Ellos no eran comunistas, pero se declaraban en contra de las “políticas intervencionistas de nuestro gobierno y a favor de la libertad de los pueblos oprimidos”.

Lucas murió, a principios de los ochenta, mientras tomaba fotografías durante un combate en Poza Honda, cerca del Cerro Pando en las riveras del Río Torola. Lo enterraron envuelto en un plástico negro cerca de la Guacamaya. No había funerarias en los frentes de guerra. Yo estaba recién llegado y me entró una profunda tristeza imaginado a Lucas enterrado, bajo un aguacero, en una tierra desconocida tan lejos de su país y su familia.

Carlos murió, a mediados de los ochenta, en una emboscada en las cercanías de Corinto, un pueblito en el nororiente de Mora-zán. No sé si luego de firmados los Acuerdos de Paz los restos de Lucas y Carlos fueron repatriados.

Vinieron varios mexicanos. Entre ellos recuerdo a Eduardo, un excelente médico que, casi con las uñas, logró arrebatarle a la muerte, decenas de vidas de combatientes heridos en combate. Eduardo era un marxista duro, casi un estalinista, pero sólo en su manera de expresarse. Su modo de ser era más bien suave y amable. Alberto, otro mexicano, llegó como médico también, pero terminó siendo un mando político y militar. De poco hablar y de temperamento frío.

Marianita, una típica estudiante del DF, flaca, morena y de rasgos finos, era una organizadora nata. De inmediato se asimiló a la cultura campesina. Tenía una enorme capacidad para mantenerse serena en las más difíciles circunstancias, al punto de dormir despreocupadamente bajo el más intenso bombardeo de artillería. Marianita, llegó a ser para mí como la hermana que nunca tuve. Se preocupaba por mi delgadez, por mi tos y hasta me regaló la mitad de una su cobija para que me tapara en las noches de frío.

Al terminar la guerra, Eduar-do, Alberto y Marianita, regresaron a México. Se fueron como llegaron: con las manos vacías y sin la guerra ganada. Supe que regresaron a rehacer sus vidas tras un largo paréntesis de batallas y sueños que nunca se hicieron realidad. Había otro mexicano, de seudónimo Genaro, con un bigote al estilo de Pancho Villa, comunista fanático, hosco y malencarado. Imagino que debe haber llorado con el fin de la guerra, pero no de alegría sino de pesadumbre.

A Claudio, un peruano alto y moreno de apenas 20 años de edad, lo deshizo una bomba de avión en una batalla del norte de San Miguel. Pocos días después leí su diario personal. En la última página que escribió, en la víspera de la muerte decía: Mañana cumplo 20 años ¡Que viva la vida digna!

*Columnista de El Diario de Hoy.
marvingaleas@cinco.com.sv

 

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